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Opinión

Un movimiento para cancelar la divergencia

Tomado de Harpers.org

En 1968, durante la llamada “ofensiva revolucionaria”, el castrismo no solo liquidó los remanentes de la propiedad privada en Cuba, sino que despidió de sus honorables puestos a maestros y profesores que consideraban rezagos del pasado.

Recuerdo al llegar al preuniversitario José Martí, de La Habana, mis mejores profesores habían sido sustituidos por imberbes adoctrinadores.

Allí, en medio de esa turbulencia dictatorial, fue que supe de estatuas descabezadas por ser figuras políticas de la República, cambio de nombres de calles históricas como la de Carlos III por Salvador Allende, y el derrumbe del águila imperial en el monumento al Maine, porque Picasso haría la escultura de una paloma de la paz para ocupar su lugar, entre otras tropelías.

Así son las revoluciones, decapitan a los indeseables que no obedecen sus doctrinas, acomodan la historia a su narrativa, irrespetan el pasado, borran lo que no les conviene y agregan promesas que nunca cumplen. De estas arbitrariedades, nunca ha emergido una sociedad con vergüenza, que valga la pena vivir.

Tan nefasto entramado se aglutina con miedo y doble moral en el ámbito profesional y público. Para los hogares, a buen recaudo, se reserva la verdad susurrada. Es parte consustancial del totalitarismo.

Las revoluciones no conciben la libre circulación de ideas. Estar de acuerdo o en contra y hasta equivocarse, es algo con lo cual no pueden lidiar.

Los ideólogos y manipuladores de estas circunstancias históricas, luego de sus sonados fracasos en los llamados países socialistas, nunca han abandonado la esperanza de minar las imperfectas pero funcionales democracias, sobre todo la más antigua del mundo, la estadounidense.

Cuando se produce una fisura, introducen su cizaña, utilizan la furia del estrato social que no ha sido, eventualmente, beneficiado por la educación y el desarrollo económico.

Son sus engatusados soldados sobre el terreno. Antes aprovechaban el desorden para saquear negocios bien habidos, ahora, además, abogan por la revolución, una transformación radical de la sociedad democrática para, supuestamente, alcanzar sus derechos y prebendas.

Hubo un intento de crear una suerte de país independiente dentro de la ciudad de Seattle que terminó a balazos, como en el viejo oeste.

Se expulsan a editores, periodistas y hasta académicos de prestigio de sus organizaciones respectivas, por sostener una opinión propia.

Hay una campaña de descrédito dirigida a intelectuales, artistas y celebridades que no se manifiesten a tiempo sobre los acontecimientos vinculados a la violencia policial y el racismo.

La sagrada libertad de expresión está bajo fuego graneado y 153 artistas y escritores, del más alto prestigio, han dado a conocer una misiva pública, con cierta alarma, bajo el título de “Una carta sobre justicia y debate abierto”, donde dejan por sentado que se “niegan a ninguna falsa decisión entre justicia y libertad” porque son conceptos que no pueden existir separados.

Entre los firmantes aparecen figuras tan divergentes como Margaret Atwood, Wynton Marsalis, Noam Chomsky, Francis Fukuyama, Salman Rushdie, Gloria Steinem, Enrique Krauze y J. K. Rowling.

“El libre intercambio de información e ideas —apunta el documento— el alma de la sociedad liberal, se está constriñendo diariamente”.

La restricción del debate, subrayan los firmantes, ya sea por un gobierno represivo o una sociedad intolerante, invariablemente daña a los que tienen menos poder y hace que todos posean menor capacidad democrática.

Las malas ideas se derrotan mediante la revelación, los argumentos y la persuasión, no tratando de silenciarlas o deseando que desaparezcan.

Como escritores, “necesitamos una cultura que de espacio para la experimentación, el riesgo e, incluso, los errores. Requerimos preservar la posibilidad del desacuerdo en buena fe, sin graves consecuencias profesionales. Si no defendemos la esencia de la cual depende nuestro trabajo, no esperemos que el público o el estado, la vayan a resguardar por nosotros”.

Ya los firmantes de la carta han sufrido la refriega de colegas militantes, sobre todo en los medios sociales, que los culpan de querer ser relevantes y ajenos a la realidad.

La espiral sin sentido no cesa, ya no solo son las turbas, sino grupos de comisarios que aprovechan la oportunidad para cancelar a quienes no comulguen con sus prédicas extremistas y totalitarias.

Twitter: @alejandroriostv. Correo: alejandrorios1952@gmail.com.

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