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Opinión

Nominar a Bernie Sanders sería un suicidio político

Si la presidencia de Estados Unidos acabaran disputándosela dos narcisistas, uno de ellos aspirante a dictador y el otro un revolucionario trasnochado, sería la prueba definitiva de que este país ha perdido la cordura.

Desde que la humanidad inventó la democracia como sistema de gobierno, las elecciones han servido para corregir el rumbo político cuando este se desvía del tren de la historia. Han sido la herramienta para evitar que la democracia descarrile en lo que el filósofo griego Polibio definió como “oclocracia” o gobierno de la muchedumbre no-pensante.

En este 2020 me temo que, de materializarse la contienda entre Donald Trump y Bernie Sanders, se consolide la “oclocracia” que ya triunfó en 2016. Una oclocracia de populismo chusmoso, que es lo que representan ambos candidatos, apoyados por Rusia aunque no con la misma intención: Putin quiere que Sanders gane las primarias para que a Trump le resulte fácil derrotarle en las generales asustando al electorado con la etiqueta socialista.

La ironía es que Sanders es un independiente que nunca ha pertenecido —ni pertenece— al Partido Demócrata, sino que lo está usando como vehículo para su revolución. Algo similar a lo que hizo Trump “secuestrando” al Partido Republicano para tomar el poder instigando la rebelión de sus masas.

Trump y Sanders se parecen bastante, tanto en los métodos para escalar al poder como en la personalidad narcisista y las tácticas de agitación del resentimiento popular. La gran diferencia entre ambos —aparte del color del pelo, la ideología y el autoritarismo del presidente— es el respaldo que reciben de sus respectivos partidos.

Mientras que los republicanos se han rendido al fenómeno trumpista abandonando sus principios y dignidad, los demócratas tradicionales están espantados ante la posibilidad de que un demagogo que se autodenomina “socialista” y dice admirar a Fidel Castro usurpe la nominación, manche la imagen de progresismo moderado del partido y conduzca a una derrota el 3 de noviembre.

Pero como no hay mal que por bien no venga, la “alarma Sanders” ha puesto a la maquinaria del partido a trazar estrategias de cara a una posible convención pactada, en caso de que ningún candidato logre mayoría absoluta de delegados al finalizar las primarias aunque Sanders consiguiera mayoría relativa.

Eso es mala noticia para Trump, que a veces parece el jefe de campaña de Sanders de tanto que lo desea como rival. Y buena noticia principalmente para Joe Biden, que no solo es uno de los dos más temidos por Trump (el otro es Mike Bloomberg), sino quien además tiene más posibilidades de salir favorecido en la actual pugna por el alma del Partido Demócrata, entre el ala moderada y la radical encabezada por Sanders y Elizabeth Warren.

El drama que vive el Partido Demócrata es de expectativas frustradas, al menos en este punto de la contienda.

El 2020 se anticipaba como un año fácil para vencer a alguien tan divisivo e impopular como Trump; un año en el que tras el giro abismal de 2016 el péndulo de corrección del sistema democrático funcionaría en piloto automático para reparar el daño causado por un presidente ignorante y amoral, empeñado en cambiar la democracia por una autocracia.

Todas esas expectativas se pueden cumplir en los ocho meses que faltan para la votación. Todo lo que se necesita es que el electorado demócrata se vacune contra un virus peor que el coronavirus que ha infectado a toda la sociedad estadounidense, que es el de “no pensar”, guiarse solo por las emociones que vendan los mercaderes políticos de la ilusión. En eso Sanders y Trump son grandes expertos, seguidos desde luego muy de cerca por Warren.

Si es cierto que la electividad —o sea elegir al candidato con más posibilidades de derrotar a Trump— es prioritaria para los votantes demócratas, es inconcebible que alrededor del 27% se decante por un candidato de 78 años, que ha sufrido recientemente un ataque de corazón, no puede mostrar ningún logro en el Senado, es socialista (aunque asegura que al estilo nórdico) y admira a dictadores.

Están infectados por el virus, ya digo.

Nominar a Sanders sería un suicidio. Porque la elección se convertiría en un referendo sobre el socialismo en vez de sobre Trump. Y no sólo sería reelegido, sino que los demócratas perderían varios escaños en el Congreso.

Más del 70% de los demócratas se oponen a ese trágico escenario. Todo lo que tienen que hacer es actuar. Rápido. Empezando por consolidar el ala moderada para detener el avance sanderista. Para impedir la “oclocracia” de los no-pensantes.

Ahora que las autoridades sanitarias de Estados Unidos se esfuerzan en crear vacunas contra el coronavirus, ¿no podrían de paso desarrollar también un antídoto para combatir el virus de la ignorancia?

Periodista y analista internacional. Twitter: @TownsendRosa.

Esta historia fue publicada originalmente el 27 de febrero de 2020, 6:09 p. m..

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