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Opinión

Muere por huelga de hambre otro preso en Cuba. No podemos callar

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Desde los años 60, los prisioneros políticos cubanos han utilizado la huelga de hambre como un elemento de presión y protesta. Siendo despojados de todo, la vida es lo que les queda en sus manos para poder exigir frente a los abusos del régimen castrista.

La represión de las autoridades carcelarias contra aquellos prisioneros en huelga de hambre es férrea y responde a un modelo aplicado de forma sistemática. En las últimas décadas se ha documentado ante organismos internacionales estos métodos de tortura y aniquilación.

El último caso fue el pasado 7 de agosto de 2020, en la Ciudad de Camagüey, cuando el prisionero político Yosvany Aróstegui Armenteros murió luego de 40 días en huelga de hambre bajo la custodia de la policía política. La noticia pasó casi inadvertida en gran parte por la represión contra la familia de Aróstegui en la Isla, y la falta de articulación del movimiento cívico en esa región.

Esta vez, el régimen se aseguró de aislar al prisionero completamente, y de crear una campaña sofisticada sobre la causa común que se le imputaba para impedir el apoyo que se había logrado en el pasado cuando otros prisioneros recibieron solidaridad desde las calles.

Condiciones similares

Aróstegui murió en condiciones muy similares a otro prisionero político también asesinado por el régimen durante una huelga en febrero de 2010, Orlando Zapata Tamayo.

Las similitudes de los dos casos son notables. A ambos prisioneros los trasladaron como forma de castigo para la Prisión Kilo 8, un centro de mayor severidad donde se practica la tortura sistemática contra prisioneros políticos y comunes. Zapata se declaró en huelga de hambre al ser trasladado a esta prisión desde la Provincial de Holguín, Aróstegui ya se había declarado en huelga de hambre en la Prisión Cerámica Roja exigiendo su excarcelación por ser inocente. En Kilo 8 se conoce que los presos “plantados” son llevados a celdas de aislamiento y se les quita el agua para presionarlos a desistir de su protesta.

Ni Aróstegui ni Zapata desistieron. Cuando sus condiciones de salud se deterioraron, los llevaron al Hospital Amalia Simoni. En el caso de Zapata, y gracias a la presión de grupos de la oposición interna frente a ese hospital, su madre logró verlo y saber directamente las torturas que había sufrido y la negación de agua. Al hermano de Aróstegui, Yaudel, se lo impidieron. Estaba solo frente a los cuerpos de la policía política en una provincia donde se asesina sin miramientos. Los militares llevan a los prisioneros a la sala de penados de este hospital no para salvarlos sino para continuar la tortura y tratar de doblegarlos.

Tanto al hermano de Aróstegui como a la madre de Zapata los citaron para que hablaran con los “médicos”, ya en los días finales cuando las autoridades sabían que morirían irremediablemente.

La tortura psicológica

Las conversaciones siempre son similares: los militares (supuestos médicos) culpan al preso de la situación y dicen que tratarán de salvarlo. Esto lo hacen para crear una brecha entre el prisionero y la familia, tortura psicológica tan bien aprendida por la seguridad del estado cubano de sus contrapartes de la Stasi. La manipulación de la familia de los presos es uno de los instrumentos mejor utilizados por el régimen. Los activistas no preparan suficientemente a sus familias para defenderlos de forma efectiva en caso de ser apresados.

De Zapata en su momento dijeron en la televisión cubana que había muerto porque quería una cocina y un celular en la celda. De Yosvany que era un delincuente y violador. Nadie muere en una huelga de hambre ni por un teléfono ni por demostrar que es inocente de un crimen que cometió. La muerte de ambos es más elocuente que toda la narrativa de los cuerpos represivos.

En Cuba se asesina y se tortura sistemáticamente. La sofisticación del sistema implementado en la Prisión Kilo 8 de Camagüey debe ser material de estudio y de denuncia ante los organismos internacionales. Los directores de esa prisión son responsables de las muertes que han autorizado y de la brutalidad con que los represores tratan a los prisioneros. A diferencia de Zapata, en el caso de Yosvany no hubo opositores protestando en las puertas del hospital, ni se pudo denunciar el caso antes de que ya fuera tarde.

El régimen cubano, sin embargo, se postula para ser miembro del Consejo de Derechos Humanos de la ONU, con total impunidad. No importa su récord, ni sus violaciones a los derechos fundamentales de los cubanos.

El asesinato de Yosvany Aróstegui Armenteros nos recuerda que no debemos callar.

Escritora cubana exiliada.

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