Venezuela

'Bienvenido al infierno', el paso de un opositor venezolano por tenebrosa cárcel El Helicoide

El dirigente opositor Villca Fernádez pasó dos años en El Helicoide, uno de los más tenebrosos centros penitenciarios de Venezuela, operados por el Servicio Bolivariano de Inteligencia (Sebin). Fernandez se encuentra hoy en Lima tras ser desterrado por el régimen de Nicolás Maduro.
El dirigente opositor Villca Fernádez pasó dos años en El Helicoide, uno de los más tenebrosos centros penitenciarios de Venezuela, operados por el Servicio Bolivariano de Inteligencia (Sebin). Fernandez se encuentra hoy en Lima tras ser desterrado por el régimen de Nicolás Maduro. La Patilla

Había pasado dos años en la clandestinidad, que es un matrimonio con la incertidumbre porque se vive bajo el permanente temor de ser detectado en cualquier momento; pero no porque te arrestan sino porque puedes aparecer muerto en un país que registra un alarmante número de ejecuciones extrajudiciales.

Pero el opositor Villca Fernández tuvo días más duros después de que le arrestaran.

“Bienvenido al infierno”, le dijeron al llegar a El Helicoide, uno de los principales centros de reclusión del Servicio Bolivariano Nacional de Inteligencia (Sebin) en Caracas.

“Y no estaban exagerando”, comentó Fernández en una entrevista telefónica. “Si [El Helicoide] no es el infierno, entonces por lo menos está a las puertas”.

Fernández, quien fue excarcelado a mediados de junio y hoy se encuentra en Lima, Perú, dijo que los presos políticos del régimen de Nicolás Maduro son tratados como animales, obligados a vivir bajo un permanente estado de tensión, disputándose los espacios con reos comunes de alta peligrosidad y con ratas gigantes que deambulan libremente por las instalaciones.

Pero la mayor preocupación es la tortura. Fernández dijo que el trato cruel e inhumano es empleado con frecuencia por los custodios de El Helicoide, quienes operan bajo un permanente deseo de quebrar el espíritu de los prisioneros.

“En varias ocasiones vi como a los prisioneros se les aplicaba electricidad en los testículos, en los tobillos, y en la parte de atrás de las orejas. Lo vi varias veces y en otras ocasiones lo escuché cuando se lo aplicaban a otros porque gritaban”, dijo Fernández, quien emergió en la escena política durante las protestas del movimiento estudiantil.

Solo ver las torturas o escuchar los gritos y gemidos afecta psicológicamente a los prisioneros, dijo Fernández, “porque aún cuando no te lo apliquen a ti, te das cuenta de hasta dónde pueden llegar y de lo que son capaces de hacer”.

El uso sistemático de la tortura

El uso de la tortura ha estado aumentando con el correr de los años en Venezuela, y en particular desde que Maduro llegó al poder, explicó desde Miami Patricia Andrade, presidenta de Venezuela Awareness, ONG que vela por los derechos humanos en el país petrolero.

“El trato de los presos políticos ya era bastante deplorable durante la presidencia de [Hugo] Chávez, pero a partir del 2014 [año en que el país vio una ola de protestas contra Maduro] las condiciones y el trato de los detenidos se deterioró aceleradamente, y hoy las torturas y las condiciones inhumanas son la regla”, señaló Andrade.

El maltrato precisamente impulsó a los prisioneros de El Helicoide a protagonizar esta semana un motín, el segundo en dos meses, tomando control de las instalaciones durante tres días antes de que fuese aplacado por la fuerza por las autoridades.

En una carta enviada a la fiscalía y a los medios de comunicación, los reos dijeron que habían tomado control del penal para exigir la liberación de prisioneros que se encuentran ilegalmente en cautiverio dado que hace meses se les emitieron boletas de excarcelación, y también para protestar la sostenida violación de los derechos humanos en el centro.

Familiares y abogados de los “presos políticos” dijeron a periodistas que temen que las autoridades del penal tomen represalias contra los reclusos.

“Los mantienen en total aislamiento sin visitas de ningún tipo, no permiten el ingreso de alimentos y medicamentos. Las familias temen que se agudice la represión y las malas condiciones adentro y se ensañen contra quienes protestaron”, indicó la diputada opositora Adriana Pichardo en declaraciones transmitidas por la agencia EFE.

La fiesta mexicana

Fernández llevaba años organizando protestas en las calles. En un inicio lo hizo para exigir mejores condiciones para los estudiantes, pero la lucha comenzó a cambiar con el correr del tiempo al hacerse evidente al movimiento estudiantil que el sistema democrático estaba siendo desmantelado por un gobierno que pretendía instaurar a la fuerza un régimen castrista en el país.

