El aleteo de una mariposa y el tsunami en otro lado del mundo
La pandemia de coronavirus nos está regalando un tiempo obligatorio de reflexión. La vida siempre dinámica de nuestro bondadoso país, donde el tiempo parece nunca alcanzar, se desaceleró dramáticamente.
En mi tranquilo barrio de Westchester he visto, por primera vez, familias completas caminando por sus aceras, estirando las piernas, tomando el sol, distrayendo a los pequeños. Los saludos, por supuesto, son a distancia, como dicta el protocolo de salud establecido.
Sé que es temprano para calcular las enseñanzas de esta temporada insegura, pero es de esperar que emerjamos de la misma con un sentido más cauteloso de la higiene, sobre todo en los numerosos sitios que intercambiamos cercanías con nuestros prójimos, una de las más humanas características.
Pienso que mi esposa es una adelantada en estos menesteres. Cuanto viaje hicimos por el mundo, siempre iba de algún modo protegido por las llamadas toallitas sanitarias y otros líquidos de desinfección tan cómodos y al alcance de todos.
No recuerdo haberme montado en algún avión, sin limpiar los asientos y sus botones con los químicos antes mencionados. Incluso en el cine, a donde concurrimos con cierta frecuencia, se le daba una pasada a las lunetas.
Ni hablar de que, tanto en su oficina, como en la mía, antes de jubilarme, el aerosol de Lysol hacía de las suyas y llegaba hasta incomodar algunos de mis colegas, debido a su penetrante aroma. Paradójicamente se quejaban aquellos acatarrados que más lo necesitaban.
Aunque el ritmo habitual de la humanidad se haya estancado en estos días, dentro de unos meses regresaremos a nuestros quehaceres y espero no olvidemos una experiencia tan traumática.
Las ventajas modernas de la comunicación virtual y personal, millones de seres salvando largas distancias en apenas unas horas, algo que nuestros ancestros no conocieron, incluye el hándicap del contagio global.
Creo que los viajeros en aeropuertos, puertos y otras plataformas, no solo deben ser revisados, en esos aparatos que se asoman indiscretamente a nuestros interiores físicos, a lo cual nos hemos acostumbrado, sino que hacer unas rápidas pruebas de salud, tan pronto se configuren, no vendrían nada mal para evitar que el crucero o el avión, se vuelvan sitios de emergencias clínicas o centros internacionales de difusión epidémica.
Curiosamente es un proverbio chino el que nos recuerda que: “el aleteo de las alas de una mariposa puede provocar un Tsunami al otro lado del mundo”.
El cambio poético que prefigura la sabiduría oriental se ha transfigurado en una suerte de tratamiento de choque, incierto por el miedo que provoca lo desconocido. Nos hubiera gustado aprender que necesitamos nuevos códigos sociales y ecológicos, sin víctimas, ni padecimientos.
El mal es invisible y se mueve con presteza criminal, solo manifiesta sus consecuencias, cuando es tarde para remediarlo.
Uno nunca sabe lo que tiene, hasta que lo pierde, reza otro viejo refrán. Se han cancelado no pocas de las bondades y alegrías de la vida, aquellas que nos humanizan. Añorar desesperadamente su regreso, nos hará cautelosos y solidarios para terminar esta ordalía.
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