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Opinión

América Latina, un barco a la deriva

Durante 1990, América Latina prometía un ciclo virtuoso político y económico. Para ese entonces, varios países habían recuperado a la democracia como sistema de gobierno, dejando atrás años de violencia guerrillera y de brutales dictaduras, como la que se instaló en Argentina en 1976, y la de Augusto Pinochet, que gobernó Chile entre 1973 y 1990. Los retornos democráticos permitían anticipar una renovación política y, de la mano de este logro, la solución de aquellos desafíos pendientes en materia económica y social.

En términos generales, aún pendía la espada de Damocles del endeudamiento externo de la década anterior. No en vano, a la década de 1980 se le considera como perdida. Una vez más, como región del mundo, se repetían los vicios que impedían pensar en un camino, por el que se abandonaba esa adolescencia volátil e irresponsable, y comenzaba en su lugar, un tránsito hacia una madurez en materia política y en la capacidad de manejar las economías sobre los principios del primer mundo: disciplina fiscal, estabilidad y transparencia institucional, orden y previsibilidad administrativa, entre algunas de las virtudes cardinales de cualquier país desarrollado.

La recuperación democrática, tuvo sus excepciones ejemplares, como el Chile que emergía de la dictadura, en calidad de un modelo latinoamericano posible de seguir. Sin embargo, el país se encontraba aún en el proceso de alcanzar el mayor bienestar social y económico posible para su población. Las grandes desigualdades entre diversos sectores de la sociedad era un problema de pendiente solución. Dentro de las singularidades virtuosas que Chile mostraba al mundo, había un sello distintivo, que la concertación de partidos por la democracia, a cargo del gobierno a partir de marzo de 1990, exhibía con orgullo, como expresión de una madurez republicana. Se trataba precisamente de una nación, libre de esa corrupción estructural, que en la región sigue siendo destructiva de la trama republicana, y un rasgo vergonzoso exhibido hacia el mundo.

América Latina cruzó el umbral al siglo XXI con varios procesos simultáneos y en contraste: por un lado, la conformación de bloques comerciales como el Mercosur y el Nafta, destinados en el papel a inyectar dinamismo a las economías, para avanzar hacia el progreso genuino, sobre la base de la integración y el comercio regional e internacional. El mundo ofrecía las condiciones propicias, mediante la globalización en plena fase expansiva y el surgimiento de China como gran socio industrial y comercial. La ola de prosperidad por la que atravesó el mundo durante la década de 1990, fue aprovechada por algunos pocos liderazgos regionales, como Fernando Henrique Cardoso en Brasil –ejemplo de los últimos grandes estadistas latinoamericanos-, Patricio Aylwin y Eduardo Frei en Chile, y en Costa Rica, por José Figueres.

Fue quizás en este periodo, en el que el continente nunca estuvo más cerca de enfrentar los demonios interiores del estancamiento, el estatismo delincuencial, la demagogia y la miseria. En una suerte de balanza, de un lado el reformismo económico, -fundamentalmente mayores aperturas comerciales, un estricto orden fiscal y profundos ajustes burocráticos-, tenía el contrapeso de ese legado de la mala política, que se negaba a desaparecer, a pesar de las dolorosas lecciones de las décadas anteriores.

La gestión de Carlos Menem en Argentina, derivó en acusaciones de delitos, mientras que la experiencia económica acabó en la implosión financiera del 2001, abriendo así las puertas al populismo de los Kirchner. En Perú, Alberto Fujimori llevó al país a una pesadilla similar a la que vivía bajo el terror de Sendero Luminoso. Mientras que en Colombia se insinuaban avances en la lucha contra el narcoterrorismo y su economía se expandía, en México, el PRI persistía en mantener desde la cualidad de una “dictadura perfecta” –tal como lo definiera Vargas Llosa en 1990- los mecanismos propios de la venalidad, adepta a un partido que mantenía el monopolio del poder. Bajo el paraguas de una modernización económica, la política persistía en la permanencia de sus males tradicionales.

Las dos primeras décadas de este siglo, muestran que América Latina sigue siendo incapaz de acompañar los endebles y efímeros ciclos de bonanza, con una voluntad de sus sociedades y políticos de modernizar las formas de la política. Los populismos que se instalaron a lo largo de estos últimos veinte años, son señales lamentables de un deterioro mayor. El pionero de este fenómeno fue Hugo Chávez, quien llevó a una debilitada Venezuela por un camino de destrucción gradual de los relativos logros de su democracia bipartidista, esencialmente, el de las plenas libertades civiles.

Este populismo entró en una fase de mayor autoritarismo y debilitamiento de la democracia, en su percepción de parte de grandes sectores de la población –la más reciente encuesta de Latinobarómetro del 2018 muestra señales muy inquietantes del descontento social hacia esta forma de gobierno- y en las propias conductas de los gobernantes. Las expresiones de esta crisis de credibilidad se manifiestan en los casos de Jair Bolsonaro, cada vez más errático y radical en su tratamiento de la pandemia y en su adhesión a formas dictatoriales, como el de López Obrador, igualmente irresponsable en su liderazgo sanitario ante el Covid 19 y de dudosa simpatía hacia la democracia, manteniendo las malas prácticas de sus rivales del PRI. Ambos son muestras preocupantes del declive político continental. Mientras, en la Argentina de gobierno bicéfalo, tarde o temprano las presiones del populismo kirchnerista terminarán en una crisis política de incierto desenlace.

Paralizada ya, en una desaceleración económica, producto de la baja de precios de sus exportaciones, cada vez más dependientes de commodities y menos de valor agregado industrial, América Latina fue impregnada entonces por el coronavirus. Actualmente recorre similares experiencias que el resto del mundo, al borde de esa cornisa que impone la disyuntiva, entre la reactivación económica o la salvaguarda de la salud humana ante un enemigo aún desconocido. Si esta instancia es de por sí incierta y desconocida, es el escenario post-pandemia, el que trae grandes desafíos que abarcan nuevamente las dimensiones sociales, políticas y económicas. Una vez más, el continente entero parece estar a la deriva, y la pandemia, como nunca antes, lo ha puesto muy cerca de un naufragio casi colectivo.

Escritor uruguayo y profesor de Geopolítica.

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