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Cuba y Venezuela sobreviven gracias al mercado negro | Opinión

Varias personas descansan frente a la obra del artista cubano José Antonio Rodríguez Fuster que presenta a Fidel Castro y a Hugo Chávez, y la frase “El mejor amigo” en el pueblo costero de Jaimanitas en las afueras de La Habana, Cuba, el lunes 10 de mayo de 2021. (AP Foto/Ramón Espinosa)
Varias personas descansan frente a la obra del artista cubano José Antonio Rodríguez Fuster que presenta a Fidel Castro y a Hugo Chávez, y la frase “El mejor amigo” en el pueblo costero de Jaimanitas en las afueras de La Habana, Cuba, el lunes 10 de mayo de 2021. (AP Foto/Ramón Espinosa) AP

Los países comunistas logran sobrevivir principalmente por el mercado negro. Tal es el caso de Cuba y Venezuela.

En Cuba, debido a la incapacidad del aparato estatal para satisfacer la economía, se ha instaurado una forma de vida habitual, en la que muchos participan para poder escapar a las penurias de que son objeto, dada la falta de recursos de todo tipo que padece la población. Y esa forma de vida consiste en extraer todo lo posible del único patrón que existe en Cuba: el Estado. El asunto es resolver, apaciguar las escaseces y compensar el mísero salario.

En Cuba se estima que en 9 de cada 10 fábricas, restaurantes o centros turísticos, los recursos son desviados hacia el mercado negro. Y lo que más roban son los jefes. Pero el caso adquiere dimensiones tan gigantescas, que se dice que el día que no existan el mercado negro, la corrupción y el robo al Estado, desaparece el comunismo en Cuba.

La policía, incluso, participa activamente en el negocio en varias formas. Por ejemplo, decomisa carne hurtada en los mataderos y la vende a los intermediarios. También decomisa drogas con el mismo propósito. Además, también facilita la presencia de “jineteras” en centros turísticos, para recibir así su comisión.

Y el desfalco es en todos los frentes, por ejemplo con el crudo. El 4 de septiembre de 2019 desaparecieron unos 2.5 millones de litros de diesel de la Central Eléctrica de Santa Fé, en Guanabacoa, que en teoría abastecería de electricidad a unos 52,000 hogares. Para que no exista faltante en el inventario, presupuestan una cierta cantidad, pero realmente usan menos y la diferencia la negocian.

Por supuesto, el mercado negro evolucionó en Cuba a raíz de los estragos causados por el COVID-19. Ahora, con todo y los impedimentos para alcanzar el acceso online, las ventas por las redes se han disparado como una forma más del mercado negro.

También se pueden ver cambalaches pintorescos como medicinas por arroz o aceite vegetal por carne de res. El despacho de esos intercambios es otro negocio adicional ya que se cobra una tarifa por entrega a domicilio.

Pero increíblemente, por la red en Cuba se pueden adquirir productos varios como teléfonos de última generación, bolsas de cemento, licores variados. Incluso, se negocia la compra de dólares, drogas y sexo. A todas estas, el ineficiente Estado mantiene unas páginas de internet que en la práctica no funcionan, o lo hacen muy mal. Desde luego, el mismo gobierno, corrupto hasta la médula, entorpece sus propias labores para lucrar privadamente con estos negocios.

El caso de las personas que carecen de documentos en Cuba es aún más patético. Los que no tienen la llamada libreta de abastecimiento, quedan a merced por completo del mercado negro. Incluso, las tiendas recaudadoras de divisas ya le exigen a los cubanos dicha libreta ya que las pandemia los ha forzado a ello.

Por eso, los indocumentados en Cuba, aquellos que se radicaron en la isla sin documentos, se ven forzados a pagar más del triple del valor real de los productos. Por esta razón ellos deben tener una fuente estable de ingresos, que les permita acudir exclusivamente al mercado negro.

Realmente, tanto en Cuba como en Venezuela existen dos tipos de mercado negro. El surtido por instituciones oficiales y el particular, que se surte en el caso cubano por las mulas (viajeros pagados que llevan carga), y en el caso venezolano, por los envíos de paquetes desde el exterior.

En todas las economías siempre están los de arriba y los de abajo. Pero sucede que también hace su aparición un tercero que se aprovecha de los dos.

En Venezuela, muchos políticos, dirigentes de empresas estatales y militares obtienen recursos a precios subsidiados por el Estado, los cuales negocian a unos intermediarios llamados “bachaqueros” que se encargan de revenderlos a la población.

Ocurre que los productos de primera necesidad no se pueden adquirir en los expendios porque son acaparados con el propósito de canalizarlos al mercado negro. O sea, al parecer no importa el sufrimiento del pueblo venezolano, lo que importa es enriquecerse a costa de un trabajador que devenga el salario más ínfimo del mundo en un país con una de las mayores inflaciones planetarias.

Y muchos de estos “bachaqueros” han establecido florecientes negocios consistentes en despachar a domicilio en Venezuela los productos que no se venden en los comercios, previo pago en dólares de los familiares en el exterior.

Esto cobra dimensiones inhumanas cuando se trata de medicinas para salvar vidas. El caso de las vacunas para combatir la pandemia forma parte de este punto, ya que al momento solo se han vacunado un 0.02% de la población mientras en Chile ya han vacunado a 30%, o sea a este ritmo se tardaría 90 años en vacunar a la población venezolana. El negocio inhumano consiste aquí en vender esas vacunas rusas, clandestinamente, en unos $150.

Ya está más que comprobado que el sistema económico comunista no funciona y por eso países como China y Vietnam han tenido que abrazar al capitalismo para sobrevivir.

Pronto a las tiranías cubana y venezolana no les quedará otra opción.

Benjamín F. DeYurre es un economista y periodista. Twitter: @DeYURRE.

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