La constante lucha en la calle lo había convertido en un elemento incómodo para el régimen, y de allí, piensa Fernández, fue que decidieron involucrarlo a él en una de las tantas conspiraciones para derrocar a Maduro que anuncian cada cierto tiempo antes de salir a encarcelar a opositores y a militares.

Así fue que el entonces ministro de Relaciones Interiores, Miguel Rodríguez Torres, (quien es hoy otro de los prisioneros de Maduro) mencionó su nombre en la conspiración bautizada como “La Fiesta Mexicana”, junto con un nutrido grupo de presuntos conspiradores que incluían a la dirigente María Corina Machado, al ex presidente de Colombia, Álvaro Uribe Velez, y al de México, Vicente Fox, y al diplomático estadounidense Otto Reich”.

Sabiendo que los tribunales del país son usados por el régimen como instrumentos de persecución política, Fernández decidió no dejarse arrestar y pasar a la clandestinidad.

Vivió escondido por cerca de dos años, a veces en la montaña cerca de su nativa ciudad de Mérida y a veces en casas de amigos que le daban abrigo. Pero sabía que su decisión había puesto su vida en riesgo, al igual que la de sus amigos que se atrevían a darle techo, quienes, de ser detectados, correrían la misma suerte que él.

A cuatro años de distancia se encontraba el asesinato del policía rebelde Oscar Pérez, quien fue masacrado en enero junto a sus hombres pese a haber anunciado en numerosas ocasiones que pretendía entregarse, en una operación que conmocionó a la opinión pública nacional al ser transmitida minuto a minuto a través de las redes sociales.

Pero Fernández sabía que eso justo le podía ocurrir a él, dado el número importante de personas buscadas por el aparato policial “abatidos en presuntos enfrentamientos” y un número cada vez mayor de informes de que las autoridades del régimen habían adoptado las “ejecuciones extrajudiciales” para desaparecer a indeseables.

A finales del 2015, Fernández vio lo que creyó ser una oportunidad para salir del laberinto en que se encontraba. Vino de mano de la victoria en las urnas de la oposición en las elecciones parlamentarias de diciembre de ese año, lo que generó expectativas de una rápida aprobación de una ley de Amnistía para los perseguidos del régimen.

Había grandes esperanzas en ese momento de que la nueva Asamblea Nacional pudiera propiciar un verdadero cambio en la nación. Muchos de esos sueños fueron disipados rápidamente por el régimen, que terminó desestimando la autoridad del poder legislativo haciendo uso de un Tribunal Supremo de Justicia que nombró ilegalmente.

Pero antes de que eso ocurriera, Fernández decidió presentarse a la fiscalía, esperanzado de que su paso por las cárceles del régimen fuese breve. No le arrestaron ese día, pero lo fueron a buscar varias semanas después en un operativo y pocos días después ingresaba a El Helicoide.

La reja

Desde el primer día, Fernández se dio cuenta de que su fortaleza sería puesta a prueba. Poco después de ingresar al penal, le esposaron un brazo a una reja. Pensó que sería un breve lapso hasta que las autoridades determinaran su ubicación final.

Pero pasó allí, esposado a la reja, 28 días de pie o de cuclillas, pero sin poder acostarse en el piso para dormir. Era liberado solo 15 minutos a diario para ir al baño, pero nada más.

A veces se recostaba en la reja. A veces se agachaba con el brazo levantado para intentar descasar, pero no había forma de estar cómodo.

Tampoco había manera de relajarse para dormir. La reja daba hacia un vertedero de aguas negras de donde provenían algunas de las ratas más grandes que Fernández había visto en su vida. El olor de cloaca era insoportable.

Con el paso de los días, su cansancio era cada vez mayor. “Era muy poco lo que se podía dormir por el temor a que una rata, que por el tamaño parecían más bien gatos, viniera y te mordiera. Uno dormía por minutos y después te despertabas sobresaltado”, relató.

El joven dirigente concluyó que desde el primer día la intención era humillarle y “quebrarle”, alterarle anímicamente para dejarlo reducido en un estado permanente de sumisión.

También pasó hambre. La comida era escasa y muy mala. Agua no le daban. Dependía de los prisioneros de la celda de enfrente, lugar bautizado con el sobrenombre de “Guantánamo”, desde donde le tiraba ocasionalmente botellas de agua.

Fernández dijo que es muy probable que el Sebin lo hubiera mantenido así por muchos días más de no haber sido por la presión ejercida por algunos de sus compañeros. Uno de ellos logró tomar una foto de él esposado a la reja, y la imagen terminó circulando en las redes sociales y recogida por algunos de los portales de noticias de la oposición.

