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Opinión

El emperador Trump afila la guillotina

Como hacen todos los líderes autoritarios cuando consiguen el poder absoluto, Donald Trump se apresuró a implantar su reino de terror desde el momento en que 52 senadores republicanos, divorciados de sus conciencias, le absolvieron de los cargos del impeachment y expandieron sus poderes a un nivel sin precedentes.

Llegó el comandante en jefe y, sintiéndose liberado de las restricciones a su autoridad que impone la (todavía) democracia de Estados Unidos, mandó a cortar cabezas.

Sus lacayos en el Senado sabían —saben— que el emperador está desnudo. Que es culpable. Que el juicio fue una farsa, sin testigos ni documentos. Que su presidencia es una aberración histórica. Pero le ríen las gracias y le obedecen porque temen más a su ira que a la de los votantes. Todos, menos Mitt Romney, se han rendido a la cobardía.

Y como Trump no puede soportar a los valientes, ni a nadie que se atreva a decir verdades, ha jurado venganza contra quienes como Romney se escapen de su redil. La lista de enemigos es larga, algunos ya decapitados, otros en capilla, y muchos más en la hoguera trumpista de la calumnia. (A continuación detallo algunos nombres de esa macabra lista).

El 5 de febrero pasará a la historia como el día en que la impunidad triunfó sobre la integridad. La fecha infame en que los senadores sumisos coronaron a Trump como el César de la Quinta Avenida, aún reconociendo públicamente que “sí” había abusado del poder pero no por ello merecía la destitución. ¿Qué importa?, dijeron legitimando la corrupción, y dando luz verde a una autoridad despótica que cambia el balance constitucional de poderes.

Y todo por miedo. A que Trump les arroje sus huestes como leones de su circo imperial.

Fue un espectáculo dantesco. Uso el adjetivo refiriéndome al Infierno de Dante. Aunque es pronto aún para saber en cuál de los nueve círculos infernales que describe el genial poeta italiano se ubican los encubridores de Trump. Pero el tiempo, ese gran justiciero, lo irá desvelando. Como también desvelará otras tramas de abusos de Trump.

¿O alguien es tan ingenuo o tan ciegamente tribal que cree que Trump no ha cometido ni cometerá otras fechorías, otras extorsiones como la de Ucrania?

Sirvan como prueba los hechos: Trump realizó la infame llamada al presidente de Ucrania que dio pie al impeachment al día siguiente de sentirse liberado de la investigación de Mueller (que NO le exoneró). ¡Al día siguiente!

Luego pidió públicamente que China investigara a Hunter Biden. Y en 2016 también pidió públicamente que Rusia buscara los emails de Hillary Clinton. Ese mismo día el Kremlin se puso manos a la obra.

¿No es lógico preguntarse a cuántos otros países ha pedido “favores” para beneficiarse política o económicamente? Porque según el libro que está a punto de publicar John Bolton, Trump hizo favores al presidente turco Recep Tayyip Erdogan y al mandatario chino Xi Jinping, interviniendo en la investigación del banco turco Halkbank y levantando las sanciones del gigante chino de la comunicación ZTE. Y todo ello al tiempo que Trump, proyectaba la expansión de sus propiedades en Turquía y China.

Bolton, ex asesor nacional de seguridad, encabeza la lista de enemigos a eliminar. Según ha trascendido, Trump incluso contempla la prohibición del libro o la censura de capítulos. Otros apóstatas sentenciados a la guillotina política en la corte del César de la Quinta Avenida son, of course, el congresista a cargo del impeachment, Adam Schiff, y la presidenta del Congreso, Nancy Pelosi. (A ella la odia con particular saña porque si hay algo que al misógino Trump le vuelva más enloquecido todavía es que una mujer le confronte y le ridiculice como hace Pelosi).

Por no mencionar al largo rastro de despidos o renuncias forzosas de testigos como los embajadores en Ucrania Marie Yovanovitch y William B. Taylor; la asesora del vicepresidente Mike Pence, Jennifer Williams; los diplomáticos Michael McKinley y Kurt Volker; o los funcionarios del Consejo Nacional de Seguridad (NSC), Fiona Hill y Tim Morrison. Etcétera.

Y entre los ya decapitados, figuran dos de los testigos que le aguijonearon declarando la verdad durante la investigación en el Congreso: el embajador ante la Unión Europea, Gordon Sondland (“Todos estaban en el ajo”, declaró refiriéndose a Trump y sus allegados en la trama de extorsión a Ucrania).

El segundo decapitado en la “masacre del viernes” pasado fue el teniente coronel Alexander Vindman, que creyó “hacer lo correcto” señalando lo inapropiado que era pedirle un favor político a Ucrania. Vindman servía en el NSC de la Casa Blanca, al igual que su hermano, Yevgeny, al que Trump también despidió sumariamente (al estilo del dictador norcoreano Kim Jong-un, famoso por ejecutar a sus parientes).

Hemos llegado hasta aquí por el maridaje entre el vacío moral de un gran sector de la clase política republicana y el fanatismo analfabeto. Pero lo que viene puede que sea mucho peor.

Ahora que el emperador Trump se cree invencible, sabiendo que el Senado se ha convertido en instrumento suyo para aferrarse a la presidencia, nada le impide poner a subasta internacional la democracia de Estados Unidos o a cualquier otra forma de abusar del poder.

Periodista y analista internacional. Twitter: @TownsendRosa.

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