Qué piensan los rusos de Miami sobre el ‘bromance’ de Trump y Putin
Las mujeres reunidas en el almuerzo están conversando a la típica manera rusa, expresando opiniones dogmáticas en contra de las de sus mejores amigas, interrumpiéndose afectuosamente unas a otras, riendo y lanzándose burlas cariñosas de un lado a otro de una mesa cargada de platos de borscht, fuentes de lomo a la Stroganoff y montones de bliní.
Pero estas mujeres, todas profesionales y de cierta edad, no están charlando sobre irse de compras, ni de las playas, ni de los últimos chismes de allá de la Rodina –la patria– mientras disfrutan de un suntuoso banquete en Tatiana Restaurant. Este es un popular punto de reunión en Hallandale Beach para la considerable comunidad de emigrados rusos en el sur de la Florida, decorado en el elegante estilo de la época de los zares, con arañas de cristal, cortinas de encaje blanco pendiendo de las vigas del techo, vajilla de porcelana fina y cubiertos de plata.
Lo que ellas discuten animadamente es la aparentemente extraña relación entre el presidente electo de su país adoptivo y el gobernante del Kremlin en el país que ellas dejaron atrás. Su vivaz conversación va y viene con facilidad del ruso al inglés, y sus fuertes acentos eslavos envuelven la charla.
“Putin no es un niñito bueno”, dijo Zoya Roit, ex ingeniera de Northrop Grumman que se retiró y se mudó de Baltimore a Hallandale Beach, usando deliberadamente la manera de referirse a los hombres en diminutivo que le encanta usar a los rusos para todo tipo de propósitos, desde el afecto hasta el sarcasmo.
“Él es fuerte”, dijo Roit al Miami Herald. “Es agresivo. Pero quiere tener a otra figura fuerte en la Casa Blanca. No con objeto de pelea, sino de respeto. Esa es la razón por la que apoya a Trump, porque él es fuerte. El siente que puede hacer acuerdos con Trump. Obama era débil”.
En el otro extremo de la mesa se alzó una voz discrepante.
Si Vladimir Putin piensa que Donald Trump va a ser un compañero de negociaciones fuerte o confiable, afirmó Klara Witkon, le espera una amarga sorpresa.
“Yo he conocido a Trump”, dijo ella. “Estuve en su yate. A mí no hubo nada que me gustara de él hace 25 años, y no hay nada que me guste de él ahora”.
Witkon, residente de mucho tiempo de Nueva York que divide ahora su tiempo entre Long Island y Williams Island, cerca de North Miami Beach, imitó a una figura pavoneándose, hamacando los hombros de un lado a otro y levantando la nariz con fatuidad.
Su caricatura provoca críticas de algunas de las otras mujeres, quienes como otros emigrados rusos de la localidad son entusiastas partidarias de Trump.
“A mí siempre me gustó Trump”, dijo Gina Fastovsky, psicoterapeuta de Sunny Isles que vino a Miami en el 2006 pasando por Israel y Nueva York. “Él tiene una personalidad alegre”.
“Estoy de acuerdo con Trump porque conozco el sistema ruso”, dijo ella. “Con Putin, no se puede lidiar con los puños, sino con negociaciones. Si le vas encima con un puño, ¡él te va a enseñar 100 puños!”
En todo el sur de la Florida, desde Fisher Island hasta Sunny Isles Beach y aún más allá, todas las fantásticas y fascinantes historias de intrigas sobre la supuesta interferencia del Kremlin en las elecciones de Estados Unidos, y sobre el supuesto “bromance” entre Trump y Putin, se han expandido a lo largo de la gran comunidad rusa de la región.
Muchos emigrados rusos restaron importancia y tildaron de estrambóticas las alegaciones de que Putin, antiguo funcionario de la KGB, y sus agentes de inteligencia manipularan las elecciones presidenciales del 8 de noviembre o que llevara a cabo una operación de capa y espada para meter a Trump, abierto admirador del presidente ruso, en la Casa Blanca.
