El racismo es una conversación difícil para la comunidad latina | Opinión
Este artículo se publicó originalmente en febrero de 2021 como parte de un proyecto por la celebración del Mes de la Historia Afroamericana. Hoy lo volvemos a publicar siguiendo el mismo propósito.
Cada noche entre semana, me siento junto a mi copresentadora Ilia Calderón para conducir el programa de noticias en español “Noticiero Univisión”.
Aunque nuestros muchos espectadores han llegado a conocer el rostro de Calderón, no muchos saben lo mucho que ha tenido que superar para sentarse en esa silla. Su historia, al igual que la de muchos latinos con ascendencia africana en Estados Unidos, es una historia de enormes logros personales, así como de una asombrosa perseverancia frente a un racismo profundamente arraigado.
Calderón nació en la región colombiana del Chocó, un lugar que describe como “nuestro pequeño paraíso negro”. Cuando Ilia tenía 10 años, se fue de casa para estudiar en un colegio católico de Medellín, donde una de las alumnas blancas estaba tan disgustada por el color de la piel de Ilia –y tan orgullosa de su propia tez blanca– que le dijo: “¿Eres negra? Ni siquiera mi caballo es negro”. Ese primer encuentro con el racismo en Latinoamérica dejó una marca en Ilia, la cual nunca olvidó.
Cuando se mudó a Miami en 2001 para seguir una carrera periodística, las cosas no fueron muy diferentes. “Tuve que soportar el racismo en Colombia”, me dijo recientemente, “y resulta que aquí tengo que enfrentarme a lo mismo. Es cómo te miran, cómo se comportan cuando estás cerca. ...Es como si tuvieras que pasar por esa experiencia dos veces: por ser hispano y también por ser negro”.
Según una encuesta realizada en 2014 por el Pew Research Center, el 24 por ciento de los aproximadamente 54 millones de hispanos que vivían en Estados Unidos en ese entonces se autoidentificaban como afrolatinos, afrocaribeños o como otra identidad afrolatina más específica, como la afrocolombiana. Al mismo tiempo, el 34% se identificaba como “mestizo, mulato o alguna otra raza mixta”.
Estos latinoamericanos tienen que soportar mucho más que comentarios despectivos y otras formas de abuso verbal. El racismo está profundamente arraigado en el sistema social de Estados Unidos, lo que pone a los afrolatinos en constante desventaja.
En comparación con otros latinos, los afrolatinos tienen menos probabilidades de tener algún nivel de educación universitaria. También son más propensos a tener menores ingresos familiares: En la misma encuesta de Pew de 2014, aproximadamente seis de cada diez familias afrolatinas reportaron ingresos inferiores a $30,000. Por incómodo que sea, los latinos debemos tener una conversación seria sobre estos temas.
Hoy en día, Calderón es vista por millones de personas en la televisión y ha publicado una autobiografía, “My Time to Speak” (Mi hora de hablar). Está decidida a usar su voz para impulsar el cambio.
“Es importante que me vean; estar en las pantallas de televisión significa que la gente puede verse en mí”, me dijo. Calderón dijo que el racismo existe en Latinoamérica y sigue a los afrolatinos cuando emigran a Estados Unidos. “Escuchamos todas estas frases racistas en nuestros países, en nuestros hogares –llamar a alguien “Negrita”, “pelo chino” o mostrar preferencia por el niño de piel más clara–, así que esto viene con nosotros”, dijo.
Janvieve Williams Comrie, una activista de derechos humanos panameña que vive en Estados Unidos, coincide. “Esos comportamientos que eran habituales en nuestros países se han reproducido aquí”, me dijo cuando la entrevisté para un podcast reciente: “He oído a personas hablando en español que decían cosas denigrantes sobre los afrodescendientes”.
Cuando le pregunté si se sentía discriminada en Estados Unidos, fue tajante: “Definitivamente. Soy afrodescendiente, una mujer negra”.
