Sur de la Florida

Una epidemia, las muertes de menores por armas de fuego en Miami-Dade

Marlon Eason murió a los 10 años en un fuego cruzado frente a su casa.
Marlon Eason murió a los 10 años en un fuego cruzado frente a su casa. ctrainor@miamiherald.com

Hace dos decenios, una bala segó la vida de Rickia Isaac, de 5 años, mientras regresaba a pie de la mano de su niñera del desfile por el Día de Martin Luther King en Liberty City. Hace una década, una bala de un fusil militar mató a Sherdavia Jenkins, de 9 años, en la puerta de su casa en Liberty City.

Hace un año, un duelo entre adolescentes acabó con la vida de Marlon Eason, de 10 años, cuando recogía una pelota de baloncesto frente a su casa en Overtown. Y hace un mes, King Carter, de 6 años, a quien le encantaba el football y las Tortugas Ninja, quedó atrapado en el fuego cruzado mientras jugaba frente a su apartamento en el noroeste de Miami-Dade.

En todos los casos, la pérdida de una vida tan joven e inocente genera indignación. La gente sale a protestar y se une en vigilias. Los funcionarios electos y los líderes religiosos realizan reuniones. En los medios se publican editoriales para que se detenga la violencia. Se hacen promesas, pero muchas no se cumplen.

Así las cosas, la matanza de menores en las calles de Miami-Dade se mantiene tercamente elevada.

“Nada ha cambiado. Todo sigue igual”, dijo Sharone Jenkins, la madre de Sherdavia. “Los políticos vienen y te ofrecen sus condolencias. Cuando se construyó el parque en honor a Sherdavia, prometieron bancos, mesas para los niños. Sherdavia cumpliría 19 años en un par de semanas. No veo los cambios.

Los registros de Medicina Legal de Miami-Dade muestran que la ola más reciente de muertes de menores por armas de fuego no es nada nuevo, sino la continuación de un problema crónico. En el 2006, el año que mataron a Sherdavia, 34 menores perdieron la vida a balazos en Miami-Dade. El año pasado fueron 33.

Durante los últimos 10 años, 316 menores han perdido la vida a manos de las armas de fuego, un promedio de más de 30 al año. Algunas de las muertes fueron el resultado de disputas domésticas. Otras víctimas perecieron en el fuego cruzado de tiroteos entre adolescentes o pandillas. Pocos casos fueron de niños que se dispararon accidentalmente mientras jugaban con un arma.

El 2014 fue el año de más muertes, 37. El año en que hubo menos fue el 2005, cuando 25 niños y adolescentes perdieron la vida debido a las armas de fuego. La mayoría de las víctimas –aproximadamente las dos terceras partes– tenían entre 17 y 19 años. Más del 75 por ciento de los fallecidos eran afroamericanos, según registros de Medicina Legal.

Cada pocos años, la muerte trágica de un niño obliga a la comunidad a centrarse en el problema –primero Rickia, después Sherdavia y ahora King–, pero otros casos provocaron mucha menos atención. En los últimos 10 años, 18 personas de menos de 13 años han perecido debido a disparos de armas de fuego en Miami-Dade.

El caso de Sherdavia, impactada por una bala en medio de un intercambio de ráfagas entre dos hombres mientras jugaba en el portal de su casa con un amigo, llevó a una fuerte campaña cívica. Un parque no muy lejos de donde ocurrieron los hechos lleva su nombre. Pero ese mismo año, Zykarlous Cadillon, de 1 año, y Chaquon Watson, de 7, también perdieron la vida a balazos.

Dos años después, Derrick Days, de 10 meses de edad, fue baleado en su casa durante un negocio de drogas, otra tragedia sin sentido que generó muchos titulares noticiosos. Pero Joshua Arolgia, de 11, y Yezsenia Cabello, de 4, también murieron a balazos ese año.

Los registros muestran que las balas perdidas no son la única amenaza.

El 2010 fue el peor año para los niños menores de 12 años y más pequeños en la última década. Caroline Camelo, de 10 años; Esteban Raigoso, de 10, y Devin Franklin, de 2, fueron víctimas de disputas familiares. Una cuarta víctima, Jahnya Ware, de 7 años, fue baleada accidentalmente en un tiroteo en el Pequeño Haití.

La vida de Lourdes Guzmán DeJesus terminó en noviembre del 2012 cuando un compañero de escuela mató a tiros a la menor de 13 años en un autobús escolar en Homestead. Y en enero del 2015, un fusil que alguien disparó a tres cuadras de distancia acabó con la vida de Landon Kinsey en Miami Gardens.

