En defensa de la libre expresión y las voces conservadoras | Opinión
Recientemente en Francia, un profesor que mostró caricaturas del profeta Mahoma en una clase sobre libertad de expresión fue decapitado, y su cabeza macabramente exhibida en Twitter. El hecho ha alarmado a esa nación que se ha volcado a las calles en apoyo a la libre expresión.
Lo mismo deberíamos hacer nosotros. Aquí en nuestro país, hace mucho tiempo que la libertad de expresión es reprimida a diario, y un clima de intimidación, hostigamiento y censura prevalece que nos amordaza y nos ahoga. Como si la mismísima Primera Enmienda de la Constitución hubiese sido decapitada.
Si eres republicano, no te atreves a mostrar tu apoyo al Presidente Trump a menos que estés dispuesto a soportar la brutal embestida de la izquierda. Robert Unanue, presidente de Goya Foods tuvo que enfrentar un fallido boicot a sus productos por su postura de apoyo al Presidente. Localmente, la actriz cubana Susana Pérez fue objeto de virulentos ataques por prestar su voz a un comercial de la campaña de Donald Trump.
El apoyo al Presidente, ya sea verbal, implícito o demostrado con el uso de accesorios puede costarte tu empleo, y someterte a acoso público que puede resultar en violencia. El despliegue de la enseña nacional de las barras y las estrellas en tu casa o tu auto puede ser considerado apoyo a Trump porque refleja el conservadurismo. El respeto al himno nacional, “The Star-Spangled Banner”, ha costado a alguno que otro atleta una disculpa pública a cambio de su carrera.
Las voces conservadoras suelen estar ausentes de la mayoría de los medios, y cuando se escuchan son severamente criticadas, atacadas o silenciadas.
Pero la falta de libre expresión abarca a toda la sociedad, y es motivo de preocupación también para los liberales. La izquierda no permite disensión ni en sus propias filas, y ello ha provocado la renuncia de prestigiosos editores y columnistas de opinión en importantes diarios, revistas y cadenas de televisión.
En el New York Times, James Bennett, editor de las páginas editoriales, y Bari Weiss, columnista de opinión renunciaron a sus cargos respectivamente bajo presión de sus colegas. Weiss declaró que “hay un consenso en la prensa que la verdad no es un proceso de descubrimiento colectivo, sino una ortodoxia conocida solo por unos cuantos iluminados cuya tarea es informar al resto de la sociedad”.
Stan Wischnowski, uno de los principales editores del Philadelphia Enquirer, Andrew Sullivan, columnista de New York Magazine y Ariana Pekary, productora en MSNBC, también renunciaron a sus cargos quejándose del bloqueo a la diversidad de pensamiento y contenido.
Este pasado verano un grupo de 150 intelectuales y figuras públicas, entre los que se encuentran JK Rowling y Gloria Steinem, firmaron una carta titulada “Carta sobre justicia y debate”. Publicada en la revista Harper’s Bazaar, la carta expresa consternación porque “El libre intercambio de información e ideas, el alma de una sociedad liberal, está siendo restringido a diario”.
Nunca como ahora es esto último tan evidente. De cara a las elecciones, Facebook y Twitter, dos gigantes de los medios sociales niegan a sus millones de usuarios la publicación de un artículo en The New York Post sobre la supuesta corrupción de la familia Biden, y la posible participación del ex vicepresidente Joe Biden en ella.
El New York Post es un prestigioso diario, el más viejo de esta nación, y respalda el contenido. El Departamento de Justicia y el FBI, en posesión de una computadora que supuestamente perteneció a Hunter Biden, el hijo de Joe Biden, y en donde supuestamente hallaron la información comprometedora, han determinado que el contenido no es parte de una campaña de desinformación de los rusos como alega la izquierda.
Pero los medios, que han publicado tanta información no corroborada sobre el Presidente y propagaron la narrativa de la “conspiración rusa”, no han cubierto esta noticia. Dos reporteros, Maggie Haberman del New York Times y Jake Sherman de Politico han sido duramente criticados por la izquierda por atreverse a mencionar su existencia.
No cabe duda que una censura furtivamente impuesta por la izquierda ha minado las entrañas de nuestra democracia, y amenaza nuestro derecho a la libre expresión. Defendámosla a capa y espada negándonos a dejarnos intimidar y que se nos acorrale. De lo contrario, todos perdemos.
Escritora y activista de derechos humanos.