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Opinión

Soñando con el mundo cuando tenía sentido

Regresé de Nueva York el 10 de marzo, el mismo día que la Organización Mundial de la Salud declaraba –hoy se sabe que con retraso– la pandemia. Nos enteramos al aterrizar en Miami.

Y no lo podíamos creer. Habíamos llegado a casa justo a tiempo. En los pasillos del aeropuerto los viajeros, protegidos por sus mascarillas, caminaban apurados como si supiesen que algo terrible, quizás el esperado fin de los tiempos, estaba por ocurrir.

Pero cómo iba a ser –nos preguntábamos– si apenas el domingo antes, en el Parque Central, la gente caminaba bajo el sol tierno de la primavera y los cocheros –sus caballos engalanados con cintas de colores y flores– esperaban pacientemente por posibles clientes.

Sí, es cierto; ya se hablaba del virus. Pero como en Nueva York los casos eran pocos, los restaurantes de Little Italy seguían llenos de turistas como nosotros y en Washington Square, mientras los vecinos paseaban a sus perros, los músicos tocaban jazz bajo su famoso arco.

Y de repente todo cambió: el virus comenzó a matarnos. Los miles de víctimas sin nombre empezaron entonces a ser reflejadas en tablas estadísticas mientras en los noticieros nocturnos nos mostraban gráficas con las curvas de contagio en aterradores ascensos. La incertidumbre y la inseguridad se apoderaron de nosotros y ya nada fue igual.

Hoy hace un mes que no salgo a la calle; ni siquiera con máscara. Mi hija no me deja: “Papá, es que estás en el grupo de los más vulnerables”. Lo sé; y por eso la obedezco. Ella ordena los comestibles online y me los dejan en la puerta. Por la mirilla, aunque distorsionado por la óptica, veo al repartidor que se acerca cargando las bolsas del supermercado. Toca el timbre; pero no le abro. Solo lo hago cuando a través de la ventana compruebo que realmente se ha marchado. Y cuando me sorprendo haciendo eso, no puedo dejar de sentirme como el acorralado personaje de la Casa tomada, aquel famoso y aterrador cuento de Cortázar.

Es entonces que comienza mi nueva rutina: entro los comestibles y mi esposa, después de deshacerse de las envolturas, lo lava todo –carnes, huevos y vegetales– mientras yo decido qué hacer. La verdad es que no tengo muchas opciones. En las mañanas siempre hago lo mismo: primero ejercito en la máquina de correr que tenemos en el garaje, después arreglo los canteros del jardín y cuando termino me doy una ducha. Y por último, me sirvo una copa de vino y me siento en la terraza a leer.

Pero hoy, por primera vez, he decidido salir a caminar. El vecino de enfrente está parado frente a la puerta de su casa y me saluda con un gesto de la mano. Me imagino que detrás de su tapaboca me sonríe. Le devuelvo el saludo y también, aunque él no pueda advertirlo, le sonrío.

Camino hasta el lago artificial de mi reparto y me siento en uno de sus bancos a pensar en cómo terminará todo esto; pero no logro imaginar posibles escenarios finales. Miro a mí alrededor y la vida, aunque sé que no es cierto, parece continuar igual: un hombre pesca en la orilla y otro, acompañado de dos niños, esconde coloridos huevos de plástico entre los arbustos. Los pequeños, divertidos, tratan de encontrarlos. Solo entonces recuerdo que es Domingo de Pascuas. De repente, el cielo se encapota, pero el pescador, el padre y sus hijos, siguen en lo suyo sin que parezca preocuparles la llegada de la lluvia. Yo regreso con premura a la casa. Al llegar, sin un motivo aparente, abrazo a mi esposa.

Por la tarde, como siempre hacemos, llamamos a los hijos y nietos y les preguntamos cómo están. Procuramos que no se den cuenta que estamos preocupados por ellos, pero no siempre lo logramos.

Después de cenar vemos televisión. Nos saltamos las noticias y vamos directo a Netflix. Hemos visto tantas series españolas que ya hablamos con acento madrileño. Quizás pronto lo hagamos en turco. Mientras tanto, soñamos con el mundo como era antes. Cuando todo tenía sentido.

Escritor cubano. Correo: manuelcdiaz@comcast.net.

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