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Cuba protesta y España mira para otro lado | Opinión

Un agente policial vestido de civil arresta a un manifestante durante una protesta, el 11 de julio de 2021, en La Habana, Cuba. Miles de personas salieron a las calles de la capital cubana y otras ciudades a protestar por la grave situación económica y para exigir cambios políticos.
Un agente policial vestido de civil arresta a un manifestante durante una protesta, el 11 de julio de 2021, en La Habana, Cuba. Miles de personas salieron a las calles de la capital cubana y otras ciudades a protestar por la grave situación económica y para exigir cambios políticos. AP

Los españoles sabemos como pocos de abandonos e indiferencias, y también de ese marchar contracorriente en la historia de los dominios modernos de la hegemonía europea. Sabemos qué es y a qué sabe y qué color tiene el que nos dejen solos: por ejemplo en 1945, cuando las potencias aliadas decidieron poner fin a la II Guerra mundial sin liberar Madrid y condenándonos —dentro y fuera de España— a una dictadura anacrónica y sin estilo.

Traicionando así el esfuerzo de aquellos españoles, y no fueron pocos, los cuales, perdida la Guerra Civil en 1939, se sumaron a la varia resistencia europea contra el avance del fascismo. A la postre fueron los únicos que perdieron las dos guerras –siendo, como era, además, la misma guerra.

De aquel abandono y de aquella intemperie conviene hacer memoria ahora mirando hacia Cuba. Tal vez por eso duela tanto en estos días ver la soledad de los cubanos concentrados en la Puerta del Sol en Madrid en apoyo a las protestas de sus compatriotas en la Isla y en propia protesta contra la represión y la varia violencia del régimen de Díaz-Canel. Duele su soledad, pero duelen también, como cristales que rasgan lento el alma, nuestro abandono y nuestra indiferencia.

Desde el miércoles 14 de julio de 2021 pocas decenas de cubanos en el exilio se reúnen en Sol frente al símbolo de una bandera que la Comunidad de Madrid ha iluminado en su sede para recordar a los madrileños que también ahora es hora de resistencia.

De una varia resistencia que no puede ser solo la propia, sino la de quienes, lejos de acá, sufren persecución por el simple hecho de no alinearse a los criterios del poder establecido. Madrid recuerda estos días una convicción política muy simple: que los exilios miden la calidad democrática de los gobiernos, y que allá donde hay exilio no hay, no puede haber, de hecho, democracia.

Los españoles también sabemos de exilios. De ellos decía Américo Castro que eran la única constante de nuestra historia. Por eso duele ahora nuestra indiferencia de hoy para con Cuba y los cubanos.

Hay otros exilios, claro está: ahí están los venezolanos y los nicaragüenses, por ejemplo, o cuantos en el área andina, y no solo por razones políticas, pues también la mala economía es generadora de exilios, abandonan su tierra y buscan, y no siempre encuentran, aunque parezca que lo encuentran, cobijo fuera de la patria —y conste que fuera es siempre lejos. Pero hoy toca hablar de Cuba. Tal vez la Isla más española, para bien y para mal, del territorio americano. La última de la que nos fuimos —que no se olvide.

Que no se olvide que la vocación americana de España no es algo que se pueda elegir o que corresponde a la conveniencia, sino que es la forma de una responsabilidad que se ha de tener con la propia historia. Una responsabilidad que no puede sino imponérsenos como inevitable destino.

La democracia española nunca tuvo una adecuada política exterior acorde a nuestra responsabilidad histórica en América. Al principio era una joven democracia que miraba solo hacia Europa. Y en esa mirada empezamos a olvidarnos de lo común que nos une a lo de allá, allende un mar inmenso y unas historias nacionales casi siempre mal contadas: eso común que empieza por la lengua, claro está.

Porque a la postre la lengua no es mero instrumento de comunicación, sino la más alta disponibilidad de lo humano. Se dispone de la lengua como si fuera el paisaje íntimo de la vida del espíritu, pero no de una vida cualquiera, genérica y abstracta, sino de una vida que arrastra en lo concreto formas de sentir y de vivir la misma vida depositadas en la estructura profunda de esa red de relaciones que es la lengua. Red de familia alargada no siempre bien avenida. O si prefieren: centro de centros descentrados. Eso es la lengua: creación —desde atrás hacia adelante— de familiaridad y de comunidad, ambas débiles e insuficientes, sin duda, pero tales.

