No es solo Trump, sus antecesores también tuvieron mano dura con los inmigrantes
La escena en los centros de detención de inmigrantes en Texas era espeluznante, según escribió en Twitter el abogado R. Andrew Free. Aludía a “la constante y violenta tos y enfermedades de los niños pequeños y la preocupación de sus madres, quienes permanecían bajo el sol, afuera de la clínica todo el día solo para que les dijeran que sus hijos debían ‘beber agua’.” Free dijo que casi se desmayó al ver la larga hilera de cochecitos esperando afuera.
Pero al abogado le esperaban peores momentos. Al visitar una habitación para niños en el centro, Free se sorprendió al ver las paredes decoradas con recortes de un libro llamado “The Very Hungry Caterpillar” (Una oruga muy hambrienta) que él le leía en casa a su propio hijo. Contuvo las lágrimas al darse cuenta de que los niños inmigrantes “siempre asociarían este mismo libro que le leía a mi hijo con esta cárcel”.
Poco tiempo después, Free se encontró en un evento político donde el presidente estaba presente. Sin deseos de interrumpir la escena, pero incapaz de dejar de mencionar lo que había visto, Free llegó a un incómodo compromiso consigo mismo. Cortésmente estrechó la mano del presidente y luego le habló de su visita a los centros de detención: Ciérrelos, señor presidente, suplicó Free. “Es injusto”, dijo, “y manchará su legado”.
El presidente no se conmovió. “Le diré lo que es inadmisible”, le contestó a Free. “Estos padres que envían a sus hijos aquí tras un viaje peligroso y ponen en riesgo sus vidas”. Luego siguió caminando, estrechando la mano de sus partidarios. Free reconoció: “Me quedé estupefacto”.
Los conmovedores tweets de Free, escritos hace un par de semanas, suscitaron miles de respuestas, la mayoría, al parecer, porque el año al cual se referían no era 2018 sino 2015, y el presidente al que reprochaban no era Donald Trump sino Barack Obama.
“Mucha gente piensa que todo esto comenzó con Trump”, dijo Free al Miami Herald la semana pasada desde su oficina de Nashville. “No es así (...) Creo que lo que hace Trump es cualitativa y cuantitativamente peor que lo que hicieron otros presidentes. Pero la política de los Estados Unidos siempre ha sido dura con los inmigrantes”, agregó.
En el frenesí nacional causado por las políticas de inmigración de Trump, particularmente las que han provocado la separación de miles de niños de sus padres inmigrantes indocumentados, tanto sus críticos como sus seguidores tienden a pensar que este presidente es el único, el primer presidente que trata agresivamente a los inmigrantes.
Pero tanto abogados de inmigración como historiadores y analistas de políticas dicen que eso no es cierto. “Esto se remonta al menos hasta Jimmy Carter y probablemente mucho antes”, dijo Tammy Fox-Isicoff, abogada de Miami que ha trabajado el tema de inmigración por más de tres décadas.
“¿Recuerdan a todos los refugiados cubanos del Mariel a los que acogió con los brazos abiertos?” dijo Fox Isicoff refiriéndose a Carter. “Lo que la gente olvida es que después de que llegaron, hizo incautar los barcos que los transportaban y luego demandó a sus propietarios por cientos de miles de dólares por contrabando (...) Hay una larga historia bipartidista de injusticia en la política de inmigración de los Estados Unidos”.
Desde su origen como país, el gobierno de los Estados Unidos percibió a los inmigrantes con sospecha. George Washington escribió a su vicepresidente, John Adams, que no veía ninguna necesidad de que llegaran nuevas personas a los Estados Unidos “con excepción de mecánicos útiles”. Incluso antes de eso, el prócer Benjamín Franklin meditaba sobre todos los “morochos” y “estúpidos” alemanes que se establecieron en Pensilvania, quienes, según predijo, “nunca adoptarán nuestro idioma o nuestras costumbres, del mismo modo que no pueden adquirir el color de nuestra piel”.
Trump, por supuesto, ha llevado el desprecio por los extranjeros a un nuevo nivel al hacer del desdén por los inmigrantes una pieza clave de su campaña y de su posterior presidencia.
En sus discursos se ha referido a los inmigrantes mexicanos como “violadores”; ha exhortado a la audiencia en sus mítines a gritar “¡Construye el muro!” en la frontera del sur; impuso una prohibición de viaje a Estados Unidos a varios países de mayoría musulmana y aparentemente ha utilizado a los llamados “Soñadores” - jóvenes traídos a EEUU cuando eran niños-, como pieza de negociación para obtener fondos para el muro, después de asegurar que México pagaría por la construcción del mismo.
Y su política de separar a los niños -algunos de ellos bebés- de sus padres inmigrantes y dispersarlos por todo el país ha sido atacada incluso por funcionarios electos de su propio partido.