Estas historias, algunas ligadas a documentos supuestamente filtrados por fuentes de inteligencia no identificadas, llegan incluso a sugerir que diplomáticos rusos en Washington, Nueva York e incluso Miami ayudaron a llevar a cabo una operación de alto riesgo para poner a un topo del Kremlin en la Casa Blanca.
Algunos rusos de la localidad desdeñan tanto esas historias como el mismo presidente electo Trump, quien ha rechazado dichas alegaciones calificándolas de “porquería” y tildando de vergonzosos a los medios de prensa que las han publicado.
“Toda la prensa está hablando sobre cómo Rusia ayudó a la elección de Trump y se coló en las computadoras de los demócratas, y todo eso, pero nadie tiene pruebas de eso”, dijo Eugene Torgovsky.
Torgovsky y otros rusos señalaron que la CIA tiene un largo historial de interferencia en las elecciones de otros países. En cuanto a la piratería electrónica en las bases de datos de los gobiernos extranjeros, ellos señalaron que funcionarios de inteligencia de EEUU han testificado ante el Congreso que Washington también lo hace.
Torgovsky salió de Rusia a los 16 años con su familia en 1991, el año del intento de golpe de estado contra Mijail Gorbachov encabezado por la KGB y el colapso subsiguiente de la Unión Soviética.
“Tan pronto como cruzamos la frontera, el país entero se vino abajo”, dijo.
Torgovsky, quien se mudó de Chicago a Miami en el 2004, es dueño ahora de tiendas en el sur de la Florida que venden modas y muebles de lujo.
Al igual que otros empresarios rusos locales, a Torgovsky le gusta la experiencia del mundo de los negocios que Trump tiene.
“Este país necesita a un hombre de negocios porque cada país es una corporación”, dijo. “Trump no tiene experiencia política alguna, pero es un hombre de negocios. Eso es lo que este país necesita en estos momentos. Menos política y más negocios. Por eso es que creo que Trump, tal vez, haga mejores cambios”.
Torgovsky sigue los reportes noticiosos de la televisión, tanto de la rusa como de la estadounidense. Le asombran las drásticas diferencias en la cobertura de la explosiva historia de Trump y Putin, la cual es ridiculizada como un despropósito por las cadenas televisivas de Moscú, que son dirigidas por el estado, mientras que los medios de prensa estadounidenses sacan agitadas actualizaciones.
“Es como una pareja que duerme por la noche en la misma cama”, dijo Torgovsky. “Uno de ellos hala las cobijas para su lado, y luego la otra las hala para el suyo”.
En lo que respecta a Putin, los rusos del sur de la Florida parecen divididos. Algunos afirman que, aunque no sea democrático, al menos trajo de vuelta el orden y el respeto a su patria después del caos de los años 1990 bajo Boris Yeltsin.
¿Un expediente comprometedor sobre Trump?
En la Universidad Internacional de la Florida (FIU), la profesora de política comparativa Tatiana Kostadinova tiene un punto de vista más matizado, en base a su experiencia tanto personal como profesional.
Kostadinova, directora del programa de posgrado de ciencias políticas de FIU, creció en Bulgaria durante la Guerra Fría, cuando ese país era vasallo del Kremlin.
Luego de salir de Bulgaria en 1995, Kostadinova hizo su doctorado de Filosofía y Letras en ciencias políticas en la Universidad Estatal de la Florida, donde escribió su tesis sobre los sistemas de elecciones en la Europa del Este.
Después de pasar cuatro años como profesora en la Universidad de Minnesota, Kostadinova llegó a FIU en el 2004.
Ella dijo que no hay manera de saber si Putin o sus lugartenientes interfirieron directamente en las elecciones de EEUU, o si tomaron medidas concretas para dar la ventaja a Trump. Lo más probable, según cree, ellos compilaron lo que los espías rusos llaman un Kompromat sobre Trump. Vinculado a la palabra “compromiso”, es un expediente de inteligencia con información potencialmente embarazosa sobre políticos, diplomáticos, empresarios acaudalados, científicos, periodistas y otros.
