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Daniel Shoer Roth

Agustín Román: El destierro fecundo de un mensajero de paz que dio todo a todos

Monseñor Agustín Román durante una conferencia de prensa en el Salón P. Félix Varela de la Ermita de la Caridad, en septiembre del 2008. Como pastor, ofreció a todo su rebaño una palabra de consuelo y aliento.
Monseñor Agustín Román durante una conferencia de prensa en el Salón P. Félix Varela de la Ermita de la Caridad, en septiembre del 2008. Como pastor, ofreció a todo su rebaño una palabra de consuelo y aliento. Archivo/ el Nuevo Herald

Al camarero que le sirvió la mesa y al alcalde que le otorgó la llave de la ciudad; al iletrado y al genio; al beneficiario de cupones de alimentos y al empresario de la nómina Forbes; a las mujeres, los jóvenes, los creyentes sincréticos y las minorías; al taxista que lo hizo reír y al congresista que pidió sus consejos; al novicio y al cardenal… a todos, sin importar estatus ni procedencias, Monseñor Agustín Román ofreció dosis iguales de cariño, respeto y entrega.

Fue cayado, faro y estrella de esperanzas. De hecho, su presencia aún pervive en esas personas que acarició, diez años después de que marchara tras las huellas de Henoc: “Anduvo con Dios, y desapareció porque Dios se lo llevó” (Gen, 5, 24).

Intensamente querido debido a su piedad sencilla, disponibilidad inmediata y suave fortaleza, Agustín Aleido Román fue un pastor que rompió los moldes tradicionales de conducta, habló sin tapujos y dejó a un lado formalismos.

Reverenciado por sus devotos como el servidor que los conectó con su patria cubana, nunca dejó caer su voluntad de luchar por el bienestar de los más frágiles. Cultivó la fe a través de la oración, reflexión y práctica cristiana. Conquistó un caudal de amor por su disponibilidad al prójimo, sus virtudes humanas, su compromiso con Dios, la Iglesia y los inmigrantes.

Este lunes, 11 de abril, se cumple la primera década de su ausencia física. Y, precisamente en ocasión de este aniversario, el Nuevo Herald rinde tributo especial al padre espiritual del exilio cubano, quien falleció en plena misión evangelizadora, cuando se dirigía a enseñar una clase de religión en la Ermita de la Caridad, el santuario que fundó, un símbolo de la fe católica para miamenses de todas las nacionalidades.

El obispo Agustín Román ora en los jardines alrededor de la casa sacerdotal de la Ermita en 1998 como parte de su práctica espiritual. En ese lugar también muere el 11 de abril del 2012.
El obispo Agustín Román ora en los jardines alrededor de la casa sacerdotal de la Ermita en 1998 como parte de su práctica espiritual. En ese lugar también muere el 11 de abril del 2012. Nuri Vallbona Archivo/Miami Herald

Fui ahí donde lo conocí, en la sacristía, un Domingo de Resurrección, en calidad de reportero. Pacientemente me explicó los rituales de la ceremonia que había presidido y ahondó en los temas de su prédica, de vigoroso sentir patriótico.

Durante meses posteriores, tuve la dicha de reunirme periódicamente con él, el primer clérigo cubano nombrado obispo por la Iglesia de Estados Unidos, en aras de volcar, con el poder de la pluma, sobre las futuras generaciones, sus ideales de vida, su valentía, cubanidad y santidad, en su biografía Pastor, Profeta, Patriarca.

Monseñor Román recordaba que el santuario se edificó “de kilo prieto en kilo prieto”, de centavo en centavo, gracias al sacrificio de una comunidad de devotos que con dificultad podían sobrevivir, ordeñaron sus miserias y aportaron lo poco que poseían, además de tiempo ilimitado para prestar una diversidad de servicios. Cada creyente sintió que el hogar de la Virgen de la Caridad en Miami era el suyo propio.

Desde un principio, me fascinó aquella premisa de cooperación mutua. Párroco de pueblo al fin y al cabo, Román se imbuyó entre los peregrinos. En los alrededores del santuario era común su acercamiento a desconocidos como medio de evangelización y aprendizaje personal. Más que jerarca de iglesia, fue un hombre sencillo que enardeció el espíritu de quien lo conoció.