La llegada de los africanos al continente americano estuvo marcada por la sangre y los abusos. Aunque las cifras exactas son difíciles de determinar, se estima que más de 10 millones de africanos llegaron como esclavos al Nuevo Mundo durante la conquista y colonización española de Latinoamérica.
Según el historiador Omer Freixa, el primer arribo documentado de un cargamento de esclavos a Latinoamérica tuvo lugar en 1518; el último cargamento llegó a Cuba en 1873. Los esclavos eran vendidos principalmente en los puertos de la región, entre ellos Buenos Aires, Veracruz, Cartagena y La Habana, y la mayoría de ellos trabajaban en las industrias del arroz, el tabaco, el azúcar, el algodón, el café o la minería.
Hoy en día, uno de cada cuatro latinoamericanos se autoidentifica como de ascendencia africana, según un reciente reporte del Banco Mundial (en América Latina y el Caribe viven aproximadamente 645 millones de personas). Pero, como explica el informe, los afrodescendientes están “subrepresentados en los puestos de decisión, tanto en el sector privado como en el público”, y “tienen 2.5 veces más probabilidades de vivir en la pobreza crónica que los blancos o los mestizos”.
A pesar de los numerosos logros de los afrolatinos desde su llegada a Estados Unidos, aún no han disfrutado de los beneficios de la igualdad racial plena. La sociedad post-racial –en la que el color de nuestra piel ya no importe– sigue siendo un mito.
El asesinato en Minneapolis de George Floyd, un hombre afroamericano, después de que un policía blanco se arrodillara sobre su cuello durante más de ocho minutos, ha suscitado un debate urgente sobre el maltrato a los afrodescendientes.
Para encontrar soluciones a los problemas sistémicos puestos de manifiesto por el asesinato de Floyd debemos mantener conversaciones incómodas; debemos afrontar la existencia del racismo dentro de la comunidad latina y dentro de nuestros propios hogares.
“Tenemos mucho racismo dentro de nuestras comunidades, y mucho del mismo es auto-odio”, me dijo en una entrevista Aida Rodríguez, una escritora y comediante afro-latina. “Lo que tenemos que empezar a hacer es tener esta conversación con nuestros padres y nuestros abuelos, y entender que de dónde provenimos es mucho más glorioso de lo que nos contaron”.
¿Es posible combatir el racismo con humor?, le pregunté a Rodríguez, quien a menudo habla del racismo en sus programas de Netflix, HBO y Showtime. “Creo que es posible, creo que es importante y creo que es necesario. Una cosa de los latinos es que aceptamos muchos de nuestros conflictos con humor. La gente marginada siempre ha tenido que hacer eso. ... Yo combato el racismo con inteligencia, con humor duro. No con debilidad”.
En cuanto a Calderón, quiere usar su voz “para decir a la gente ‘Ya no más’, para decir que esto no puede suceder”. Su mensaje es claro: no más muertes como la de Floyd; no más discriminación contra los afrolatinos.
Pero su optimismo en la lucha contra el racismo tiene un límite. A veces, el transcurso de una vida no es suficiente. “Creo que dependerá de mi hija”, me dijo Calderón. (Su hija, Anna, tiene 7 años.) “No creo que ocurra mientras yo viva”.
Hay que hacer muchos cambios estructurales en nuestra sociedad antes de conseguir la igualdad y la justicia que busca Calderón. Mientras luchamos por esos cambios, los latinos tenemos mucho que aprender de la lucha afroamericana por los derechos civiles.
Como le dijo Martin Luther King Jr. al líder sindical César Chávez en un telegrama de 1966: “Nuestras luchas separadas son realmente una: una lucha por la libertad, por la dignidad y por la humanidad”.
Jorge Ramos es un periodista y presentador del Noticiero Univision. Twitter: @jorgeramosnews.
Esta historia fue publicada originalmente el 25 de febrero de 2021, 1:45 p. m. with the headline "El racismo es una conversación difícil para la comunidad latina | Opinión."