Promesas vacías que dejan niños muertos
Los padres de Jason Warren firmaron un plan de seguridad del Departamento de Niños y Familias (DCF) prometiendo dejar de usar drogas. Jason murió aplastado en la cama por sus dos padres drogados.
La madre de Emanuel Murray firmó un plan de seguridad del DCF para mantener a su novio, un hombre extremadamente violento, alejado de la casa. El siguió viniendo. Emanuel murió al ser lanzado por la ventanilla de un auto en marcha por el novio.
La madre de Aliyah Branum prometió en un plan de seguridad que evitaría usar “castigos corporales excesivos” a la pequeña. Ella destrozó la cabeza de la niña contra una pared porque estaba llorando.
Todas, promesas vacías. Todos, niños muertos.
En lugar de pedir a un juez que ordene a los padres que cooperen con sus servicios y su supervisión, el DCF ha hecho que padres problemáticos firmen “Planes de seguridad” —palabras garrapateadas en un formulario, a menudo de forma ilegible— comprometiéndose a ser mejores padres. Muchas veces, esas promesas son incumplidas, y ese incumplimiento tiene consecuencias fatales.
En por lo menos 60 casos durante los últimos seis años, niños cuyos padres firmaron al menos una de esas promesas por escrito murieron. Pero el DCF continúa confiando en esos documentos.
Se supone que los planes de seguridad funcionen como si fueran contratos: los padres, padrastros o abuelos acuerdan dejar de hacer lo que sea que estén haciendo para poner en peligro a un niño, ya sea tomar analgésicos en exceso, emborracharse, pelearse a puñetazos alrededor de los niños o convivir con un amante peligroso. A cambio, el DCF acuerda no quitarles a los menores.
En teoría, estos documentos son una manera de hacer que los padres enfrenten sus demonios, ya sean el abuso de las drogas, las enfermedades mentales o la violencia familiar. Se supone que esos planes brinden guías detalladas para la recuperación, y responsabilicen a los padres cuando no los cumplan.
Excepto que a menudo no lo hacen, porque la agencia tiene un abundante historial de no darse cuenta —o no hacer nada— cuando se viola ese contrato. Aparte de imponer otro plan de seguridad.
“Los planes de seguridad que dependen de la fuerza de voluntad no son seguros”, afirmó Paul Vincent, quien como director de Servicios para Familias y Niños en Alabama convirtió ese estado en un modelo nacional. “No son planes de seguridad. Algunos pueden llamarlos por ese nombre, pero no es lo que son en realidad”.
Jess McDonald, quien dirigió el sistema de bienestar infantil de Illinois de 1994 al 2003 y a quien se acredita con mejorarlo drásticamente, dijo que semejantes planes de seguridad son una manera de “compensar por la falta de recursos” y por lo general no funcionan. “Estas casi amenazando a la familia: si esto pasa de nuevo no lo vamos a tomar a la ligera”, dijo, al tiempo que añadia: “obviamente, eso no es un plan de seguridad”.
La secretaria interina del DCF Esther Jacobo admitió que los planes de seguridad han sido mal puestos y peor administrados.
“En cierto modo hemos sabido que no funcionaban, y en cierto modo no hemos tenido idea de cómo resolverlo”, dijo Jacobo. Ella dijo que la agencia está ahora entrenando investigadores sobre cómo usar los planes de manera apropiada, y por primera vez se está exigiendo a los supervisores que los revisen uno a uno.
Jacobo dijo que desde el pasado mes de noviembre, las investigaciones no se cierran al obtenerse un Plan de seguridad. Los casos pasan ahora a otro departamento para ser monitoreados y los Planes de seguridad deben ser revisados por un supervisor.
En su análisis de 477 muertes infantiles con un historial familiar en el DCF, el Herald concluyó:
Aunque ya desde el 2008 los administradores comenzaron a recibir señales perturbadoras de que estas promesas escritas de los padres hacían muy poco por proteger a los niños vulnerables, la agencia continuó dependiendo de semejantes pactos, sin alterar los planes para incluir medidas punitivas y sin exigir el debido seguimiento, como por ejemplo visitas a domicilio no anunciadas o pruebas de drogas al azar.
Cuando Chase Anglemyer nació, sus tres hermanos ya habían sido retirados del cuidado de sus padres debido a un bien documentado historial de abuso de alcohol y drogas. Amanda Brown y Daniel Anglemyer continuaron consumiendo drogas después del nacimiento de Chase, según el DCF. En lugar de llevar el bebé a un refugio junto a sus hermanos o pedir a un tribunal que ordenara servicios, el DCF impuso dos planes de seguridad, uno de los cuales añadía tareas adicionales a un plan que ya ellos no estaban cumpliendo.