El olvido de América atina es nuestro propio olvido. Duele nuestra indiferencia pasando junto a los cubanos de Sol sin detenerse a ver qué pasa, sin pensar y sin sentir que eso que pasa es también cosa nuestra y nos toca —o debería. Pero duele, sobre todo, esa forma de mirar para otro lado que tiene nuestro gobierno, hábil en el ejercicio del silencio cómplice y las declaraciones vanas, de las palabras vacías que nunca serán acción política de nada, del juego infame de guiñar el ojo mientras se dice que sí para que se entienda que tal vez no y quitar así, con argucia calculada, la debida –y justa– importancia a las cosas. No basta decir que Cuba es una dictadura (algo, por lo demás, dicho dentro de un coro donde se dice también a voz en grito lo contrario), sobre todo porque a las palabras debería seguir algún tipo de gesto o de acción —y aquí nada, es decir: nada de nada.

Por eso el gesto institucional de la Comunidad de Madrid de iluminar su sede con la bandera cubana es tan importante para España. Sobre todo porque no mira para otro lado. Es poco, sin duda, pero acaso todo empieza siempre por poco y poco a poco. Y ojalá que ese poco madrileño esté contribuyendo ahora a poner fin a una dictadura en la que la izquierda europea se ha mirado con condescendiente complacencia, haciendo el canto de sus logros improbables y negándose a ver que había cárcel y exilio.

La izquierda española también, claro está, y, si cabe, de manera aún más grave. Hace harto tiempo que la Revolución fracasó, pero muchos acá quisieron hacer de la Isla el museo de sus correrías de juventud por la utopía. Sin darse cuenta que no era un juego, porque de manera irresponsable jugaban —sin querer queriendo— con las vidas de otros. No con las suyas, cómodas y bien alimentadas acá, sino con las de quienes sufrían allá en su propia carne los desmanes y atropellos de sus atrevimientos de ensueño.

Mirar para otro lado es pensar, por ejemplo, que todo lo malo que pasa en Cuba es a causa del bloqueo de Estados Unidos y que lo que en la Isla se hace es proceder y progresar en la construcción del sueño de una sociedad más justa e igualitaria. Si fue sueño harto es que quedó en quimera —y el exilio es su mayor evidencia. Y es que a la postre hay un exilio que no es propaganda de fugados de la justicia cuyo hotel de cinco estrellas acabaremos pagando todos. Aquí es, de verdad, Patria y Vida, porque en ello va la patria y va la vida como una sola misma cosa.

En ese gesto de mirar para otro lado dejamos de reconocernos en lo que también somos en tanto que hispanos desplazados de los centros de poder de la geopolítica del mundo. La memoria de la lengua que hablamos conlleva esa posibilidad de reconocernos como algo más que como meros españoles o cubanos (o chilenos o argentinos, mexicanos, colombianos, paraguayos, chicanos): una común raíz no siempre bien entendida y en ocasiones peor declinada. La lengua que hablamos da forma a esa común responsabilidad de los unos con los otros. Con esa misma responsabilidad llenaron páginas Cervantes y Martí, Lezama y Padura, Lydia Cabrera y Wendy Guerra, Reinaldo Arenas y Cabrera Infante. Como Vargas Llosa o Bolaño, o González Sainz y Jiménez Lozano, por ejemplo.

Nada más infame, sin duda, que el gesto de mirar para otro lado. Hoy solo Madrid nos salva aquí de una mezquindad más dolorosa que nada, pues no se trata solo de la impostura de un gobierno, sino de la nuestra: nosotros pasando al lado en Sol como si nada.

Tal vez en pocos días Cuba dejará de ser noticia y pensemos que todo pasó, o que pasó como si nada: que pasó la represión y el hambre, y que no hay exilio. Pero es que no, pues es que sólo estaremos mirando para otro lado.

Francisco Martin Cabrero es profesor de literatura en la universidad de Turín.

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