Los represores y cómplices que siguen rondando la Cinemateca de Cuba | Opinión
Debe ser uno de los pocos lugares del mundo donde los represores siempre han contado con una cuadrilla deleznable de cómplices, paradójicamente, entre la llamada intelectualidad.
La prensa oficial castrista da cuenta de la inauguración de las nuevas dependencias de la Cinemateca de Cuba en la otrora casa de Alfredo Guevara, a propósito del día de la cultura nacional.
Acude el presidente —designado por el general Raúl Castro, sin elecciones populares mediante—, y los comisarios que se han repartido la “dirigencia” de los asuntos culturales, además de artistas sumamente comprometidos con el régimen como Silvio Rodríguez y el cineasta Manolo Pérez, quien develó una tarja en honor a Guevara.
Esto ocurre, mientras los jóvenes realizadores se han apropiado de los medios sociales y no pierden oportunidad para desbarrar y separarse de esa estructura política anquilosada que no responde a ninguna de sus urgencias como creadores.
En mi anterior columna llamé la atención sobre el hecho de que la más importante productora de cine independiente, Claudia Calviño, vive ahora en medio de la turbulencia represiva que sufre su pareja, Abraham Jiménez Enoa, periodista opositor, mientras recibe elogios internacionales, por su excelente trabajo en el gremio, de figuras reconocidas como la directora de cine español Icíar Bollaín quien, por otra parte, parece desconocer o se desentiende de la presión ideológica a la cual está sometida su colega.
Durante el cónclave en la casa de Guevara, reconstruida en medio de El Vedado donde, cierta vez, una “cederista” delató la llegada excesiva de materiales de construcción al sitio, sin saber, por entonces, la importancia política de su nuevo vecino, el director de la Cinemateca le hizo llegar un cartel conmemorativo al dictador Raúl Castro, que alude a Tomás Gutiérrez Alea, paradójicamente despreciado por el propio Guevara, según consta en la correspondencia del cineasta.
Ya es habitual que parte de la plana mayor de la cultura oficial de la isla estrecha su componenda oportunista con las fuentes de la represión, para poder sobrevivir.
Resulta curioso como otros cineastas o actores de categoría reconocida no concurrieron al encuentro, pienso en Fernando Pérez, Enrique Pineda Barnet o Juan Carlos Tabío, y la representación de estos recayó en un director mediocre a quien se debe “El hombre de Maisinicú” y muchos de sus congéneres acusan, a “sotto voce”, de sus desafueros castristas.
Por años, el Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC) fue considerado un remanso para creadores que en otras organizaciones culturales sufrían los embates de la represión castrista.
Nada más lejos de la verdad, Guevara, un censor ilustrado, sin mayor obra personal o intelectual que la de sus caprichos en consonancia con la amistad que le profesaron los Castros (Fidel y sobre todo Raúl), logró controlar la energía contestaria consustancial a los creadores, introduciendo “segurosos” en las plantillas de la institución y comprometiendo algunos de los cineastas con tareas propias de la policía política.
Los directores Alberto Roldán y Roberto Fandiño me solían contar que ser colaborador del régimen en el ICAIC tenía sus ventajas. Garantizaba, en numerosos casos, la obra y los viajes a festivales.
Los delatores también inculcaban el miedo necesario para hacer más llevadero el trabajo de sus iguales, los censores, quienes entonces podían figurar, públicamente, como asesores estéticos de guiones y filmes terminados, cuando realmente estaban velando por la santidad revolucionaria, tomando las medidas necesarias para hacerla cumplir.
En su discurso inaugural, el director actual de la Cinemateca, Luciano Castillo, hizo uso de la absurda retórica revolucionaria para tratar de explicar lo que allí acontecía: “No puede marcharse hacia adelante sin mirar atrás”.
En su ojeada por el retrovisor de la historia debió recordarles a los represores y sus acólitos que aquella Cinemateca era heredera de la original, fundada por Herman Puig y Ricardo Vigón en 1951, y que la lista de las películas censuradas y los atropellos al cine cubano independiente y al que se hace en el exilio, deben cesar para que la labor de la institución sea creíble y meritoria.
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