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Opinión

​Los servicios de inteligencia de EEUU desatan la ira de Trump

El director del FBI, James Comey (centro), y el director de Inteligencia Nacional, James Clapper (sentado, al frente), se preparan a testificar ante el Congreso en Washington, el 10 de enero.
El director del FBI, James Comey (centro), y el director de Inteligencia Nacional, James Clapper (sentado, al frente), se preparan a testificar ante el Congreso en Washington, el 10 de enero. AP

El seudo argumento ofrecido por la Casa Blanca para justificar la derogación de la política conocida como “pies secos, pies mojados” es casi tan desatinado como la invectiva empleada por el presidente electo Donald J. Trump en su guerra contra los servicios de inteligencia de Estados Unidos. De momento, Raúl Castro se beneficia de la orden ejecutiva de Barack Obama y Vladimir Putin (y otros enemigos del país) de la pelea de Trump con la CIA, elementos del FBI y de otras agencias de inteligencia.

Es cierto que el presidente estadounidense tiene la obligación de cuestionar y criticar las actividades de sus aparatos de espionaje cuando el caso lo justifica. Pero eso no es lo que ha estado haciendo Trump. El futuro mandatario lleva semanas denigrando a los servicios de inteligencia estadounidenses. ¿Por qué? Porque en su investigación del hackeo y la propagación de información robada de la campaña de Hillary Clinton, los servicios llegaron a unas conclusiones que encolerizaban al presidente electo: determinaron que el pirateo había sido obra del gobierno ruso y que el propio Putin había puesto en marcha una operación que tenía como objetivo ayudar a Trump en las elecciones presidenciales.

El presidente electo y sus adeptos vocingleros rechazaron estas conclusiones con una vehemencia irracional, mezclando paralogismos bobos con vituperios dirigidos contra los servicios de inteligencia. Un espectáculo bochornoso en el cual Trump defendía a Putin, un adversario de su país, al tiempo que arremetía contra hombres y mujeres dedicados a defender la seguridad de Estados Unidos.

Pero la semana pasada, sin dar explicaciones, Trump cambió de parecer repentinamente, como ha hecho tantas veces a lo largo de su carrera y reconoció que el gobierno ruso estaba detrás del hackeo electoral. Todo indica que no le quedó más remedio que aceptar el peso de la evidencia que le presentó James Clapper, el director nacional de inteligencia, en un briefing sumamente confidencial que tuvo lugar el día de los Reyes Magos.

Aun así, su reconocimiento tardío de una conclusión avalada por la concluyente evidencia “clasificada” que le mostraron no significa que Trump ha hecho las paces con los servicios de inteligencia. Al contrario, en la misma rueda de prensa estrambótica del pasado miércoles donde aceptó públicamente que la Rusia putinesca había perpetrado los hacks contra Clinton, un Trump feroz acusó a las agencias de espionaje de “filtrar” un escandaloso dossier de alegatos no verificados cuyas conclusiones, de ser ciertas, serían devastadoras para Trump y el país. En una de sus acusaciones infundadas, el presidente electo tuvo la desfachatez de compararse con una víctima del nazismo al declarar que la filtración del dossier, “una información inventada y falsa”, era algo “que hubiese hecho la Alemania Nazi”. Los métodos sutiles de la Gestapo.

Lo que el presidente electo suprimió en su rueda de prensa fue que James Clapper ya le había informado sobre el dossier. Y que no era necesario “filtrarlo” porque varias copias del documento llevaban meses circulando sin que un solo medio importante lo publicara o se hiciera eco de su contenido. Hasta que un editor irresponsable decidió publicarlo, el día antes de la rueda de prensa de Trump. El informe apareció en Buzzfeed, una publicación internética y desató la ira paranoide del futuro mandatario de la república. Atacó a espías y medios inocentes.

¿Por qué Clapper decide compartir con el presidente electo este dossier de información no verificada? Quizás porque su autor, Christopher Steele, es una fuente muy respetada que goza de una gran credibilidad entre los servicios de inteligencia de Occidente (durante 20 años fue un renombrado especialista y luego jefe de la sección rusa del MI6 británico). Los espías que lo han contratado saben que Steele es un investigador falible, pero Clapper y sus colegas tienen el deber de analizar y encarar amenazas existentes y anticipar creíbles amenazas potenciales que gravitan sobre los Estados Unidos. Aunque sus conclusiones disgusten al presidente. O al presidente electo pues la actitud sumisa que Trump y algunos políticos esperan de los servicios de inteligencia representa un peligro para la seguridad del país.

Periodista cubano, ejecutivo de una empresa internética.

Esta historia fue publicada originalmente el 15 de enero de 2017, 3:03 p. m. with the headline "​Los servicios de inteligencia de EEUU desatan la ira de Trump."

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