El presidente Trump, incluso cuando se queja de los inmigrantes de los “países de m…..”, niega que la etnia o la raza tengan algo que ver con sus inclinaciones belicistas sobre la inmigración. Tal vez no.
Pero la política de inmigración de Estados Unidos casi siempre ha girado en torno a la composición racial de los estadounidenses y las connotaciones culturales relacionadas, desde el lenguaje hasta las tradiciones políticas. La primera ley federal sobre inmigración (que durante la mayor parte del primer siglo de la historia de los Estados Unidos estuvo administrada por los estados) fue un proyecto de ley de 1882 que impidió el ingreso de más chinos al país.
“Después de que terminaron de construir el sistema ferroviario transcontinental de los Estados Unidos,” señaló Muzaffar Chishti, el abogado que dirige la oficina de Nueva York del Migration Policy Institute. “Para ser una nación consumada por inmigrantes, hemos sido increíblemente ambivalentes con respecto a ellos”.
La ley anti-china no era un tropiezo político para los Estados Unidos, sino un presagio de lo que vendría. En la década de 1920, el Congreso debatió -y finalmente aprobó- una serie de leyes que otorgaban preferencia a la inmigración de europeos del norte (en su mayoría blancos y anglosajones), y un rechazo de parte de los Estados Unidos a todos los demás.
“El debate sobre esas leyes en el Congreso fue totalmente incitado por lo que entonces era la muy popular teoría de la eugenesia, que sostenía que algunas razas eran genéticamente superiores a otras”, indicó Chishti. “Los legisladores estadounidenses estaban convencidos de que los europeos del este y del sur eran física y mentalmente inferiores al resto de Europa. Lo que se dijo en ese entonces sobre los judíos e italianos en la Cámara de Representantes hoy sería impublicable”.
Pronto el debate se trasladó de los pasillos del Congreso a las calles del sur de California, donde la Gran Depresión comenzaba a ejercer su control sobre la población. Durante 1931 y 1932, bajo la presidencia republicana de Herbert Hoover y luego la del demócrata Franklin D. Roosevelt, los funcionarios de inmigración y las fuerzas de seguridad locales comenzaron a presionar a los mexicanos, -muchos de los cuales eran en realidad mexicano-americanos que nunca habían vivido en otro lugar que no fuera Estados Unidos- a regresar “a casa”.
Saber exactamente qué sucedió en lo que se conoció como la repatriación mexicana, o a cuántas personas les afectó, es difícil. Más de un millón de hispanos salieron de los Estados Unidos hacia México, un gran número de ellos (los estimados oscilan entre decenas y cientos de miles) eventualmente resultaron ser ciudadanos o residentes legales de EEUU. La repatriación fue en parte voluntaria y en parte forzada, y en ambos casos las audiencias formales de deportación fueron poco frecuentes y existen pocos registros.
“Hay muchos casos documentados de padres que fueron sacados de los porches de sus casas alquiladas mientras sus hijos gritaban, familias enteras deportadas a México sin importar dónde habían nacido”, señaló el historiador del Colorado College, Douglas Monroy, autor de ‘The Borders Within; Encounters between Mexico and the United States’.
“Eso sucedió. Hay registros. Pero también es cierto que algunas personas aceptaron dinero en efectivo o transporte con descuento para repatriarse voluntariamente. Will Rogers y algunas celebridades de Hollywood incluso organizaron una gran recaudación de fondos para ello. Era la Depresión, los empleos se estaban agotando. Algunas personas fueron enviadas a la fuerza, y para otros, fue un viaje gratis a casa y luego volvieron, cuando las condiciones laborales mejoraron”.
No hay duda alguna sobre la naturaleza de la próxima ronda de deportaciones de mexicanos, la llamada Operación Wetback. Durante la operación dirigida por el gobierno republicano de Dwight Eisenhower en 1954, el gobierno detuvo a más de un millón de mexicanos indocumentados, en su mayoría trabajadores agrícolas y sus familias, y los enviaron de vuelta a México, a veces en las atestadas bodegas de los buques de carga, donde algunos murieron.
“He hablado con hombres que fueron detenidos durante la Operation Wetback”, dijo Free, el abogado de inmigración de Nashville. “Me contaron que podías estar sentado en una sala de cine y ¡bam! los agentes de inmigración te atrapaban”.
La idea de que el gobierno federal nombre una operación ‘Wetback’ —o ‘Mojado’, un término despectivo para referirse a los inmigrantes, sobretodo mexicanos— puede parecer casi imposible en este momento. Pero como el tema de la inmigración se ha entrelazado con el de las drogas y la seguridad nacional, varios presidentes estadounidenses lo han abordado de manera desagradable:
▪ La toma de Carter de cientos de embarcaciones de la flotilla privada que se dirigió al puerto de Mariel para recoger a los aproximadamente 125,000 cubanos liberados que huían de la persecución de Fidel Castro en 1980. “Por un lado, Carter daba muestras de un gran gesto humanitario, al darles la bienvenida a todos, y por el otro, se comportaba de forma tan vengativa, incautando los barcos que traían a los refugiados “, señaló Fox-Isicoff, quien, como joven abogada que acababa de salir de la facultad de derecho, trabajaba como fiscal federal de inmigración.