Guantánamo

Reaccionando a la presión pública, los guardias finalmente lo sacaron de la reja, colocándole sin esposas en “Guantánamo”. Pero tampoco había mucho espacio para moverse allí. Con solo 10 metros de ancho por 12 metros de largo, la celda albergaba 60 presos.

Las restricciones de movimiento eran aún mayores en el caso de Fernández dada la orden impuesta por las autoridades del penal que le obligaban a permanecer siempre a la vista de una cámara de video que monitoreaba parte de la celda. Pero la gran limitación era el “increíble” hacinamiento. “No había espacio para nada. Me podía acostar pero no me podía mover mucho”.

Entre los prisioneros había de todo, algunos de ellos formaban parte del hampa común y otros no eran criminales de profesión, pero tenían historiales de violencia. Otros era gente inocente que habían sido “secuestrados” por el régimen bajo cargos falsos introducidos en las cortes.

Convivir en el mismo espacio con asesinos y delincuentes violentos es una situación de alta tensión.

“A veces se producían riñas muy violentas, y reos caían víctimas de puñaladas”, de manera que había que seguir durmiendo con un ojo abierto. La mayoría de los pleitos se formaban por hurto dentro de la celda y otros problemas de convivencia. No había un líder que pusiera orden dentro del grupo y los pleitos se resolvían a golpes y a puñaladas.

Tampoco había ningún tipo de higiene. Los prisioneros se veían obligados a defecar delante de todo el mundo. Lo hacían en el mismo espacio donde dormían, sobre papeles de periódicos que metidos posteriormente en bolsas eran eventualmente recogidos por los custodios, “cuando se acordaban”, dijo.

El hacinamiento y las inexistentes condiciones de higiene llevaron a los prisioneros de Guantánamo a organizarse finalmente, proceso en el que Fernández admitió haber participado activamente.

Comenzaron a exigir que se les concediera el derecho de ir al baño todos los días y de poder tener algún acceso al sol, dado que la falta de luz había comenzado a causar serias lesiones en la piel a muchos reos.

“Comenzamos a pedir que se nos respetaran los derechos humanos”, dijo.

El perro y su jauría

Pero eran muchos los presos comunes que se rehusaban a protestar.

Por lo general, “los presos comunes tenían mucho miedo porque los torturaban mucho, les daba mucho palo. Maltrataban a todo el mundo, pero la frecuencia era mayor con los presos comunes”, manifestó.

Los golpes eran propinados la mayoría de las veces con unos tablones, o con mazos.

“Los desnudaban en las madrugadas y les golpeaban hasta que no pudieran mantenerse de pie. Tenían todo el cuerpo lleno de morados, pero golpeaban con más frecuencia los glúteos. Esa suerte lo corría cualquiera que ellos quisieran. Todo el que entra, va a ser torturado de una u otra forma”, dijo Fernández.

Las golpizas y otros métodos de tortura utilizados buscan convencer desde el inicio al reo que son ellos los que tienen el poder. “Buscan quebrarte, pero hay mucho sadismo en todo eso también”, señaló.

Uno de los comisarios más temidos era llamado por los prisioneros “El Perro”, un hombre de bastante peso en el penal, que parecía disfrutar mucho su trabajo.

“Los presos le tenían terror, porque el sadismo de ese comisario es increíble. Pasaba frente a las celdas y de repente le decía a los funcionarios, ‘sácame a este’ o ‘sácame a estos dos’. Eso pasaba en las madrugadas. Salía en la noche a caminar por los pasillos, y si te escuchaba hablando o te escuchaba cantando, o gritando te mandaba a sacar”, relató Fernández.

“El pegaba con un mazo de pino muy grueso y largo. Te pegaba salvajemente por todo el cuerpo. En una ocasión casi mata a un preso común, tuvieron que sacarlo de emergencia, y lo tuvieron que operar porque le desprendió uno de sus órganos internos. […] Todos los días tenía una víctima”, agregó.

Uno de los casos que impresionó a muchos en el penal fue la muerte de un reo acusado de haberle dado muerte a un policía. Los otros prisioneros no llegaron a entender qué fue lo que pasó con él. Había llegado bien al penal, pero su salud comenzó a deteriorarse rápidamente de un día al siguiente. Pese a ello y a los insistentes pedidos, los custodios rehusaban llevarlo para que recibiera atención médica. Un día apareció muerto.

