Cuba

¿Por cuántos años tiene que ahorrar un cubano para pagar una casa en La Habana?

View of Old Havana. The prices of houses in Havana can reach hundreds of thousands of dollars.
View of Old Havana. The prices of houses in Havana can reach hundreds of thousands of dollars. Getty Images/iStockphoto

Hay cifras que desconciertan.

Para comprar una casa en Miramar, el viejo barrio elegante de La Habana, un cubano promedio tendría que haber empezado a trabajar (y ahorrar todo su salario) al menos desde que ocurrió la Toma de La Habana por los Ingleses en 1762.

Por la casa en cuestión se piden cerca de 100,000 CUC, y ese cubano promedio gana unos 370 CUC anuales como informático, gerente de una tienda estatal, policía, cartero o maestro. Un CUC equivale a un dólar y 13 centavos.

En casi todas las ciudades del mundo hay esas propiedades elegantes a las que solo puede llegar la élite, mientras que la gente promedio se acomoda en sitios más asequibles. En La Habana pasa eso mismo… más o menos.

Usando las cifras oficiales, el precio de 5,000 CUC ($5,815) que se pide por una vivienda ruinosa en Alamar, Jesús María, Luyanó, Párraga o algún otro barrio poco favorecido, equivale a 13.5 años de salario de un trabajador promedio, mientras que un apartamento modesto en el Vedado, de 20,000 CUC equivale a 54 años de salario.

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El cuadro de Dominic Serres recrea la captura de la flota española durante la toma de La Habana por los ingleses en 1762. Un trabajador cubano estatal tendría que haber ahorrado desde esa fecha hasta la actualidad para comprar una de las lujosas propiedades en el barrio de Miramar, en La Habana. Wikimedia Commons

Cuentapropistas de éxito, trabajadores en misiones médicas, artistas y otros pueden ser las personas detrás de estas compras. También hay personas –cubanos o no– que residen en el exterior, que se han repatriado o piensan hacerlo.

La lógica se complica cuando se considera que los cubanos no pueden acceder a instrumentos financieros como préstamos bancarios o hipotecas . Comprar una vivienda en Cuba por lo general se hace en efectivo, pagos que a veces se complementan con trueques de un auto viejo, una propiedad con valor diferencial, televisores, utilería de cocina, un aire acondicionado, motor de agua y hasta muebles.

A menudo las mayores transacciones se sellan discretamente en el extranjero, en Miami muchas de ellas.

A pesar de todo lo anterior, desde que se permitió la compraventa de viviendas en el 2011, cada año cambian de propietarios miles de casas y apartamentos en la ciudad y el negocio ha ido creciendo sin importar precios ni obstáculos. Quizás cuando las autoridades cubanas permitieron que la gente comprara y vendiera libremente su casa subestimaron el amplio abanico de espontáneas iniciativas que surgieron prácticamente de la nada.

“El momento era otro”, afirma Emilio Morales, director de The Havana Consulting Group, un grupo con sede en Miami que lleva el pulso de la economía cubana. “La autorización de la venta de casas llegó con el cuentapropismo y con la eliminación de la tarjeta blanca para salir al exterior. La gente empezó a vender su casa para hacer un capital e invertirlo en un negocio, o para financiar su salida del país”, señala.

Es sorprendente que a pesar de todas las carencias y limitaciones el mercado cubano de bienes raíces tenga sobre la mesa en cualquier momento más de 8,000 propiedades en venta, y que cuatro de cada cinco de ellas esté en la capital, donde vive uno de cada cuatro cubanos.

La lista de defectos de ese mercado en Cuba es grande. Incluye la falta de información, la ausencia de instrumentos financieros (y de competencia entre prestamistas), el retraso legislativo y otros. Los vendedores desconfían seriamente de los agentes, que tampoco están organizados. No hay inspectores certificados, ni tasadores (el servicio se ha ido creando de manera espontánea), ni existe un seguro de propiedad o documentación transparente para ayudar en una compra en la que una familia puede comprometer todos sus ahorros.

Pero quizás lo más grave es que sobre la compraventa de casas y las posibilidades que genera pesa el fundado temor de que se pueda echar atrás la iniciativa, que mañana una ola de prohibiciones inmovilice el mercado.

“La actual tendencia a limitar el sector privado, desde los restaurantes hasta el alquiler de casas que tan buenos resultados dieron, hará que se contraiga pronto el mercado de bienes raíces”, considera Morales. “Es lo que se busca en realidad, porque el sector privado le estaba ganando la competencia al ineficiente sector estatal en todos los órdenes, desde la producción de calzado hasta los hostales en casas particulares”.

Por ahora y desde afuera no se nota una erosión de la actividad, pero tampoco se ven razones para suponer que mañana será mejor, aunque sea uno de los sectores de la vida de los cubanos que más se benefició con las reformas.

Armando Portela es un editor de el Nuevo Herald.

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