Inmigración

Crisis de niños en la frontera: Su hija pasó más de 100 días en un refugio para inmigrantes

Tuvieron que esperar 12 años para abrazarse. Cuando su hija finalmente llegó a Estados Unidos desde Guatemala, el abrazo demoró otros tres meses.

Ese fue el tiempo que la chica de 14 años estuvo retenida en un albergue para niños migrantes en Texas, a donde llegó a finales de enero pasado. Mientras, desde el sur de Florida, su madre intentaba completar un arduo proceso para que pudieran reencontrarse.

“Fue bien difícil, porque me hicieron la vida imposible con muchos requisitos”, contó 'Elena', quien aceptó hablar bajo un seudónimo con el Nuevo Herald, por temor a que sus declaraciones puedan afectar su caso pendiente de asilo político. “Yo no sé por qué hacen que uno sufra tanto para que le den los hijos de uno. Uno debe tener derecho a estar con sus hijos”.

En las últimas semanas, el debate sobre los niños inmigrantes se ha enfocado en los más de 2,000 menores separados de sus padres en la frontera bajo la política de "cero tolerancia" del gobierno Trump. Pero unos 9,000 menores que se encuentran en albergues en Estados Unidos entraron al país sin sus padres, o “no acompañados”.

Sus casos no son resultado de la política de cero tolerancia adoptada en abril – miles de menores no acompañados estuvieron en albergues temporales durante el gobierno de Obama, tras el éxodo en el 2014. Los menores que cruzan solos la frontera ha sido por mucho tiempo parte de la historia de inmigración a EEUU.

También es parte de la experiencia inmigrante el largo y arduo proceso para reunir a esos menores con sus familiares que los esperan en Estados Unidos. Las autoridades han dicho que su prioridad es la protección de los menores y que el proceso legal tarda mucho tiempo. En promedio, los niños duran 57 días en los albergues.

Esta es la historia de la odisea de una madre inmigrante para sacar a su hija de un albergue.

La espera

Para Elena, el proceso de reunificación empezó con un paso básico: “Me pidieron la partida de nacimiento de ella, la partida de nacimiento mía”, contó Elena. “Se entiende; quieren saber que soy la mamá.”

Luego le dieron la larga lista de requisitos, incluyendo las declaraciones de impuestos por los últimos cuatro años; sus pagos del agua y electricidad de los últimos dos años y las dos últimas declaraciones de impuestos de una amiga, que es ciudadana de Estados Unidos y sirvió de garante.

“Me decían 'ven a firmarme aquí, ve a firmar allá'”, contó Elena. “Mandaba un papel y me decían que no se veía bien, y tenía que mandarlo tres y cuatro veces”.

Después le exigieron los papeles para probar que es propietaria de la modesta casa móvil donde vive. Una trabajadora social visitó la casa y le pidió que le hiciera mejoras a la casa. Elena realizó ella misma las reparaciones. A fin de cuentas, desde que llegó a Estados Unidos hace 12 años trabaja arreglando techos, paredes y pisos. También tuvo que presentarse al departamento local de la policía para tomarle las huellas dactilares.

El ajetreo burocrático hizo que Elena perdiera muchos días de trabajo. Empezó a gastar sus pocos ahorros.

Mientras tanto, a su hija solo le permitían llamarla los martes —y por diez minutos— desde el albergue de Texas. La pregunta siempre era la misma:

-“Mami, ¿no sabes cuándo voy a salir?”

-“No sé. A mí no me dicen nada. Ni cuándo, ni a qué hora, ni qué día”, respondió Elena. "Solo me dicen espera, espera, espera".

Finalmente, a mediados de mayo recibió la esperada noticia. “Me dijeron que tenía que comprarle el boleto [de avión]”, contó Elena con la voz entrecortada al recordar la conversación. “Me sentí contentísima”.

Pero para ese entonces ya había gastado casi todos sus ahorros. El pasaje de avión de costaba $860. Elena solo tenía $400.

