“Temblores” explora la intolerancia y el espeluznante impacto de la homofobia
La extraordinaria película “Temblores”, del realizador guatemalteco Jayro Bustamante me hizo recordar un joven inteligente y lleno de vida, vecino mío de La Habana del Este, quien murió temprano luego de sufrir los continuos maltratos de su padre, que no concebía tener un hijo gay. Paradójicamente, el perturbado muchacho debió velar por su progenitor hasta que falleciera.
La familia cubana, en general, nunca fue muy tolerante con el componente homosexual que se manifestara en su seno. Ese pariente podía ser querido o rechazado, pero casi siempre no era del todo aceptado. La terrible frase de “prefiero un hijo muerto antes que uno homosexual” marcó a varias generaciones y no se ha disipado del todo.
Lo grave de la circunstancia en la isla fue que, desde sus inicios, la dictadura castrista hizo de la homofobia una política de estado. La homosexualidad fue perseguida con saña, siguiendo la prédica de discursos incendiarios de Fidel Castro sobre el particular.
Curiosamente, ante la instauración de campos de concentración, las recogidas en plena calle y otros desmanes contra esa parte desprotegida y castigada de la población, la respuesta social comenzó a ser de solidaridad, sobre todo en estratos humildes y hasta marginales, donde los gays comenzaron a ganar espacios de convivencia.
Temblores, la película que se estrena este viernes en Coral Gables Art Cinema presenta otro cuadro espeluznante de la homofobia, solo que en una familia prominente y de profundas convicciones religiosas en Guatemala, como para recordarnos que los dogmas, de cualquier signo, suelen entorpecer el libre albedrío y causar caos en las circunstancias más comunes, cuando se resisten a los designios de la naturaleza.
Un mal día, Pablo, exitoso hombre de negocios, bien casado y con dos hijos llega, totalmente descompuesto, a la mansión que comparte con sus padres, rodeado de solícitos sirvientes y comodidades, porque ha decidido salir del closet.
Esos primeros minutos del filme, donde el resto de la familia trata de atajar tal descalabro doméstico y social, están narrados con destreza, mucha intriga y humor.
El resto de la ordalía no exenta de complejidades, tendrá al protagonista, interpretado con sutileza y discreción por Juan Pablo Olyslager, en el gran dilema de ser feliz en su elección sentimental o renunciar a sus hijos, porque le han tendido trampas para que ambas circunstancias personales no convivan.
El cine latinoamericano, en general, no es muy dado a desarrollar este tema, quizás por impopular o tabú. La temprana y atrevida filmografía del mexicano Jaime Humberto Hermosillo, siempre resultó ser una curiosa y controversial excepción en circuitos cinematográficos comerciales y de arte, al explorar la hipocresía y la doble moral de la clase media de su país en asuntos de preferencia sexual, como lo hace, de modo memorable, en Doña Herlinda y su hijo, de 1984.
En Guatemala la homosexualidad no está legalmente condenada. De hecho, Francisco, la pareja de Pablo, es un masajista abiertamente gay que lo introduce en un universo para él desconocido, de total tolerancia y desenfado.
Sin embargo, cierta vez Francisco llega golpeado al apartamento de ambos para recordarnos que la homofobia, con visos de violencia, sigue manifestándose ante la indiferencia de las autoridades.
Los minutos finales del filme, donde Pablo es sometido a la absurda terapia de conversión para “curar” su homosexualidad muestran, con intensidad dramática, el daño del fanatismo y la represión contra el “otro”, tarea pendiente en muchas regiones de nuestra atribulada modernidad.
Sobre el particular, Jayro Bustamente ha declarado: “Esa película, me permitió constatar que el odio está ahí, es un odio irracional, como una enfermedad. Hay gente que cree que hay cierto grupo de personas, que solo por ser quienes son, no deberían existir”.
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