La aristocracia de Palm Beach comienza a aceptar a Trump
Los patricios habitantes de Palm Beach, hogar de las fortunas de “old money” de los descendientes de los pioneros de la industria, han llegado a ridiculizar hasta a sus vecinos los ricos Kennedy –con su catolicismo irlandés, sus paparazzi de Hollywood y sus escándalos familiares– como despreciables nuevos ricos.
Y en eso llegó Donald Trump.
Visto de inmediato por los vecinos de la localidad, quienes son notoriamente poco dados a socializar con recién llegados, como un arribista vulgar, él adquirió la prominente propiedad de Mar-a-Lago de la difunta heredera de los cereales Marjorie Merriweather Post– así como el deseable estatus social que la propiedad confería– en 1985, y luego se pasó las tres décadas siguientes poniendo demandas una y otra vez a la Ciudad cada vez que le estorbaban. Las disputas de Trump con el establishment de Palm Beach adquirieron la categoría de leyendas de prensa amarilla.
Oh, pero los tiempos han cambiado. O, por lo menos, el lugar que ocupa en el mundo Trump ha cambiado.
Ahora que la toma de posesión presidencial de Trump es un hecho, Palm Beach se ha vuelto mucho más tolerante de su residente a tiempo parcial más famoso y, ahora, más poderoso. Podría incluso decirse que la villa (¡horror de horrores!) ha abierto colectivamente los brazos a Trump.
“Eso es ir demasiado lejos”, se rió Carey O’Donnell, ejecutivo de publicidad y relaciones públicas que vive ahora en uno de los tres puentes que llevan a la exclusiva isla cerrada de Palm Beach. (Los no iniciados suelen equivocarse y suponer que Mar-a-Lago está en la ciudad, decididamente menos exclusiva, de West Palm Beach.)
La relación de Trump con Palm Beach “ha evolucionado con el tiempo”, admitió O’Donnell. “Pero lo cierto es que ahora ha habido un cambio drástico. Ya no se le podría llamar una evolución; ahora es un giro drástico, por supuesto impulsado por la necesidad”.
Así que van a necesitar buena suerte para encontrarse a un habitante de Palm Beach hoy en día que tenga algo que decir sobre el presidente electo que no sean elogios.
“Antes de las elecciones, si le preguntabas a la gente: ‘¿Le vas a Donald Trump?’ Te decían: ‘Yo, no’, ” dijo Laurence Leamer, veterano autor de libros de no ficción que expuso las debilidades de la sociedad de Palm Beach en su libro del 2009 Madness Under the Royal Palms (“Locura bajo las palmas”), que le costó ser condenado al ostracismo. “Y ahora, todos salen diciendo: ‘¡Yo, sí!’.
“Es fantástico, seamos sinceros”, añadió. “Ni siquiera John F. Kennedy creó la conmoción que esto está creando”.
Pero el furor tiene un precio. Los residentes de mansiones rodeadas de ficus, acostumbrados a un cierto grado de tranquilidad y discreción, lo están pagando en molestias. Y las agencias de los gobiernos locales, que ahora tienen que asumir nuevos costos para proteger a Trump y a su familia, lo están pagando en dinero contante y sonante. La Policía de Palm Beach estimó que la estadía de Trump en la isla para el Día de Acción de Gracias costó a la isla alrededor de $248,000 en horas extra.
El Condado ya ha pedido a miembros del Congreso que los ayuden para tratar que les reembolsen $7 millones en fondos federales. El problema es que Palm Beach no es ni con mucho el único municipio que está tratando de conseguir que le paguen, dada la afición de Trump a visitar todas sus propiedades.
El fin de semana de Trump en su club de golf en Bedminster, Nueva Jersey, costó a la villa varios miles de dólares. La Ciudad de Nueva York, donde Trump tiene su residencia principal, Trump Tower, calcula que habrá gastado $35 millones del Día de Elecciones al Día de Toma de Posesión, un costo policial sin precedentes de alrededor de $500,000 al día.
Problemas de tráfico
Las semana pasada, el Concejo de la Ciudad de Palm Beach dio permiso a Trump para despegar y aterrizar en helicóptero en Mar-a-Lago durante “su(s) mandatos(s) en el cargo”, para evitar los problemas de tráfico que puede causar una caravana de automóviles. Sus visitas podrían ser frecuentes: al preguntársele en una entrevista reciente sobre Camp David, la tradicional residencia de descanso presidencial, Trump la criticó por ser “muy rústica”.