“Busqué quién me prestara el dinero para poder sacarla de ahí lo más rápido posible”.

Pobreza y violencia

Elena es de una provincia norteña de Guatemala donde casi el 60 por ciento de la población vive bajo el nivel de pobreza y casi el 16 por ciento en la pobreza extrema.

Hace casi 15 años, cuando Elena quedó embarazada, su novio le pidió que abortara.

“Me dijo ‘yo quiero seguir contigo, pero no estoy listo para ser papá. ¿Puedes abortar?’”, contó la mujer de 35 años. “Me quedé sola, con mi pancita”.

Cuando su hija cumplió dos años, la vida era cada vez más difícil. Elena trabajaba como cocinera, ganando una miseria que no le alcanzaba ni para comprar la leche de su hija. Decidió dejar a la bebé con la abuela y tomar el mismo camino que muchos otros en Guatemala: rumbo norte hacia Estados Unidos.

“Yo dije, yo no me voy a morir pobre aquí”, recordó Elena sentada en el sofá de cuero marrón que ocupa casi toda la sala de su pequeña casa móvil, en el condado Broward. Una amiga le regaló el mueble para ayudarla a embellecer la casa por la llegada de su hija.

Su vida es modesta, pero para ella es más de lo que soñó tener.

“Todo este espacio. Este piso. Esto es un lujo. Allá [en Guatemala] no teníamos esto. Vivía en un cuartito, como un clóset. No cabía casi ni la cama”, dijo. Además ella no fue “ni un día” a la escuela y por eso quería darle una educación a su hija.

Con su duro trabajo en Estados Unidos pudo enviar dinero a casa para costear la educación de la niña. Su hija también jugo fútbol y usó linda ropa.

Pero así como Elena huyó de la pobreza, su hija tuvo que huir de la violencia de las pandillas en uno de los países con la tasa de criminalidad más alta de América Latina. A finales del 2017, hizo el mismo viaje que había realizado su madre 12 años antes.


La muchacha llegó al sur de Florida seis meses después de dejar Guatemala y cuatro meses después de su llegada al albergue para niños inmigrantes.

El día que se reencontraron en el aeropuerto, a Elena le tomó unos segundos reconocer a su hija. A veces le cuesta creer que esté aquí y que la puede abrazar todos los días. “Ni puedo creer que es mi hija", dijo. "La dejé tan pequeñita”.

Ahora empiezan a conocerse. La chica, flaca, de cabello oscuro y muy tímida, le ha dicho a la madre que aquí se siente más segura y le gusta tener su propio cuarto y un televisor. Quiere volver a jugar fútbol, quizás cuando entre a la escuela.

De todos modos, Elena vive con miedo. Tiene otro hijo de 2 años de edad que nació en Estados Unidos. El padre del niño, quien era indocumentado, fue deportado a Honduras en el 2016, un mes después de que ella diera a luz.

Elena teme que las duras políticas de inmigración del presidente Donald Trump afecten su caso de asilo. Teme que un día las autoridades de inmigración toquen a su puerta para llevársela. Teme perder todo por lo que ha trabajado. Teme por sus hijos, de lo que sería de ellos si tiene que regresar a Guatemala.

“Como todo mundo, los inmigrantes vivimos con miedo”, dijo.


Funcionarios gubernamentales, incluyendo el Secretario de Justicia Jeff Sessions, han dicho que las políticas más rígidas de inmigración son un intento de disuadir el flujo migratorio hacia las fronteras, incluyendo la entrada de menores de edad. A principios de este mes el gobierno empezó a revisar el estatus migratorio de los familiares que reclamen la custodia de los menores que están en los albergues.

Para Elena, el mensaje es muy claro.

“¿Tu crees que si los padres hubieran sabido lo que está pasando ahora hubieran querido que sus hijos vinieran?”, dijo. “No. Ni yo tampoco. Yo me arrepiento de haber traído a mi hija. Y cuando caí en una depresión, lo pensé mucho. Dije que no lo debí haberlo hecho”.

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