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Julio Estorino: Monseñor Román, la ausencia elocuente | Opinión

Monseñor Agustín Román con su cálida sonrisa que ayudó a secar las lágrimas del exilio cubano.
Monseñor Agustín Román con su cálida sonrisa que ayudó a secar las lágrimas del exilio cubano. El Nuevo Herald

Este once de abril estaremos arribando al décimo aniversario de la muerte de Monseñor Agustín Román, el inolvidable obispo auxiliar de Miami, el guajirito sin pretensiones, que nos demostró, con su vida, el enorme valor de la humildad y ofreció, al ejercerlo, el testimonio vivo de un liderazgo multifacético y oportuno, un liderazgo que partía de su propia vivencia de la fe, la esperanza y la caridad.

Solamente un hombre de sólida fe en el Dios al cual servía, en este caso, un fiel seguidor de Jesús de Nazaret, podría haber entrado a una enorme cárcel en poder de sus prisioneros sublevados, hombres de aspecto patibulario armados de machetes y puñales y en posesión de rehenes cuyas vidas pendían de un hilo, y, armado él solamente de un rosario, pedirles a aquellos hombres a quienes él llamaba hermanos, que tiraran sus armas y liberaran a sus rehenes, ofreciéndoles, a cambio, solamente su palabra de que ellos, los prisioneros, no serían devueltos a Cuba y se les otorgaría la revisión individual de sus casos. Solamente un hombre de fe fuerte pudo haber visto cómo aquellos hombres le obedecían mansamente sin que él se dejara llevar por la vanagloria del milagro obtenido.

Solamente un hombre centrado en la esperanza, la esperanza puesta en un poder superior a sí mismo, podía haber aceptado sin vacilaciones la encomienda que le hacían: levantar de la nada un santuario dedicado a la Patrona de Cuba, sobre los arenales de un Miami económicamente deprimido, un Miami en donde él, recién llegado de misionar en Chile, no conocía a nadie, ni era amigo de los poderosos. Un Miami, en 1967, donde muchos sonrieron con gran escepticismo cuando él dijo que el santuario se levantaría, “con los kilos de los pobres”. El santuario, la Ermita de la Caridad, fue inaugurado en diciembre de 1973 y fue el primer templo en Estados Unidos que, al abrir sus puertas a los fieles, estaba totalmente libre de deudas.

Solo un hombre lleno de caridad, lleno de amor por el prójimo, pudo haber dedicado su vida entera a servir, y servir sin reticencias ni arrogancias.

Era el señor obispo que no cambió su modesto cuartico en la casa de los curas de la Ermita por la comodidad de una mansión episcopal. Era el señor obispo que, como un sacerdote cualquiera, acudía al lado de un enfermo día, noche o madrugada; era el señor obispo que trataba con igual deferencia a un clérigo del Vaticano, que a un babalawo de Hialeah. Era el señor obispo que, calladamente, metía la mano en su bolsillo para ayudar a pagar el alquiler de su casa a alguien a quien probablemente no vería nunca más. Era el señor obispo que tenía tiempo para todos, que se desternillaba de risa con el último chiste llegado de Cuba y lloraba al bendecir el cadáver de un balsero ahogado en el mar.

Era el obispo cubano que entendía el patriotismo como una manifestación del amor a los hermanos y bendecía la lucha por la libertad como el justo esfuerzo por la recuperación de los derechos que Dios ha dado a sus hijos.

Todo lo anterior —y me quedo corto— en alguien que no alzaba la voz, ni “posaba” para las cámaras, ni pisó jamás una alfombra roja. Por eso lo quisimos tanto. Por eso lo extrañamos tanto.

El escritor e historiador Julio Estorino.
El escritor e historiador Julio Estorino. Foto: Delio Reguelar Cortesía del autor

Esta historia fue publicada originalmente el 8 de abril de 2022 a las 6:27 p. m..

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