Un mes más tarde, se encontró a Brown “sin conocimiento frente al inodoro con los pantalones bajados”, mientras que Anglemyer estaba “sin conocimiento en el pasillo” a causa del abuso de pastillas, dijo un reporte a la agencia. No obstante, DCF siguió sin hacer nada. Nueve días más tarde, Chase fue encontrado muerto en la cama de sus padres.
La causa de la muerte de Chase continúa sin explicación, y nadie ha sido acusado, aunque ambos padres dieron positivos por uso de drogas. Un detective reportó haber visto “latas vacías de cerveza, una botella vacía de vino Arbor Mist y una botella de ron de 1.5 litros vacía” en la casa donde se encontró el cadáver de Chase, según el informe acerca de la muerte del niño.
En cuanto a la abuela de Chase, con quien DCF estaba contando para protegerlo, ella admitió que no dio la señal de alarma porque “tenía miedo de que la madre le impidiera ver al niño” si sabía que ella estaba cooperando con las autoridades.
Cuando los investigadores del DCF encuentran que no pueden confiar en las promesas de padres drogadictos o violentos, enlistan a familiares o “comunidades”, forzando a abuelos o vecinos a comprometerse a intervenir si los niños están en peligro, lo que esencialmente pone a parientes dudosos y personas que apenas conocen a las familias a actuar como sustitutos de la vigilancia de la agencia. Esos planes también han demostrado ser inútiles, ya que los abuelos no han reportado los abusos infligidos por sus propios hijos, y los vecinos no han detectado el abuso y la negligencia hasta que es demasiado tarde.
Camden Paul, por ejemplo, estaba viviendo en un tráiler del área de Jacksonville con su madre y sus abuelos, todos los cuales, según se dijo al DCF, eran heroinómanos. El DCF nunca le hizo pruebas de drogas a la familia. En lugar de eso, pidieron a la bisabuela del niño de 3 años que firmara un “acuerdo de apoyo comunitario” comprometiéndose a mantener contacto diario con la familia.
El 3 de abril del 2009, la madre Brittany Paul dejó a Camden solo en el tráiler para irse a un hotel con un amigo, según una revista de su muerte hecha por el DCF. Su explicación: ella pensó que su abuela estaba cuidando al bebé. La abuela lo negó. Mientras Camden estaba solo, el tráiler se incendio, y el pequeño pereció en las llamas.
En el curso de la revista de su muerte, el abuelo de la chica dijo al DCF que Paul “tenía historia de dejar al niño sin supervisión” y ya había prendido fuego una vez a unas sábanas al “perder el conocimiento” con un cigarrillo encendido.
El reporte del DCF lamentó que los familiares de Brittany nunca dijeron a nadie que Paul estaba dejando solo en casa a su pequeño. Nadie fue acusado de crimen alguno.
Múltiples niños murieron como resultado de los mismos problemas que los planes de seguridad estaban diseñados para corregir.
Cuando Gregory Tillman, de 22 años, fue arrestado en Orlando, acusado de golpear a su novia, un investigador del DCF se preocupó no sólo por Sonia Lugo, sino por el bebé de tres meses de nacido de la pareja, Jean Pierre Tillman.
“El niño no estará expuesto a ningún tipo de violencia doméstica”, rezaba un plan de seguridad que Lugo firmó en octubre del 2007. “La madre protegerá al niño”.
Tillman, quien tenía un tatuaje de la Muerte en su brazo derecho y era conocido en la calle por el sobrenombre “Bad News” (“Malas noticias”), acordó cumplir lo que el DCF llamó un “plan de seguridad verbal” para contener su agresividad. Cuatro meses más tarde, él se enfureció porque Jean Pierre lloraba y mató al niño a golpes, lanzándolo contra una pared.
El cuerpo del pequeño mostraba señales de torturas anteriores, incluyendo una fractura severa del fémur y quemaduras en el trasero que se cree fueron hechas con unas tenazas de pelo.
Tillman está cumpliendo cadena perpetua en el Correccional de Columbia.
