Venezuela

Esperaron sumarse a la liberación de Venezuela. Ahora son soldados sin una misión

Cuatro militares venezolanos desertan hacia Colombia

Un video en Twitter por Roman Camacho muestra a cuatro militares venezolanos que desertaron hacia Colombia en el Puente Internacional Simón Bolívar.
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Un video en Twitter por Roman Camacho muestra a cuatro militares venezolanos que desertaron hacia Colombia en el Puente Internacional Simón Bolívar.

Cuando el sargento venezolano Rafael Jiménez entró a la carrera por la frontera colombiana en febrero pasado —rompiendo con el régimen de Nicolás Maduro y poniendo a su familia en peligro— creía que valía la pena. Imaginó que a los pocos días regresaría a su tierra como parte de un ejército de exiliados listo para defender la Constitución y al verdadero presidente de Venezuela, Juan Guaidó.

Pero tres meses más tarde, Jiménez y otros 800 policías y militares venezolanos estás atascados en Colombia.

“Yo crucé la frontera pensando que seríamos una organización militar que pudiera regresar a Venezuela con ayuda humanitaria y liberar el país”, dijo Jiménez desde Cúcuta, en el lado colombiano de la frontera con Venezuela. “Pero ninguna de estas cosas que soñamos se ha hecho realidad”.

En su lugar, hay una sensación de desesperación cada vez mayor entre estos militares sin misión.

Muchos de los hombres y mujeres que desertaron trajeron a sus familiares para salvarlos de las represalias del gobierno y el hambre. Las autoridades migratorias de Colombia dicen que en este grupo hay más de 1,480 personas —militares, esposas e hijos— y en su mayoría viven desperdigados en hoteles en Cúcuta.

Los familiares se consideran solicitantes de asilo y les ofrecen albergue y tres comidas diarias gratis, pero no pueden trabajar. Y la mayoría pasa trabajo para satisfacer sus necesidades más básicas.

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Un ex policía venezolano posa en Cúcuta, Colombia. Más de 1,400 integrantes de las fuerzas de seguridad venezolanas y familiares rompieron con el régimen de Nicolás Maduro en febrero para apoyar al presidente interino Juan Guaidó. Hoy están empantanados en Colombia, sin poder trabajar ni regresar a su país. Jim Wyss Miami Herald

Como miembro del grupo antinarcóticos de la Guardia Nacional, Jiménez, de 28 años, solía participar en redadas en cárceles y perseguir a algunos de los traficantes más peligrosos. Pero un día reciente de entre semana, trataba de encontrar pañales, leche en polvo y toallita húmedas para los hijos pequeños de sus compañeros.

En el hotel donde se queda Jiménez, en el centro de Cúcuta, hay 77 oficiales militares y 91 familiares, entre ellos 51 niños, pequeños en su mayoría.

“Estamos agradecidos porque tenemos un lugar donde dormir y comemos tres veces al día”, dijo. “Pero, ¿qué pasa con los que están aquí con familiares? ¿Cómo compran pañales y fórmula para bebés? ¿Qué pasa cuando los niños se enferman?”

José Vargas, un sargento de 28 años de la Marina —uno de los pocos submarinistas en Venezuela— no pudo darse el lujo de comprar unas sandalias de 2 dólares para su hijo de 3 años, quien había perdido sus zapatos en el hotel. Mientras miraba a sus tres hijos correr por el pequeño vestíbulo, dijo que le preocupaba que los niños se estuvieran quedando atrás porque no le permitían inscribirlos en la escuela.

“Los niños están encerrados aquí todo el día. Psicológicamente es malo para ellos”, dijo.

Pero los que dejaron a sus familiares atrás también se sienten torturados por la distancia. Un hombre con 19 años en la policía venezolana dijo que lo consumía la culpa cada vez que comía porque no sabía si su hijo había comido en Venezuela, donde la hiperinflación ha limitado para muchos el acceso a los alimentos y las medicinas.

“Algunas veces me encierro en el baño y lloro porque me siento muy frustrado”, dijo. “Entonces salgo y sigo adelante”.

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Miembros de las fuerzas de seguridad venezolanas que rompieron con el régimen de Nicolás Maduro asisten a una reunión en Cúcuta, Colombia. Jim Wyss Miami Herald

Pero esto no fue lo que se planeó.

La mayoría de los hombres y mujeres militares y policías que cruzaron la frontera en febrero, cuando Guaidó, de 35 años y presidente de la Asamblea Nacional, llevaba un mes en su campaña por sacar a Maduro del poder y pidió a los militares que se le unieran “del lado correcto de la historia”.

Al irse a Cúcuta pensaron que serían parte de los esfuerzos de Guaidó para llevar toneladas de asistencia humanitaria a Venezuela y serían la fuerza detrás de su nuevo gobierno. Cientos respondieron al llamado, muchas veces con un riesgo personal sustancial.

Jiménez dijo que cuando huyó, las autoridades allanaron la licorería de su familia y arrestaron a un primo, también miembro de la Guardia Nacional, como represalia. A Jiménez le han dicho que enfrenta una condena de 25 años de prisión si regresa a Venezuela. Otros dijeron que sus familias tuvieron que ocultarse después que ellos desertaron. Aunque la mayoría de los hombres se mostraron dispuestos a identificarse con nombre y apellido, se negaron a que les tomaran fotos por temor a represalias.