La violencia callejera, sin embargo, parece alimentar la ola más reciente de muertes, que comenzó con el fallecimiento de Marlon Eason, de 10 años, en marzo del 2015. El niño había ido a jugar baloncesto cerca de su casa de Overtown cuando una bala disparada en un duelo entre varios adolescentes en la calle lo impactó en la cabeza.

La muerte a tiros de cuatro alumnos de la Secundaria Northwestern fueron los siguientes casos, seguido de la muerte de King Carter el 21 de febrero.

A raíz de la muerte de King, la policía y el alcalde de Miami-Dade, Carlos Giménez, han presentado un plan para detener la violencia. Han prometido más presencia policial en las comunidades y dicen que identificarán a los jóvenes problemáticos una vez que entren al sistema judicial y les asignarán mentores y policías. Giménez agregó que la policía pronto dispondrá de herramientas tecnológicas que permitirán identificar las zonas donde existe la mayor probabilidad de que ocurran delitos graves en la zona.

Por su parte, el superintendente escolar Alberto Carvalho y otros líderes del sector han tomado medidas, como contratar a más asesores, mantener abiertas las escuelas hasta más tarde y otras cosas. Se ha anunciado una alianza entre seis instituciones locales de educación superior para investigar los problemas locales y ofrecer asesoramiento a los menores con problemas.

Pero muchas de las personas que han perdido familiares a manos de la violencia callejera dicen que esto no es nada nuevo y tienen pocas esperanzas de que la situación mejore. El cambio, dijeron algunos entrevistados por el Miami Herald, tiene que comenzar en las familias donde los varones adolescentes deben asumir responsabilidades de adultos.

Pensar como comunidad

“Los políticos se nos acercaron en junio o julio, y después dejaron de venir. En lo fundamental se limitaron a ofrece sus condolencias”, dijo Richard Ruffin, tío de Marlon Eason y maestro de la escuela primaria Jesse J. McCrary . “Todo comienza con los padres. Tienen que hablar con sus hijos, es necesario regresar a la mentalidad comunitaria”.

Los efectos de perder un hijo a manos de la violencia por armas de fuego son devastadores. Los psicoterapeutas en las escuelas ayudan a los niños a hacer frente a las emociones de perder a compañero de clases. Y los familiares, que con frecuencia no reciben servicios sociales, tienen que hacer frente a la pérdida por su cuenta durante años, incluso décadas.

Cuando Jonathon Spikes era un niño en 1976, encontró a su hermano menor con una herida de bala en una pierna en la sala de su apartamento en Liberty City. Nueve años después, perdió a otro hermano, abatido a balazos en medio de la calle.

“Cuando paso manejando por ahí recuerdo haberlo visto con los ojos abiertos y moscas en la boca”, dijo Spikes.

Ahora Spikes dirige un programa en el centro comunitario de Little River que ayuda a menores en problemas con la ley o que tienen problemas en enfrentar la violencia. La entidad sin fines de lucro es financiada con donaciones y se llama Affirmative Youth.

“La vida sigue y uno no piensa mucho en eso; sigue su camino”, dijo Spikes, quien dijo que la falta de recursos es la raíz de la violencia. “[Las muertes por armas] continuarán hasta que solucionemos el problema de la pobreza. Y los políticos seguirán tomándose fotografías”.

El primer aniversario de la muerte de Marlon Eason se cumple en menos de dos semanas. Su abuela, Dorothy Ruffin, quien crió al menor, lo ve en todas partes: en su mente, mientras otros niños juegan afuera, en las fotografías que tiene en los gabinetes y las paredes de su casa.

“Yo estaba con él. Es lo más duro que me ha pasado en la vida. No podemos perder más niños en las calles”, dijo mientras sostenía una foto de Marlon.

Hace un mes, Dorothy Ruffin perdió a otro nieto, Famekeem Johnson, de 18 años, abatido a balazos mientras estaba sentado en un carro no muy lejos de la casa de Ruffin en Overtown.

“Cuando mataron a Marlon quedé desolada”, dijo. “Cuando mataron a Famekeen todavía yo lloraba la muerte de Marlon. Esto tiene que parar”.

Esta historia fue publicada originalmente el 17 de marzo de 2016, 4:03 p. m. with the headline "Una epidemia, las muertes de menores por armas de fuego en Miami-Dade."

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