Una pequeña recaída
Con frecuencia, se permitía a los padres escribir sus propios planes, llenos de faltas de ortografía y de gramática. Algunos de los planes eran casi ilegibles. Un plan escrito a mano rezaba: “Nojotro no esponemo a nuestro ijos a drogas o alcol...y estabano cumpliendo con el plan”. Cinco semanas después, Ben Powell murió de neumonía mientras sus padres estaban ebrios, según los archivos del DCF. Ellos fueron a quedarse a casa de unos amigos y se les olvidó traer el nebulizador que él necesitaba para que lo ayudara a respirar, según el expediente. No se presentó cargo alguno.
Virginia Pouncey, adicta al Lortab, dijo al DCF cuando nació su bebé que ella había sufrido “una pequeña recaída” cuando murió su abuelo y se había fumado un “porro” para sentirse mejor. Una prueba de drogas hecha en ese momento mostró que Pouncey no sólo había usado marihuana, sino además metadona, el ansiolítico benzodiacepina, y opiáceos.
El recién nacido Marvin sufrió las consecuencias: él padecía de un terrible síndrome de abstinencia de las drogas de su madre, y tenía problemas para alimentarse.
El DCF permitió a Virginia Pouncey crear su propio plan de seguridad. En él, ella prometió seguir haciendo lo que había estado haciendo.
“Yo seguiré cuidando a mis hijos de la manera en que lo he estado haciendo”, escribió, y agregó: “Además, seguiré iendo a reuniones [de Narcóticos Anónimos] y me mantendré sobria como lo he estado”. Pouncey prometió no exponer a sus hijos a las drogas.
Durante el mes siguiente, Pouncey se negó a hacerse pruebas de droga y se fue de una clínica de metadona. En dos casos anteriores con el DCF, Pouncey no había cooperado y había estado en la cárcel por violar su libertad condicional en un asunto relacionado con las drogas.
Aunque los abogados de la agencia determinaron que el DCF tenía causa suficiente para pedir a un juez de bienestar infantil que supervisara a la familia, la petición nunca fue presentada: un descuido que fue parte de un “problema habitual” en la oficina legal del área.
Marvin murió antes de cumplir los 4 meses, en una cama personal que estaba compartiendo con su madre y sus hermanos mayores, algo ya peligroso que se hizo mucho más riesgoso por el uso de narcóticos por parte de Virginia Pouncey, escribió un médico del Equipo de Protección Infantil. Ella salió positiva en la prueba de drogas de marihuana, opiáceos y benzodiacepinas.
Después de la muerte de Marvin, abogados del departamento presentaron la petición judicial a nombre de sus hijos sobrevivientes. No se presentaron cargos criminales.
Durante años, se había advertido a investigadores, supervisores y administradores de alto nivel del DCF que los planes de seguridad eran una mala alternativa al verdadero trabajo social. En el área del Panhandle, una administradora que trabajaba analizando casos de mortalidad infantil, Linda Swan, advirtió varias veces a sus colegas que abandonaran esa práctica.
En uno de los primeros casos, Angeline Russ firmó dos planes de seguridad, uno prometiendo no beber “hasta la embriaguez mientras cuidaba de sus hijos” y otro prometiendo evitar la violencia doméstica. El 20 de marzo del 2009, ella sofocó accidentalmente a su hija de dos meses, Kimora Unity Russ, en la cama luego de beberse, según su propia cuenta, cuatro o cinco cervezas.
“Los planes de seguridad establecieron y documentaron expectativas departamentales, pero, en la realidad, no habrían hecho mucho por asegurar la seguridad de los niños”, observó Swan.
Un costoso descuido
A los 24 años, Fabia Clark cuidaba de nueve niños: una sobrina y un sobrino de 17 años, ambos diagnosticados con discapacidades, que pasaron a ser su responsabilidad a la muerte de su madre, y siete más de la misma Clark, entre ellos un niño de 4 años con síndrome de Down y otro con discapacidades.
Tres veces desde el 2005, el DCF había sido advertido de que el uso de drogas de Clark y su falta de atención a los niños los ponía en peligro. En abril del 2009, tres de los niños pequeños de Clark —todos menores de 4 años— fueron encontrados por una vecina “corriendo por la calle” y a punto de ser atropellados por un carro, afirmó un informe del DCF. Cuando la vecina trajo de vuelta a los pequeños a la casa, fue recibida en la puerta por Clark con una correa de cuero en la mano.
La agencia cerró el nuevo caso cuando un investigador “estableció un plan de seguridad con la madre”—el informe no especifica los detalles— e instaló una alarma en la puerta del frente para alertarla cuando los niños salieran. Ninguna de esas medidas probó ser efectiva.
