Conflicto entre China y Estados Unidos: frenar la escalada antes de que sea muy tarde
Muchos de quienes habitan hoy en Miami y la Florida en general, recordarán cuan cerca estuvo esa parte del mundo del epicentro de una de las crisis internacionales más graves de la historia de la humanidad. En el mes de octubre de 1962, los Estados Unidos y la Unión Soviética enfrentaron uno de los desafíos más tensos y conflictivos de sus complejas relaciones como las dos superpotencias de la Guerra Fría. El descubrimiento de una instalación de misiles nucleares en Cuba, activó los mecanismos necesarios que pusieron al mundo al borde de la Tercera Guerra Mundial. Pero la prevalencia de la diplomacia inteligente y pragmática, la influencia de las firmes y lúcidas capacidades de los gobernantes, en particular, la del entonces presidente, John F. Kennedy y, por sobre todas las cosas, la fuerza del instinto humano de supervivencia, impidió que una escalada ciega de la crisis nos llevara al holocausto atómico.
En la Historia existen diversos casos de guerras que estallan producto de ese peligroso escenario de la llamada “escalada”, una volátil fase a la que dos o más países ingresan, dentro de un largo proceso de acusaciones y hostilidades. Estas se van transformando en acciones que fomentan a su vez, la toma de decisiones aún más determinantes, que no hacen más que incrementar las condiciones para el estallido militar de un conflicto que, hasta ese momento, se libraba en esferas menos peligrosas y letales, como el económico o el político. Lamentablemente, esa Historia nos muestra que el salto de las palabras a las armas es, bastante más fácil y posible de lo pensado, especialmente cuando los contrincantes pierden las perspectivas de lo que arriesgan, en la miopía de sus intereses respectivos.
Eso ocurrió con la Primera Guerra Mundial, en cuyo inicio convergieron crecientes rivalidades económicas y geopolíticas entre Alemania y Gran Bretaña, con un foco de conflicto en los Balcanes y una robusta maquinaria bélica de las potencias de la época, resultado de la primera carrera armamentística de la era industrial. Bastó con un atentado terrorista como acto desencadenante –el asesinato del Archiduque Francisco Fernando, heredero del Imperio Austrohúngaro- para que todos estos factores y otros latentes, terminaran desencadenando una de las guerras más brutales y destructivas de la era moderna, y generaran las condiciones necesarias para el estallido de la Segunda Guerra Mundial.
En pleno siglo XXI, y en una de las crisis sanitarias más graves que enfrenta actualmente la humanidad, como la pandemia del Covid-19, el mundo observa ahora el surgimiento de una nueva escalada del conflicto entre Estados Unidos y China. Desde su apertura al mundo en 1972, como resultado de una estrategia del gobierno de Richard Nixon, para buscar en el régimen comunista chino, un necesario aliado en contra de la Unión Soviética, y como forma de atraer a aquel “gigante dormido” y hacerlo un miembro activo y pacífico del sistema internacional, la evolución de China alcanzó el actual estado de superpotencia, con una ambivalencia que sería tan inevitable como peligrosa para Occidente.
Esta ambivalencia se basa en el hecho que, bajo un régimen autoritario como del de Beijing, y liderado por un autócrata como Xi Jinping, China, en esa calidad de superpotencia, decidiera dejar de ser un simple oferente de productos para el capitalismo occidental, y buscara desarrollar y ejecutar su propia agenda de expansionismo económico y político, con sus ambiciones para establecer zonas de influencia, sobre las cuales ejercer sus pretensiones hegemónicas.
Hoy, son tres los focos de potenciales conflictos que alimentan la cada vez más peligrosa escalada con Washington.
En el Mar de la China, el régimen ha venido construyendo islas artificiales que no son otra cosa que instalaciones militares para la operativa de su flota naval, además de actuar en dicha zona con una manifiesta agresividad provocadora hacia el Japón, país que ve con creciente preocupación a esta amenaza, dentro de un conflicto diplomático por reclamos de territorialidad insular y de límites. Frente a Taiwán, China mantiene su política de tratar a aquella nación como una “provincia rebelde” y hacia la cual ha escalado sus hostilidades mediante operaciones navales cada vez más frecuentes.
Pero el problema más grave es el que ocurre en Hong Kong, en donde finalmente China ha decidido patear el tablero y acabar con la validez del acuerdo establecido con Gran Bretaña, tras la entrega de dicho territorio al régimen de Beijing en 1997. Este acuerdo establecía la permanencia de su autonomía hasta el 2047, a partir de donde pasaría a pertenecer a China. La decisión de aplicar una nueva ley intervencionista sobre Hong Kong, con amplios poderes represivos ante las protestas en contra del régimen, rompe de hecho con este acuerdo y con la condición de “un país dos sistemas”.
Esto exacerbará aún más la volatilidad en la zona, y moverá la aguja en la gravedad de las tensiones, incorporando ahora también a Gran Bretaña. Mientras que, el gobierno de los Estados Unidos, en la voz de su Secretario de Estado, Mike Pompeo, ha declarado que para su país, Hong Kong ha perdido tal autonomía. Una implicancia fundamental de esta afirmación, es la pérdida del valor estratégico de la ciudad como uno de los principales centros económicos globales, de la que China depende en la aplicación de su versión capitalista.
El contexto crítico de una pandemia, altamente volátil y dinámico, es favorable para acelerar procesos, ya sea en su carácter negativo o positivo, y especialmente en sus consecuencias. Las contiendas geopolíticas entre China y Estados Unidos –o inclusive Occidente ahora en su totalidad- venían creciendo en el nivel de sus fricciones y choques. La punta de este gran antagonismo bipolar sigue siendo una guerra tarifaria, resultante de las grandes discrepancias entre el capitalismo que China practica, transgrediendo marcos legales y normativos, frente al capitalismo tradicional y regulado de Occidente. Pero los amplios y profundos fundamentos de esta confrontación, yacen en el hecho inevitable de que China estaba destinada a ser un gran rival tecnológico y geopolítico del Occidente democrático y liberal. Dentro de esta nueva bipolaridad o nueva Guerra Fría, las escaladas son parte de esa peligrosa mecánica, que puede llevar a dos potencias enfrentadas hacia un punto de no retorno.
En 1914, los líderes europeos no fueron capaces de detener esos mecanismos catastróficos. En 1962, dos gobernantes vieron el abismo y supieron frenar a tiempo. Ante la actual escalada de hostilidades entre Washington y Beijing, hoy cabe hacerse una pregunta esencial, desde la lucidez y el temor: ¿qué camino seguirán Trump y Xi Jinping: el que conduce a 1914 o hacia 1962?
La Historia ofrece las respuestas necesarias.
Escritor uruguayo y profesor de Geopolítica.
Esta historia fue publicada originalmente el 1 de junio de 2020, 7:03 a. m..