“Ellos hacen eso con muchas personas importantes”, dijo Kostadinova. “Lo peor de eso es que pueden utilizarlo como chantaje. Pueden ser cosas relacionadas con la vida personal de alguien, sus relaciones, pero también pueden tener que ver con sus relaciones con otros empresarios o con políticos, cosas como pagar sobornos o contratar prostitutas”.
El Kremlin, dijo, ha usado esos expedientes durante décadas, no tanto para arruinar a personas como para influenciarlas y tenerlas amenazadas.
“La persona podría hacer cosas que él o ella no haría de otra manera”, dijo Kostadinova. “De modo que esos expedientes pueden ser usados como armas en el juego del poder. Pueden emplearse para cambiar la política”.
Aunque Kostadinova se muestra cautelosa en cuanto a sugerir siquiera que Moscú pueda tener información comprometedora sobre Trump, no lo descarta.
“Es posible”, dijo. “Cuando se anunciaron los resultados de la elección, la Duma rusa celebró. Eso es una prueba de algún tipo de que la elección de Trump fue el resultado que preferían los gobernantes rusos. Pero hay una gran diferencia entre preferir a alguien y hacer algo para conseguir que ese alguien salga electo”.
Al mismo tiempo, la profesora ha hecho investigaciones que indican que el Kremlin interfirió en las elecciones checas del año pasado, y que posiblemente sembró “desinformación” para influenciar la política en Hungría, Polonia y Eslovaquia, algo de lo que los demócratas los acusaron de haber hecho en Estados Unidos el pasado otoño para perjudicar a Hillary Clinton.
“Aquí en Estados Unidos, creo que más bien se dedicaron a crear disrupción en las elecciones”, dijo. “La opinión generalizada era que Hillary Clinton iba a ganar. Ella está en contra de Putin. La elección de Trump estremecería el sistema porque él se presentó a sí mismo como un candidato en contra del establishment. De modo que si los rusos podían traer más inestabilidad a Estados Unidos y demostrar al mundo que un sistema democrático liberal no es necesariamente mejor, eso es un objetivo sobre el cual puedo tener una mayor certeza”.
Conjuntamente con la fascinación con todas esas intrigas, en el sur de la Florida viene el miedo.
Aunque una docena de rusos locales estaban dispuestos a dar su opinión sobre las estratagemas reales o imaginarias de Trump y Putin, la misma cantidad se mostraron recelosos.
Llamadas hechas a varios emigrados rusos fueron colgadas en cuanto se hizo una pregunta. Otras recibieron un rechazo de parte de voces veladas por la cautela.
“No me meto en política” fue una respuesta típica.
Al preguntárseles si un reportero podría tomar una foto o un breve video clip de ellas mientras almorzaban, la mayoría de las damas en Tatiana Restaurant alzaron las manos en el aire.
“¡No! ¡No!”, dijeron.
Una de ellas se inclinó hacia delante y dijo en ruso, en tono de conspiradora: “Ellas están un poco paranoicas”.
Una mujer que sólo quiso identificarse como Irina, especialista en medicina interna, explicó el porqué, a pesar de haber salido hace décadas de la que era entonces aún la Unión Soviética, no siente ganas de meterse en nada de política a gran escala que tenga que ver con el Kremlin.
“Sí, mantengo la paranoica”, dijo Irina. “Mi padre fue enviado al gulag. Mi familia y yo fuimos exiliados a Siberia”.
Irina, quien vive ahora en Aventura, dijo que su familia en Estonia lo perdió todo cuando los rusos asumieron el control de los países bálticos después de la Segunda Guerra Mundial.
“Nosotros somos judíos”, dijo. “Por eso la única manera de salvarnos fue venir a Estados Unidos”.
Esta historia fue publicada originalmente el 18 de enero de 2017, 6:30 p. m. with the headline "Qué piensan los rusos de Miami sobre el ‘bromance’ de Trump y Putin."