Dos semanas después de que se cerrara la investigación, Kevin Walker, de 18 meses de nacido, fue encontrado en el fondo de una piscina de aguas verde oscuro llena de pañales sucios y zapatos. Aunque ellos se habían preocupado por asegurar la puerta del frente, ni Clark ni el DCF habían tenido en cuenta las cuatro puertas corredizas de vidrio, y la puerta de un baño, todas las cuales conducían a la fétida piscina.
Esperar lo mejor
Logan Hancock murió de una fractura de cráneo. Era la segunda vez que alguien le aplastaba la cabeza al recién nacido.
En julio del 2013, Logan fue hospitalizado con una fractura craneana deprimida. La lesión, dijo su médico, era resultado de un traumatismo contuso. La madre, el padre y la abuela de Logan estaban presentes cerca del momento en que tuvo lugar la lesión, y fueron interrogados, según el expediente del DCF. Todos ellos negaron tener responsabilidad alguna, lo cual preocupó aún más a las autoridades, ya que sugería que la familia estaba “ocultando un abuso”.
Al principio, la agencia planeaba involucrar a un juez en la protección de Logan. En lugar de eso, sus Stephanie Schoonover y Steve Hancock firmaron un plan de seguridad prometiendo brindar “supervisión adulta apropiada” y un hogar libre de peligros. Trabajadores sociales y consejeros visitaban además la casa de vez en cuando. Un proveedor —el detalle fue eliminado por el DCF de un informe— expresó su preocupación por el arreglo, pero dijo que “esperaba que ocurriera lo mejor”.
El 6 de septiembre del 2013, Schoonover sacudió a Logan y luego le golpeó la cabeza contra la cuna, matándolo. Ella lo confesó a la policía.
McDonald, el ex jefe de bienestar infantil de Illinois, dijo: “¿Cómo se puede dar protección cuando no se sabe quién es el agresor, pero se sabe que hay uno?”
‘Caso de alta alarma’
Cuando William Osburn Sloan nació el 5 de diciembre del 2008, sus dos hermanos ya estaban en custodia estatal debido al severo abuso de drogas de sus padres y la enfermedad mental de su madre, según un informe del DCF. Cuando el nacimiento de William fue reportado a la agencia, un supervisor del DCF en el condado Bay observó: “Este es un caso de alta alarma”.
El padre del niño, John Robert Sloan, se negó a hablar con la agencia, airado por lo que llamó el acoso del DCF; los miembros de la familia habían sido investigados 11 veces. La madre del recién nacido, ansiosa por conservar a William y con la esperanza de que le devolvieran sus otros dos hijos, firmó un plan de seguridad acordando “abstenerse del uso de drogas” y brindar cuidados y supervisión adecuados a William.
Seis meses después de que Tonya Osburn firmara su promesa, las condiciones habían empeorado: la casa no tenía electricidad y estaba “desbaratada”, escribió un trabajador social. Osburn había dejado de tomar sus medicinas psiquiátricas y fue expulsada de un programa de tratamiento de drogas. La madre y el bebé estaban durmiendo en un colchón tirado en el suelo, contrario a todas las reglas de precaución. La casa estaba llena de “excremento de perro”.
Otros dos reportes llegaron a la línea directa, uno diciendo que Osburn estaba muy mal de su trastorno bipolar, otro diciendo que Sloan y Osburn habían agarrado ambos al bebé y se habían puesto a halarlo. Otro reporte de la misma época dijo que Osburn no había alimentado al niño hasta en dos días, y que ella dejaba al niño con ‘cualquiera’ para irse de farra a los bares”.
El 21 de mayo del 2009, se le pidió a Sloan y Osburn que firmaran otro plan de seguridad, esta vez prometiendo no hacer drogas ni dejar a William en una casa llena de peligros.
Cinco semanas después, John Sloan compró un quinto de Lord Calvert, mezclado con Coca Cola, según el expediente del DCF. Su mujer lo había dejado. Padre e hijo se acostaron a dormir a eso de la medianoche. Sloan se despertó luego a jugar juegos de video, y “se quedó rendido” a eso de las 4 a.m., con William a su lado. A la mañana siguiente se encontró al niño muerto, asfixiado.
Según el reporte de la muerte, Sloan habló luego con un amigo y confesó: “Sí, yo me lo tomé todo”.
Sloan fue acusado de homicidio culposo. Dos años después, un juez desestimó el caso luego que el abogado de Sloan alegó que no había evidencia alguna que sugiriera que él había estado borracho.
Esta historia fue publicada originalmente el 17 de marzo de 2014, 5:11 a. m..