Fox-Isicoff manejó decenas de incautaciones. Se cuestionaba cada vez más sobre el trato del gobierno a los trabajadores indocumentados que, en su opinión, solo querían trabajar para ganarse la vida. Estaba tan consternada por lo que consideraba la injusticia de las incautaciones que cambió de lado y abrió su práctica privada para representar a los inmigrantes en lugar de trabajar para el gobierno.
▪ Los activistas de inmigración comenzaron a llamar al presidente Obama Deportador en Jefe después de que su gobierno expulsó a 2.5 millones de inmigrantes indocumentados del país durante su presidencia, más que todos los presidentes anteriores juntos. También inició la política de detener a familias indocumentadas enteras para que esperaran su audiencia ante un juez de inmigración, en lugar de liberarlas bajo libertad condicional como lo habían hecho los gobiernos anteriores.
“Se les mantenían en condiciones espantosas”, dijo Fox-Issicoff. “Se les alojaba en instalaciones tan frías que todos las llamaban “hieleras”. Los niños se enfermaban todo el tiempo y no tenían juguetes, ni nada que hacer. Nadie es tan malo como Trump, pero culpo a Obama por muchos de los problemas que tenemos ahora. Había tantas cosas que podría haber hecho para evitar el desastre que Trump ha creado”.
▪ La decisión de Bill Clinton de enviar a decenas de miles de los primeros refugiados haitianos y luego cubanos a vivir en tiendas de campaña en la base naval estadounidense en la bahía de Guantánamo. En algunos aspectos los refugiados fueron tratados peor que los acusados de terrorismo alojados en la cárcel allí hoy. Las cárceles tienen aire acondicionado y agua corriente; los refugiados carecían de ambas.
“Vivíamos en carpas, en grupos de 22 personas. Realmente en condiciones de hacinamiento”, dijo Moraima Alfonso, una maquillista de televisión que pasó más de un año en los campamentos después de que la Guardia Costera de EEUU recogiera la balsa en la que escapaba de Cuba en 1994. “Éramos como prisioneros. Nos dejaban bajo un sol que quemaba por horas y horas para contarnos”.
Durante un tiempo los refugiados también tuvieron que soportar el hostigamiento intermitente del ejército de los Estados Unidos, que tenía instrucciones de intentar que se devolvieran voluntariamente a territorio cubano. “Algunas madrugadas, como a las 3 de la mañana, llegaban soldados con bocinas y empezaban a gritar: ‘Ustedes no van a ir a Estados Unidos’”, relató Alfonso.
A medida que pasaban las semanas y los meses, algunos de los refugiados se daban por vencidos y regresaban a territorio cubano. Otros, cuando se enteraron de que las personas con lesiones o enfermedades graves serían trasladadas en avión a un hospital en Miami, se mutilaron deliberadamente.
“La gente comenzó a auto lastimarse para salir”, dijo Alfonso. “Vi a un muchacho que se quemó las piernas y tuvieron que transportarlo, sacarlo”. Incluso los médicos del campamento quedaron impresionados por unos pocos refugiados que se rociaron sus propias hemorroides con salsa picante de las pequeñas botellas de Tabasco que venían con sus raciones militares.
No obstante Alfonso siguió esperando. Y finalmente ella y otros 20,000 refugiados cubanos fueron enviados a Estados Unidos. Para ella, es imposible olvidar los 17 meses de desesperación en los campamentos. La espera fue a veces tan sombría que pensó en saltar la valla y caminar por los campos minados que rodean la base de la bahía de Guantánamo. Pero no se concentra en eso.
“Al final creo que todo valió la pena, porque aquí hice lo que siempre quise”, dijo recientemente Alfonso, que tiene 55 años. “Siempre trabajé en estaciones de televisión, maquillé. Fui al Miami-Dade College. Tuve un hijo... He logrado el sueño americano.”
Por su parte, Clinton todavía está un poco melancólico. En su autobiografía “My Life”, publicada en 2004, reflexionó amargamente sobre otro de sus encontronazos con la política de inmigración. En 1980, cuando Clinton era gobernador de Arkansas, el gobierno de Carter le dijo que algunos de los refugiados cubanos del Mariel serían trasladados a un centro de detención en su estado. Clinton dijo que no quería alojar a criminales y enfermos mentales en Arkansas. Lo siento, respondió la Casa Blanca, no hay otro lugar donde meterlos.
“Todavía tenemos una base en Guantánamo, ¿verdad?”, replicó Clinton. “Y debe haber una puerta en la valla que la separa de Cuba. Llévalos a Guantánamo, abre la puerta y devuélvelos a Cuba”.
Esta historia fue publicada originalmente el 15 de julio de 2018, 9:00 a. m..