“Es agradable, a ustedes les gustaría”, dijo al Times de Londres y al periódico alemán Bild. “¿Saben por cuánto tiempo les gustaría? Por alrededor de 30 minutos”.
“Ustedes no van a ir a ninguna parte –créanme– en que puedan ver el nivel de limpieza minuciosa que se puede ver en las casas de él”, explicó Toni Holt Kramer, miembro de Mar-a-Lago que, conjuntamente con otras tres “chicas” de Palm Beach dedicadas a la candidatura de Trump, fundaron un grupo llamado las Trumpettes.
“Tuvimos que añadirle Trumpsters porque los hombres también querían unírsenos”, dijo, y señaló que le han pedido entrevistas de todas partes del mundo: “Ayer dimos una en Francia, ¡y somos la página del medio del número de Vanity Fair de este mes!” [Y lo son.]
A diferencia de los Kennedy, que salían a divertirse a la ciudad, Trump rara vez sale de Mar-a-Lago (que se llama así porque la propiedad está situada entre el Océano Atlántico y la Laguna de Lake Worth).
Cuando él y su esposa Melania se aparecieron a los servicios de vísperas de Navidad en la iglesia episcopal de Bethesda-by-the-Sea, recibieron una ovación de pie que fue filmada por teléfonos celulares. La falta de decoro de los parroquianos –durante la comunión, nada menos– provocó cartas espantadas al Palm Beach Daily News, el periódico de sociedad más conocido como la “Hoja brillante” que tiene una sección en su website dedicada a “Donald Trump en Palm Beach”.
Sin falta, incluso los residentes menos inclinados a elogiar a Trump subrayaron que Mar-a-Lago fue el primer club privado de Palm Beach en aceptar a miembros judíos, afroamericanos y abiertamente gay. Aunque según rumores locales Trump fue rechazado por uno de los clubes tradicionales –los cuales dominan todavía la escena filantrópica de la alta sociedad– él ha dicho que nunca ha solicitado membresía en ninguna parte.
“El abrió la isla”, dijo Leamer, el escritor. “Merece crédito por eso”.
Kramer, la Trumpette, dijo que Mar-a-Lago planeaba celebrar una fiesta de toma de posesión el viernes 20 para miembros como ella que no podrán ir a Washington. El centro ya está reservado como sede del Club Republicano de Palm Beach el 27 de enero, y como oradora invitada asistirá Ann Coulter, una de varias figuras famosas de los medios de prensa conservadores que viven en el área. El Partido Republicano de Palm Beach ya lo tiene reservado para su cena del Día de Lincoln el 24 de marzo.
El Partido Republicano ha estado celebrando su cena de recaudación de fondos en Mar-a-Lago hace ya varios años, desde que Trump les ofreció un generoso descuento, dijo Sid Dinerstein, ex presidente del mismo.
“Vendimos 650 entradas en 24 horas y nunca llegamos a imprimir invitaciones”, dijo de la cena del año pasado, que fue un gran éxito. “El es como Elvis. Es algo muy grande”.
Miembros e invitados de Mar-a-Lago y del Trump International Golf Club en West Palm Beach esperan que verán a Trump en algún momento, incluso, para su sorpresa, después de las elecciones.
“Ellos te dejan acercarte a él”, dijo Richard Steinberg, quien vende bienes raíces en Manhattan y Palm Beach y recientemente estuvo sentado “dos mesas más allá de Trump” mientras cenaba en Mar-a-Lago. “Honestamente, él es un presidente muy cercano a la gente. Uno esperaría que la seguridad, en mi opinión, sería mucho más rigurosa, pero me imagino que opina que las personas que vienen a sus clubes que están de su parte y que son defensores suyos”.
“Mi feed de Facebook está lleno de fotos de gente que están pasando el rato con Donald Trump en Mar-a-Lago”, dijo Steven Abrams, uno de los sólo dos miembros republicanos de la Comisión del condado Palm Beach. (El presionó a la comisión en noviembre para que enviaran una carta de felicitaciones a Trump.) “Mientras él está decidiendo a quién designará para su Gabinete, baja y cena y se toma fotos con la gente. Está ahí abajo socializando”.
