En el Domingo de Resurrección murió la Muerte
Los cristianos del mundo entero celebramos hoy el excelso y supremo domingo de la Resurrección Jesús. Qué día mejor que éste para cobrar sana perspectiva sobre la principal culpable de la presente zozobra viral: Doña Muerte. ¿O es que nos asusta otra cosa?
Antes de nacer Jesucristo, San Agustín dice que sólo conocíamos dos instancias: Nacer y morir. Pero al resucitar Jesucristo tenemos opción: ¡Resucitar! Benedicto XVI añade: “Si Cristo no hubiera resucitado el vacío habría ganado, pero desde la Resurrección de Jesucristo para acá, la gravitación de la vida y el amor son para siempre más fuertes que la de la muerte y el odio.” ¿De dónde sacan, ambos, semejantes convicciones?
De su fe en Dios desde luego. Pero una fe iluminada por la razón: El amor funda la inmortalidad. La inmortalidad nace del amor. Dios al llamarnos a la existencia por amor nos estaba destinando necesariamente a la inmortalidad. ¿O es que es posible amar sin medidas a un hijo, por ejemplo, sin desearle sin restricciones el bien supremo de la vida?
Nuestro amor humano no puede vencer por sí mismo a la muerte porque obviamente excedería sus límites naturales. Sólo en comunión con el infinito Amor divino es que podemos, no solo anhelar vivir en plenitud gozosa eternamente, sino alcanzarlo. Pero mira, los cristianos no creemos en la “resucitación” de Jesús, ni en la nuestra. ¡Ni hablar! Estaríamos de regreso al mismo pugilato de siempre.
Ahora bien, la Resurrección de Jesucristo no puede captarla sino quien ha llegado a reconocerlo como su Señor y Redentor. Su dolorosa Pasión sin la mañana de la Resurrección hubiera sido la peor y más cruel catástrofe de la historia. Jesús hubiera sido simplemente otro idealista fracasado.
Pero como se levanta el sol victorioso sobre las tinieblas cada mañana, así es que se alza Jesús vencedor sobre el pecado y la muerte. Unidos a Jesús, el Señor, nuestros dolores y sacrificios de ahora en adelante podrán ser redentores y engendrar vida. Como se abren las flores, aunque nadie las vea, así revive Cristo en permanente Pascua en quienes lo aman. Y solo le ama de veras quien se compromete a repartir vida y esperanza por donde pasa. Así lo han estado haciendo millonadas de nuestros hermanos en la fe estos días de prueba.
Pablo animaba a los cristianos de Roma a tener siempre presente que “los sufrimientos de la vida presente no comparan con la gloria que nos aguarda” (Rom 8, 18). Un médico abrumado me decía hace unos días que le ayudaba inmensamente a cobrar bríos para continuar la ardua misión. Esto no es escapismo, es mirar al presente con diáfana perspectiva de eternidad.
En los relatos evangélicos cuando Jesús se aparece a sus discípulos lo primero que hace invitarlos a recobrar la paz. A no tener miedo. Las citas son numerosas. Apocados ni ellos entonces, ni nosotros hoy podríamos ser testigos efectivos del Evangelio. Sabía sobradamente que no nos faltarían momentos de sobresalto y crisis, por eso, sus últimas palabras para nosotros fueron: “Sepan que Yo estaré con ustedes todos los días hasta la consumación del mundo” (Mateo 28, 20).
¡Feliz Pascua Florida de Resurrección a todos!
El autor es un sacerdote jesuita de Belen Jesuit Preparatory School.