El destino de Ucrania con Rusia pudiera renovar una competencia por armas de destrucción masiva | Opinión
Los líderes ucranianos deben lamentarse en estos días, mientras Rusia acumula tropas a lo largo de la frontera. No hay nada que diga “mantén tus manos fuera de mi territorio” como el armamento de ojiva nuclear completamente listo, del tipo que Kiev entregó a Rusia poco después del colapso de la Unión Soviética en 1991. Ahora los funcionarios no tienen ninguna opción nuclear para disuadir una invasión.
La comunidad internacional debería tener cuidado con la forma en que deja que esto se desarrolle. Las naciones que todavía tienen acceso a armas de destrucción masiva sacarán conclusiones sobre la conveniencia de aferrarse a esos armamentos a toda costa.
Es difícil refutar que las armas nucleares han demostrado ser el elemento disuasorio por excelencia. Han evitado que las potencias nucleares entren conscientemente en guerra entre sí durante 76 años. No se han disparado armas nucleares en hostilidad contra otras naciones desde que los estadounidenses bombardearon Hiroshima y Nagasaki al final de la Segunda Guerra Mundial, en agosto de 1945.
Las armas nucleares estuvieron en su día en manos de Ucrania, aunque Rusia mantenía el pleno control operativo de las mismas. Kiev renunció a las armas nucleares en un convenio de desarme con Rusia en el acuerdo de Budapest de 1994, a cambio de garantías de seguridad. De este modo, esencialmente se entregaron las armas nucleares que estaban en territorio ucraniano.
Ese acuerdo duró hasta el final de los Juegos Olímpicos de Invierno de 2014. El presidente ruso, Vladimir Putin, invadió entonces Ucrania, anexándose Crimea y tomando otras zonas del este de Ucrania, a pesar del derecho internacional y de las resoluciones de Naciones Unidas.
Entrega de armas nucleares a Rusia
Bielorrusia y Kazajistán, al igual que Ucrania, también renunciaron a sus arsenales nucleares, en parte como respuesta a los deseos e incentivos estadounidenses. Minsk y Astaná consiguieron mantener a sus líderes autoritarios, pero entregaron sus armas nucleares a Rusia para que las desmantelara de forma segura con el apoyo de Estados Unidos. Hoy, las tres naciones están parcialmente ocupadas por tropas respaldadas por Moscú o albergan fuerzas de seguridad y asesores rusos.
Ucrania, Bielorrusia y Kazajistán renunciaron a sus armas de destrucción masiva por lo que ahora parecen ser promesas vacías. Bielorrusia y Kazajstán tienen líderes de la época soviética que aceptan seguir el juego a Putin. Solo Ucrania se ha resistido con alguna convicción.
Si se quiere acabar con la proliferación nuclear, Ucrania tiene que ser una historia de éxito, no una causa perdida. Estados Unidos y Gran Bretaña están suministrando armas defensivas a Ucrania para darle una oportunidad de supervivencia. Alemania y otros países tienen que ver esto como una llamada de atención. Cualquier victoria de Putin en Ucrania pudiera conducir a una renovada búsqueda mundial de armas nucleares. Un apoyo indiscutible a Ucrania pudiera minimizar ese apetito.
Ahora tienen la oportunidad de demostrar que la resistencia de Ucrania ante Rusia puede estar respaldada por normas y aliados internacionales.
Ucrania será una lección
El riesgo de Ucrania ahora podría enviar un mensaje a otros gobiernos de que renunciar a las armas nucleares reducirá su seguridad nacional.
¿Qué muestra su ejemplo al mundo? Es probable que Irán y Corea del Norte deduzcan el impacto que tuvo el desarme unilateral de Kiev y lo que representa para su situación actual, por lo que promoverán a toda máquina sus programas militares de misiles y ojivas nucleares.
El resto del mundo estaría de acuerdo en que esos programas deben ser desacelerados, si no directamente detenidos. Ante la agresión rusa contra Ucrania, las acciones, o la inacción, de la comunidad internacional afectarán a las futuras decisiones de Teherán y Pyongyang. Estados Unidos, la OTAN y otros países deben hacer lo necesario para demostrar que una nación como Ucrania puede seguir siendo soberana aunque haya renunciado a las armas de destrucción masiva.
Markos Kounalakis es profesor visitante en la Hoover Institution. Es autor de “Freedom Isn’t Free: The Price of World Order”. ©2022 Los Angeles Times.