Mi tío Luis salvó a su familia en Cuba y con el tiempo, también a la mía | Opinión
Acabo de perder a mi tío Luis, el hermano mayor de la familia de mi madre, a la edad de 96 años. Los González fueron personas sumamente humildes del suburbio habanero de Poey y Luis demostró que el estudio era una de las vías para abandonar el círculo vicioso de la pobreza y se hizo enfermero.
Durante el velorio pude ver su diploma de graduación de la Universidad de La Habana, expedido en el año 1944, y sentí una total identificación con su éxito.
Al lado de ese documento, la familia exhibía otro de sus hitos, el certificado de la reválida de su profesión en Estados Unidos, concedido en 1969, un año después de haber arribado a este país generoso.
Según me contó una de sus nietas amables, aquel proceso lo llevó a separarse de la familia por algún tiempo para alcanzar el título que lo haría regresar a su añorada carrera.
Mi tío Luis terminó siendo enfermero del legendario St. Francis Hospital hasta su retiro. El centro de salud fue demolido en 1992, durante el proceso que cambió para siempre la faz urbanística de Miami Beach.
En Cuba, Luis formó una hermosa familia de tres hijas y se estableció en Sagua La Grande, donde dejó magníficos recuerdos como enfermero. Una de esas descendientes, es mi entrañable prima Dalia, a la cual nosotros, los Ríos, le debemos nuestra vida en libertad.
Unos años mayor que yo, esa prima estableció conmigo una relación especial poco antes de abandonar el país en 1968. Recuerdo que conversábamos mucho e íbamos juntos al cine cada vez que la oportunidad se presentaba.
Volvimos a saber de Luis y su familia en 1979, cuando los llamados “comunitarios” fueron autorizados a regresar a su país de origen. Tanto él, como su hija pequeña Betty, quien lo acompañaba en aquella ocasión de revelaciones, así como Norma, otra hermana de mi madre que también se había establecido en Miami, eran la prueba rotunda de que para progresar había que vivir en libertad.
Desde entonces la semilla de esa probabilidad se quedó prendada en nuestros corazones y, poco tiempo después, empezamos a abandonar el infierno castrista por las vías más insospechadas, con la ayuda económica y el apoyo moral de mi prima Dalia, quien nunca cejó en ese empeño hasta vernos a todos libres.
Durante el funeral de mi tío pude constatar, en detalle, la admirable estirpe que fundó junto a su esposa Lolo. Las hijas tuvieron descendencia, hoy competentes profesionales bilingües, y estos le prodigaron al orgulloso abuelo la posibilidad de disfrutar de sus nietos.
Durante el funeral, en medio de la tristeza, volví a conversar largamente con mi prima Dalia, quien disfruta de las historias relacionadas con la familia. Hicimos los resúmenes pertinentes, sobre el paradero de cada cual, así como los respectivos progresos. Me dejó saber, otra vez, cuan orgullosa se sentía de los míos y de la importancia de habernos ayudado a escapar.
Yo recordé que en cada uno de los pocos viajes profesionales que me permitieron hacer, mientras estuve en la isla, siempre la llamaba por teléfono y terminaba diciéndome que no perdiera más tiempo y me quedara donde quiera que estuviera y ella se encargaría de traerme a Estados Unidos. Así lo hizo años después, cuando crucé la frontera mexicana y obtuve el asilo político.
Siempre ha tenido mucha razón mi prima Dalia. Su padre Luis, aquel hombre humilde de Poey, que ahora descansaba frente a nosotros, luego de su triunfante aventura por la vida, había cumplido temprano con su deber y salvó a su familia de una existencia borrascosa y sin sentido.
Siguiendo su ejemplo, Dalia hizo lo propio con nosotros y nunca estaremos lo suficientemente agradecidos con sus altruistas y amorosas acciones para que disfrutáramos la añorada libertad.
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