Durante los días festivos, reporteros de las cadenas nacionales de televisión se posicionaron a lo largo del puente de Southern Boulevard para tomar vistas de Mar-a-Lago. El Ayuntamiento de la Ciudad ha estado inundado con tantas solicitudes por parte de los medios de prensa de todo el mundo que Thomas G. Bradford, el administrador de la Ciudad, dijo en un correo electrónico que no concederá entrevistas relacionadas con el tema de Trump. “No puedo hacer nada en mi trabajo si lo único que hago es hablar sobre el Presidente”, escribió.
La alcaldesa, Gail Coniglio, republicana, también se mostró circunspecta, y dijo a un reportero que estaba “pisando terreno resbaladizo” por preguntarle si ella había votado por Trump. Trump no ganó en el condado Palm Beach, mayoritariamente demócrata, pero sí ganó Palm Beach, mayoritariamente republicano, el margen de su victoria en el colegio electoral de Mar-a-Lago fue más estrecho que el de Mitt Romney.
“Yo voté. Estoy orgullosa de mi voto”, dijo Coniglio, sin revelar por quién. “El es el presidente de Estados Unidos. Yo respeto su puesto, y lo cierto es que él va a ser el líder de este país”.
Steinberg, el corredor de bienes raíces, dijo que espera que el valor de las propiedades –así como la demanda por la membresía en el club de Trump– subirán astronómicamente en Palm Beach a corto plazo. (Esta es una villa donde era ilegal que los hombres trotaran por la calle sin camisa hasta 1987, los enterados publicaban un volumen anual de quién es quién titulado The Social Index-Directory (“La Guía del Índice Social”), y, hasta el día de hoy, Publix ofrece estacionamiento con valet gratis.)
“Yo he hecho dos compras por mis clientes de Park Avenue que quieren estar en Palm Beach, para estar cerca de la Casa Blanca de invierno”, dijo. “Ellos han decidido que, como él fue elegido, vale la pena sumarse al ajetreo y la vida social alrededor de Palm Beach, como mismo sucedía con los Kennedy”.
Puede que el ajetreo sea innegable, pero no todos están contentos de que la presidencia de Trump sea lo que está creándolo.
“Yo no soy muy fan de él”, declaró Troy Gustavson, de 70 años, quien paseaba por Worth Avenue en una tarde reciente.
“Hay dos Palm Beaches”, dijo Gustavson, quien trabaja a tiempo parcial como director de periódicos comunitarios en Long Island. “A nosotros no nos interesa el circuito de cuello y corbata”.
Gustavson dijo que él estudió junto con Trump en la Universidad de Pennsylvania, y lo recuerda en las fiestas universitarias. El y su esposa Joan, también de 70, celebran sus cumpleaños en la misma semana que Trump. (“El y yo somos Géminis”, dijo Joan Gustavson, sin parecer muy contenta por la coincidencia.)
Troy Gustavson, quien dijo ser un demócrata moderado, afirmó que desea lo mejor a Trump pero no cree que él tenga las calificaciones necesarias para el cargo. Pensó en organizar una “antitoma de posesión” el viernes– sentarse en silencio en un parque de West Palm Beach, vestido de negro– pero la respuesta de parte de sus amigos fue “poco confiable”, así que “decidí no hacer el papelón”.
Al acercarse a Mar-a-Lago, él comentó, sin dirigirse a nadie en particular: “Ocasionalmente, cuando paso por aquí en mi escúter, se me ocurren cosas que decir que son simplemente impublicables”.
Por el momento, los residentes de la villa se limitarán a esperar la primera visita de Trump como presidente. La primera indicación de sus viajes como presidente electo vino acompañada de un toque de ironía: la Administración Federal de Aviación anunció restricciones del espacio aéreo por encima del condado Palm Beach que incluían a Mar-a-Lago.
Trump demandó en una ocasión al Aeropuerto Internacional de Palm Beach, pidiéndole $75 millones en daños y perjuicios por el ruido y el hollín de los aviones. En fecha más reciente, lo demandó por $100 millones alegando que el aeropuerto estaba “tratando de vengarse” de su propiedad por medio de programar que sus vuelos le pasaran a propósito directamente por encima.
Trump retiró su demanda el 17 de noviembre, nueve días después de las elecciones.
Cuando él venga de visita, habrá mucho menos ruido en los cielos.
Esta historia fue publicada originalmente el 21 de enero de 2017, 4:01 p. m. with the headline "La aristocracia de Palm Beach comienza a aceptar a Trump."