Destacada universidad venezolana batalla por seguir funcionando en medio de la crisis
En la clase del profesor Carlos Molina hay un bebé que llora, pero Molina sigue como si nada.
Molina sabe que muchos de los alumnos en su clase de enfermería en la Universidad Central de Venezuela (UCV) en Caracas tienen que superar grandes obstáculos para poder estar allí, en medio de la grave crisis política y económica que afecta al país. Así que cuando el bebé de tres meses de la alumna Moraxis Granado empieza a llorar, Molina apenas de presta atención sigue hablando de los aspectos éticos de la enfermería.
“Vemos alumnos que pasan trabajo para dar de comer a sus bebés, porque en el país escasean los alimentos. Pero así y todo vienen a clases, muchas veces tienen que caminar grandes distancias, estudian con dedicación para poder graduarse. Sueñan con una vida más digna para ellos y sus hijos”, dijo Molina, quien califica de heroicos esos esfuerzos..
La UCV tuvo un papel significativo durante la revuelta del año pasado contra el gobierno del presidente Nicolás Maduro, y muchos de sus alumnos participaron en las protestas callejeras, que a final de cuentas las fuerzas del gobierno aplastaron. Pero los alumnos han seguido asistiendo a clases.
En el caso de Granado, Molina tiene toda la razón cuando habla de los caminan tramos largos, y las vicisitudes. Granado, de 30 años, por lo general se levanta a las 3:30 a.m. para hacer fila para comprar alimentos, porque la escasez de comida se ha generalizado en el país. Entonces tiene que caminar más de una hora para llegar a la universidad, porque no tiene dinero para el autobús.
Granado siempre lleva a su pequeño Ismael con ella porque no tiene nadie que se lo cuide y no puede pagar una niñera. Cuando el bebé llora muy fuerte, se levanta y se pone a caminar por el aula para que se calme. Algunas veces, algún compañero de aula se ofrece a cargarlo para que ella no pierda mucho de la clase.
“Creo que un título universitario puede avanzar, y también mostrar a otros que a pesar de mi dura situación, se puede hacer”, dijo Granado hace poco después de terminar una clase, mientras recogía sus cosas para regresar caminando a su casa.
Pero no todos pueden hacer lo mismo que Granado. La cantidad de alumnos en la clase de Molina bajó significativamente en octubre, de 44 a 25. Y la universidad misma, considerada en otra época la Harvard de Venezuela, está en mal estado. En el reciento principal en el centro de Caracas —antiguamente un campos lleno de vida y miles de estudiantes— el deterioro es evidente.
El césped, que antes estaba meticulosamente cortado, ahora da a la rodilla, Muchas aulas están abandonadas, con las ventanas rotas, puertas desvencijadas y paredes descascaradas. Decenas de perros merodean por los edificios, donde no hay agua corriente.
La lista de graduados es larga e ilustre, como el presidente Rómulo Betancourt y el empresario Lorenzo Mendoza, el fundador de Polar, la mayor empresa privada del país. Henrique Capriles, dos veces candidato opositor a la presidencia, también estudió aquí.
Pero esas personas asistieron a la universidad en sus buenos tiempos. Ahora es una experiencia muy diferente. Por ejemplo, el edificio donde están las facultades de Enfermería, Antropología y Comunicación Social no tiene electricidad ni aire acondicionado. Los alumnos tienen que tomar las clases en medio del calor y, a veces, a oscuras.
Molina, de 54 años, comprende por lo que pasan los alumnos porque él también batalla para sobrevivir. Todos los fines de semana va a una zona montañosa cercana, llamada Galipán, para atender un pequeño terreno, donde cultiva yuca, aguacate, mango y tomate para ayudar a su familia.
Molina lleva enseñando 22 años, pero solamente gana el equivalente a entre 17 y 20 dólares mensuales. “La actividad agrícola me permite sostener a mi familia, con la venta de los productos en la calle”, dijo, mientras observaba sus cultivos hace poco.
Molina acababa de recoger maíz, que planeaba moler para preparar cachapas, que también vende.
Molina tiene compañía entre otros profesores que tienen un segundo empleo, dijo Bernardo Méndez, de 67 años y vicerrector en la administración de la universidad. “Hay profesores que tuvieron que encontrar otro trabajo para complementar sus ingresos. Trabajan de chofer, cultivando el campo o como agentes de bienes raíces”, dijo.
El departamento de administración está a cargo del presupuesto, que ha bajado drásticamente junto con el empeoramiento de la situación del país. En el 2008, la UCV recibió poco más de 60 por ciento de los fondos que solicitó. Este año le van a dar 17 por ciento, cantidad que solo cubre aproximadamente cuatro meses de salario de los profesores. Méndez dijo que la universidad se quedó sin dinero en mayo.
“La escuela debe ser un lugar donde está el conocimiento de generaciones, un lugar para buscar la verdad y la libertad de pensamiento. Si se trata solamente de dar y recibir dinero, perdemos la esencia de la universidad”, dijo Méndez, aludiendo a los muchos proyectos y estudios que ha habido que abandonar debido a las drásticas reducciones.
La universidad de mantiene abierta con los ingresos de sus estadios de béisbol y fútbol. Las donaciones de antiguos profesores y estudiantes que han huido del país y ahora viven en el extranjero son otra fuente significativa de fondos.
Pero incluso así, los fondos no alcanzan. Además de reducir sustancialmente el sueldo a los profesores, también se han eliminado otras cosas. No hay dinero para el personal de limpieza, de manera que los profesores y alumnos muchas veces limpian sus oficinas y aulas.
“En un momento, me reuní con mis colegas para recoger dinero y pagarle a alguien que pudiera limpiar”, dijo Rogelio Altez, profesor de Antropología que ha publicado 12 libros.
Los ladrones se han aprovechado de la situación para robar cables, focos, generadores y computadoras. Alguien incluso arrancó los inodoros del Departamento de Antropología, obligando a sus alumnos a compartir un baño.
Los profesores son vistos como la conciencia del país, los protectores de la memoria nacional y la herencia cultural, así como una fuente de independencia. Por eso buena parte de las protestas del año pasado involucraron a estudiantes de la UCV.
Y cuando el gobierno aplastó las protestas, los alumnos se deprimieron, dijo Altez. Incluso ahora, muchos vienen a clases exhaustos y deprimidos. “No pueden venir a clases todos los días y su falta de energía demuestra que no tienen ganas de hacer nada. Incluso miembros del movimiento político confiesan que ya no creen en nada ni en nadie” dijo Altez, quien agrega que él muchas veces siente lo mismo.
El lema de la universidad —“La casa que vence la sombra”— parece distante hoy. Se habla poco de derrotar la ignorancia, la opresión y la dictadura.
Pero las clases siguen, dijo el profesor Molina.
“Seguimos abiertos como un acto de rebelión”, afirmó, “y esperamos que podamos seguir resistiendo esta sombra de tiranía del estado venezolano en el espíritu del lema”.
Esta historia fue publicada originalmente el 1 de diciembre de 2018, 8:00 a. m. with the headline "Destacada universidad venezolana batalla por seguir funcionando en medio de la crisis."