Los hombres pasan sus días con ansiedad mirando televisión o navegando internet en busca de señales que en Venezuela algo ha cambiado. La semana pasada, algunos pensaron que ya no tendrían que esperar más cuando Guaidó llamó el 30 de abril a un levantamiento militar.

Williams Cancino, miembro de la temida unidad FAES de la Policía Nacional, quien vive en Cúcuta desde febrero, dijo que se apresuró a llegar al puente internacional que divide a los dos países tan pronto como escuchó la noticia. Pensó que un representante de Guaidó llegaría a buscar hombres para el levantamiento.

Lo que sucedió fue que las autoridades colombianas los escoltaron a sus hoteles y les prohibieron salir. La revuelta militar en Venezuela nunca se materializó y cuatro manifestantes civiles perdieron la vida en los días siguientes a manos de las fuerzas leales a Maduro.

“Esa fue la única razón por la que vine, con más de mil personas más”, dijo Cancino, de 27 años, refiriéndose al fallido levantamiento. “Estamos entrenados, sabemos cómo enfrentar el gas lacrimógeno, conocemos el país… No se debió haber derramado la sangre de gente inocente, la nuestra sí se puede derramar”.

Jorge Noriega, policía de 37 años, dijo que estuvo pegado al televisor todo el día mirando con desesperación mientras el levantamiento perdía fuerza. “Yo quería saltar por la pantalla de televisión y estar allí”, dijo. “Yo quería ayudar en Venezuela.”

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Ex miembros de la Guardia Nacional de Venezuela en un hotel en Cúcuta, Colombia.

Estados Unidos y más de 50 países más reconocen Guaidó como el presidente legítimo de Venezuela y dicen que Maduro, de 57 años, tiene que dejar el poder. Aunque Guaidó todavía puede reunir a gran cantidad de personas, de otra manera no tiene poder alguno. Maduro todavía controla todas las dependencias del gobierno y las fuerzas armadas.

Esta semana ese poder quedó manifiesto cuando el Tribunal Supremo de Justicia, controlado por los chavistas, acusó a siete legisladores de traición por su participación en el levantamiento. El miércoles, fuerzas de seguridad detuvieron al vicepresidente de la Asamblea Nacional, controlada por la oposición.

Las repetidas alegaciones del gobierno del presidente Trump de que “todas las opciones están sobre la mesa” para enfrentar a Maduro han dado esperanza a muchos de los militares exiliados. Piensan que todavía es posible que Washington les entregue armas y les permita retomar el país.

Cancino dijo que la gran mayoría de sus colegas en Venezuela desprecian a Maduro y quieren un cambio, pero siguen controlados por sus superiores, a quienes llamó “verdaderos creyentes”.

“Hay muchos soldados valientes, pero no pueden hacer nada porque la mayoría de los jefes siguen leales a Maduro y no van a marcharse fácilmente porque están involucrados en crímenes y corrupción”, dijo Cancino. “Ellos saben que los van a encarcelar [si Maduro cae] y van a luchar hasta el final”.

Cancino dice que la comunidad internacional debería armar a los exiliados y permitirles hacer lo que saben hacer: combatir.

Pero es poco probable que eso suceda. Aunque Colombia ha criticado abiertamente a Maduro, también ha hecho un gran esfuerzo por evitar la impresión de que está acogiendo a un ejército extranjero. Cuando los uniformados venezolanos cruzan la frontera, les quitan sus armas y uniformes. De este lado de la frontera son civiles, afirma el gobierno.

La larga espera ha hecho que muchos se marchen. Cuentos se han ido de Cúcuta con destino a Perú, Chile y otros países, con la esperanza de poder trabajar legalmente.

Otros dicen que están pensando en marcharse porque se sienten “olvidados” y pasan mucho trabajo económicamente. Los gastos de albergue y alimentación los pagan las Naciones Unidas y el gobierno de Guaidó, pero su precaria administración tiene problemas para pagar las facturas a tiempo. Los soldados dijeron que al menos cuatro veces en los últimos tres meses los han amenazado con sacarlos del hotel por falta de pago.

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Soldados colombianos escoltan a un miembro millitar venezolano que desertó en Colombia con su perro, en Cúcuta, el 25 de febrero de 2019. LUIS ROBAYO AFP/Getty Images

El embajador de Guaidó en Colombia, Humberto Calderón Berti, envió esta semana un video a los militares desertores en que les explica que está buscando “una solución definitiva a los problemas que ustedes están atravesando. Tengan las seguridad de que eso se va a arreglar, pero les pedimos un poco de paciencia”.

Christian Kruger, director de Migración Colombia, dio a entender este mes que el grupo pudiera recibir permisos de trabajo, una señal de que no van a regresar a su país pronto.

Pero muchos en Cúcuta todavía tienen la esperanza de que pronto puedan ponerse de nuevo el uniforme venezolano.

“Estamos del lado correcto de la historia y nuestro momento llegará”, dijo Jiménez. “Tengo fe en Dios y en nuestro presidente Juan Guaidó: Venezuela será libre”.

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