El precio del humor, una estatua para Chataing por escuchar a diario los discursos de Maduro
Cuando los venezolanos puedan ajustarle las cuentas al espíritu de Hugo Chávez, Luis Chataing va a ser uno más en la cola.
Y no por las razones obvias: porque lo censuraron en su país, porque tuvo que mudarse a Miami con su familia o porque extraña el calor de su gente y hacer cosas tan simples como ir a Puerto la Cruz, a Margarita, a Valencia, a Maracaibo, pararse en una gasolinera y estar entre los suyos.
El chavismo determinó el rumbo de su profesión de una manera que no tenía entre sus planes.
“Comencé en este oficio hace 27 años en la radio bajo la premisa de hacer humor apolítico, absolutamente lo más universal que pudiera, pero Hugo Chávez me ganó la carrera, y tuve que subirme al bote de tocar las cosas que nos pasaban a los venezolanos en nuestro país y me fui empapando del tema político, con la ironía, el sarcasmo, herramientas para mantenerme al lado de la gente que me escuchaba haciendo este tipo de humor, humor político”, dice en entrevista con el Nuevo Herald.
El humorista, que proviene de una destacada familia de arquitectos en Venezuela, se define no solo por aquello que le interesa –soy opinador, soy papá y soy Aries, dice– sino por lo que no es: “No soy deportista, no soy indiferente”.
“La política es hoy un lazo importantísimo entre la gente que me sigue y, para mí es un compromiso como venezolano, con mi país, más allá de cuántas personas pueda complacer al dedicarme al tema”, dice, respondiendo a la pregunta de cómo se conecta con el público.
Este compromiso lo hace sentir útil, reconoce, pero tiene su precio. Todas las mañanas dedica cuatro horas a escribir los guiones para el programa Conectados, que transmite por las redes sociales, especialmente por su canal de YouTube, en el que tiene casi 240,000 subscriptores.
“Tengo que escuchar toda la barbaridad que se produce a partir de las plataformas oficiales en Venezuela, todos los discursos de Maduro, todos los programas de Diosdado Cabello. Eso es de una intensidad absurda”, cuenta sobre el esfuerzo que lo deja como “una piltrafa humana que se arrastra por el piso pidiendo ayuda a gritos”.
Ha prometido que cuando todo termine, invertirá en su propia estatua, la que pondrá en su jardín. “Me haré el saludo por lo que sufrí todo este tiempo escuchando toda esa basura”, apunta, porque si bien desenmascarar a los representantes de la dictadura mediante el humor tiene su recompensa, también añora trabajar con temas universales.
Chataing está dispuesto a volver a Venezuela cuando haya un cambio de gobierno, porque le gustaría ofrecer su aporte.
“La transición va a ser dificultosa, y va a requerir que todos tengamos el entusiamo de participar y de entusiasmar a los demás para que participen. A la vez tendremos que entender que los cambios no se darán a la vuelta de la esquina”, señala.
“El escenario que nos están dejando estos asesinos es verdaderamente apocalíptico y creo que no exagero, pero la voluntad está y nada más la idea de sacarlos es emocionante”, dice, señalando que el presidente interino Juan Guaidó representa la esperanza, y ha logrado que la gente crea una vez más.
Las tres palabras que definen al venezolano son alegre, constante y perseverante, concluye el comediante.
Este artículo forma parte del proyecto “Risas en tiempo de crisis”, en el que participan Esther Medina, Matías Ocner, Marta Oliver Craviotto, Eliane Gallero, José Sepúlveda, Alcides Ponce y Mary Grillet.
Esta historia fue publicada originalmente el 26 de abril de 2019, 7:50 p. m. with the headline "El precio del humor, una estatua para Chataing por escuchar a diario los discursos de Maduro."