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Opinión

¿Cuántas vidas cuesta salvar la economía?

En momentos en que la solidaridad es indispensable para superar la tragedia del coronavirus, resulta que entre los fanáticos del derecho a la vida hay muchos dispuestos a justificar la muerte de los más vulnerables, sobre todo de los ancianos, como un sacrificio necesario en el altar del todopoderoso dólar.

Para ellos la economía es lo único urgente. Lo cual no es solamente cruel sino una estupidez, porque si el virus no se controla ahora el precio a pagar después será estratosférico.

¡Habrase visto mayor hipocresía y falta de la más elemental compasión cristiana! Porque encima alardean de cristianismo. (Conste que soy católica y defiendo el derecho a la vida, ¡pero de todos!, los no nacidos y los vivos).

Si algo hay que agradecer al maldito COVIDd-19 es que está sacando a la luz quien es quien. Lo mejor y lo peor de los seres humanos. El altruismo y el egoísmo. Está “separando el trigo de la paja” (Mateo 3:12).

Está mostrando a los verdaderos líderes, como el gobernador de Nueva York, Andrew Cuomo, y a los impostores.

Algunos republicanos, defensores de que la naturaleza se “encargue” de los débiles, han llegado al extremo de ofrecerse voluntarios a la auto-inmolación en aras a redimir la economía. En Fox, Brit Hume afirma que “es totalmente razonable” que los ancianos como él arriesguen su vida para rescatar la economía; Glenn Beck dice que “antes prefiere morir”; o el vicegobernador de Texas, Dan Patrick, que antepone la economía a su supervivencia para no dejar a sus nietos una América pobre.

A primera vista podrían parecer un puñado de locos insensibles, pero no, la cosa es mucho peor. Son parte de una campaña para ir convenciendo a la opinión pública de que en esta pandemia habrá víctimas colaterales. Y no serán los más jóvenes y/o saludables porque ellos son el motor de la economía que hay que reactivar cuanto antes. Tan pronto como el Día de Pascua, “Easter”, (12 de abril), según ha dicho Donald Trump en uno de sus alardes de fantasía y desafío a los consejos de científicos y médicos.

“Quisiera que las Iglesias se llenaran el día de Easter”, sostiene Trump, reiterando desde hace días que “la cura no puede ser peor que el mal” y que “este país no se ha construido para estar cerrado… muy pronto lo vamos a abrir... porque una recesión mataría a mucha más gente”.

Naturalmente Trump está vendiendo falsas esperanzas y realidades imaginarias, como ha hecho toda su vida y muy particularmente desde que asumió la presidencia. Como hizo desde enero hasta mediados de marzo, minimizando la pandemia, diciendo que desaparecería milagrosamente, o que era un fraude de los demócratas. Perdiendo tiempo y vidas.

Tan falsas como aparentar que está al timón, cuando carece de autoridad constitucional para poner o quitar cuarentenas u otras medidas de distanciamiento. Puede únicamente proponerlas, porque de acuerdo a la enmienda 10 de la Constitución solo los gobernadores tienen “poderes policiales” para “establecer e imponer la ley con el fin de proteger la seguridad, bienestar y salud de los ciudadanos”.

La Corte Suprema hace tiempo estableció que los 50 Estados tienen el derecho a controlar sus economías en nombre de la salud pública. En 1905 dictaminó: “Una comunidad tiene el derecho a protegerse de una epidemia o enfermedad que amenace la seguridad de sus miembros”.

Así es que nadie se llame a engaño, los gobernadores y alcaldes son los que están tomando decisiones mientras Trump sale a la palestra televisiva todos los días para hacer su campaña política, ya que ahora no puede hacer grandes rallies. Menos mal que los gobernadores, algunos incluso republicanos (excluido Ron De Santis), no le están haciendo caso de relajar o cancelar las medidas de distanciamiento social y cuarentenas.

Lo que sí podría hacer Trump –y no ha querido hacer– es nacionalizar temporalmente la producción de equipos médicos imprescindibles (respiradores, máscaras y batas de protección del personal médico). Hay gente muriendo porque Trump se niega a ordenar a las empresas privadas que produzcan velozmente lo que el país necesita. Un fallo imperdonable de liderazgo.

El gobernador Cuomo lleva días implorando a Trump que envíe respiradores. Necesita 30,000 y Trump le ha mandado 4,000. Nueva York es el epicentro mundial en estos momentos del coronavirus y Cuomo está dando la talla, más allá incluso de su circunscripción. Diariamente informa y explica en detalle la pandemia, las malas noticias y las posibles soluciones. Sin mentir. Liderando con compasión y firmeza.

Y en gran contraste con Trump y el coro de quienes abogan por reabrir prematuramente la economía, Cuomo apuesta por la vida de los más débiles (2% a 3% de la población) y por una gradual vuelta a restablecer la economía.

“No vamos a poner un precio en dólares a la vida humana. Tu madre no es desechable. Podemos seguir una estrategia médica consistente con una económica. ¿Qué estamos viendo, una versión moderna de la teoría de Darwin de la selección natural para salvar Wall Street?”, afirmó Cuomo esta semana.

Por su parte Trump nos demostró el 13 de marzo quién es: “Yo no me hago responsable en absoluto” (I don’t take responsibility at all).

Periodista y analista internacional. Twitter: @TownsendRosa.

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