Bolsas negras y la cámara del tiempo

A Fernández eventualmente lo sacaron de Guantánamo y después de un breve lapso por una celda más pequeña y cómoda fue eventualmente trasladado a otra celda mediana que ocupaba con otros 23 presos, muchos de ellos comunes.

Allí llegó a pasar el resto de su tiempo en el penal hasta que fue excarcelado a mediados del mes pasado. A diferencia de lo que vivió en Guantánamo, en esta celda Fernández podía moverse con mayor libertad sin estar obligado a permanecer frente a una cámara. Pero las constantes diferencias entre los presos políticos y los presos comunes generaban situaciones de gran tensión.

Los problemas de convivencia se presentaban a veces cuando reos comunes comenzaban a robarse las pertenencias de otros, o cuando alguno no dejaba dormir al de al lado. Estos conflictos tendían a escalar hasta terminar en riñas, que servían de excusa para que los guardias actuaran.

“Nos colocaban bolsas negras [de plástico] en la cabeza para generarnos la sensación de asfixia. No contentos con eso, luego nos rociaban gas lacrimógeno, o insecticida dentro de la bolsa”, señaló.

La bolsa te asfixia mientras el gas pimienta te afloja la mucosidad. Eso es una experiencia muy difícil. Ellos te mantienen con la bolsa hasta que se dan cuenta que no aguantas más. Ahí uno es presa de la desesperación y el pánico y no se da cuenta de cuánto tiempo está sometido bajo la bolsa, explicó.

Otros de los castigos era enviar al prisionero a una celda de castigo llamada la Cámara del Tiempo, que se trataba de un baño pequeño sin luz.

“Ahí puedes pasar una noche, una semana, un mes o hasta seis meses, encerrado allí sin ver la luz. Uno cuando entra allí no sabe cuándo va a salir.

El motín

Pese a haber sido sometido a algunos de estos métodos de tortura, con la excepción de la aplicación de electricidad, Fernández dijo que constantemente luchó dentro del penal para tratar de mejorar las condiciones de los reos.

Se encontraba entre los reos que protagonizaron el primer motín de El Helicoide este año, a mediados de mayo, para exigir el fin de las violaciones de los derechos humanos.

Al inicio del motín, los guardias trataron de mantener el control de las instalaciones, pero tuvieron que ceder el control en vista de la gran cantidad de prisioneros que terminaron sumándose.

“Éramos muchos y era mucho el rencor, el odio, que tenían muchos presos hacia unos funcionarios. Así que ellos lo que hicieron fue salir corriendo, pero terminamos echándolos sin violencia”, dijo Fernández.

Eso fue así gracias a la insistencia de los presos políticos ante los comunes de que no maltrataran al personal del Sebin, y éstos terminaron escuchando, dijo el dirigente.

Pero existió peligro ante los constantes intentos de los agentes por retomar el penal, regresando con fuerza y disparando con escopetas y lanzando gas lacrimógeno contra los reos, quienes estaban atrincherados y habían bloqueado las puertas.

De haber persistido en entrar por la fuerza, se pudo haber producido una situación de gran peligro para los prisioneros, admitió Fernández.

“Nosotros no nos íbamos a rendir, muchos de nosotros estábamos dispuestos a pelear y defender con la vida lo que estábamos defendiendo”, dijo.

El motín terminó luego de que la fiscalía se presentara a las instalaciones y se comprometiera a escuchar las demandas.

Un boleto de ida sin vuelta

Fernández terminó siendo excarcelado pocas semanas después del motín. Estuvo entre el número de presos políticos que Maduro decidió sacar de las cárceles como parte de sus esfuerzos por tratar de contener el creciente número de críticas internacionales sobre las violaciones de los derechos humanos.

A muchos de los presos políticos se les permitió regresar a sus casas bajo una especie de sistema de libertad condicional, pero Fernández dijo que eso debe ser llamado excarcelación y no liberación, dado que los presos políticos siguen sometidos a los controles del régimen.

“Los encarcelados en Venezuela no pueden hablar, no pueden declarar, no pueden moverse en el país, tienen que presentarse cada ocho días ante un juez que no es autónomo y es el brazo ejecutor de las violaciones de los derechos humanos del régimen”, dijo.

En el caso de Fernández, lo sacaron del Helicoide pero lo desterraron del país. El dirigente dijo estar muy agradecido con Perú por haberle recibido, lo cual fue la exigencia impuesta por el régimen de Maduro para que pudiera salir del penal, pero aún estando fuera de la cárcel el dirigente dice no sentirse totalmente libre.

“A mi me han botado como un objeto del país que me vio nacer. Yo hoy no me siento en libertad. Seré libre cuando Venezuela sea libre”, sostuvo.

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