Monseñor Agustín Román contempla un vitral de la Virgen de la Caridad, Patrona de Cuba, en abril de 1998.
Monseñor Agustín Román contempla un vitral de la Virgen de la Caridad, Patrona de Cuba, en abril de 1998. Al Diaz Archivo/Miami Herald

Un niño campesino

La suya fue la historia de superación de un hombre nacido y criado en un bohío de campo sin agua corriente ni suministro eléctrico.

Román nació el 5 de mayo de 1928 en una finca en el municipio de San Antonio de los Baños, al suroeste de La Habana.

Familias campesinas de la época como la suya practicaban una catolicidad popular. Solo celebraban las grandes fiestas del calendario litúrgico y de los patronos de sus parroquias. No obstante su escaso contacto con la práctica formal del catolicismo, mantuvo una comunicación fluida con Dios.

Esas coloridas imágenes agrestes fueron fuente de incontables metáforas en sus sermones y escritos a lo largo de su vida sacerdotal y episcopal. De hecho, él se definía a sí mismo como “guajiro”, vocablo usado en Cuba para llamar a un trabajador de la tierra.

Agustín Román viste con un tradicional sombrero de yarey en la finca Casas Viejas durante su adolescencia en los exuberantes campos de Cuba.
Agustín Román viste con un tradicional sombrero de yarey en la finca Casas Viejas durante su adolescencia en los exuberantes campos de Cuba. Cortesía de la familia Román

Aunque sus padres, Rosendo y Juana María, tenían solamente un nivel de cuarto grado, Agustín –apodado cariñosamente “Leyo”– culminó la primaria en una escuelita rural y prosiguió sus estudios en el pueblo, donde se afanó con coraje y determinación.

No fue hasta su incorporación en la comunidad litúrgica, en la flor de la adolescencia, que aprendió a amar y a admirar la Iglesia, fruto de su activismo en la Federación de la Juventud de Acción Católica, en cuyo seno tomaron cuerpo sus ideales.

Retrato de la familia Román tomado a comienzos de la década de 1950 en San Antonio de los Baños. De izquierda a derecha, Nivaldo, Juana María, Agustín Aleido (vestido de seminarista), Rosendo e Iraida.
Retrato de la familia Román tomado a comienzos de la década de 1950 en San Antonio de los Baños. De izquierda a derecha, Nivaldo, Juana María, Agustín Aleido (vestido de seminarista), Rosendo e Iraida. Foto cortesía de Daniel Shoer Roth.

Después de graduarse de bachillerato en La Habana y trabajar como maestro asistente en el Colegio San Juan Bautista de La Salle, ingresó al seminario llamado por su ardiente vocación sacerdotal. Cursó los primeros años en el Seminario San Alberto Magno, en Colón. Posteriormente, el Obispo de Matanzas, Alberto Martín Villaverde, lo envió al Seminario de la Sociedad de Misiones Extranjeras en Montreal, donde recibió el enfoque misionero tan emblemático de su apostolado.

“Vas a adquirir una visión más amplia. La Iglesia Católica es universal”, le dijo el obispo con una mirada profética. “Recuerda que eres un isleño y no quiero que te quedes solamente un isleño”.

Una diócesis llamada exilio

El 5 de julio de 1959, a los 31 años, coronó su anhelo al recibir la Orden Sacerdotal en la Diócesis de Matanzas. Su ejercicio como párroco en zonas rurales fue fructífero, no obstante, corto. Dos años más tarde, a punta de metralleta, fue expulsado a España por los revolucionarios cubanos en el navío Covadonga, junto con otros 131 sacerdotes, sin pasaporte y sin más equipaje que su fe.

Quedó extinguido, por completo, el deseo de servir en la Diócesis de Matanzas. Sería, empero, pastor de otra jurisdicción mucho más amplia y diversa… de un diócesis llamada “exilio”.

Primero, trabajó entre los indígenas araucanos en Chile. Más adelante, se radicó en Miami, donde descubrió a un pueblo desgajado de su patria, vejado, perseguido. Sus compatriotas regaban esta tierra de gracia con el sudor de la frente, sedientos del consuelo y la acción profética de un consejero que les brindara orientación positiva e inspiración.

Mientras ardían las penurias, plantó la semilla de una labor no solo espiritual, sino también cultural, comunitaria y cívica, centradas en un santuario de devoción mariana, la Ermita de la Caridad, la cual adoptó una función de primer orden en la historia local como punto central en los esfuerzos por recibir y ayudar a oleadas de inmigrantes.

El llamado del Padre Román a los cubanos a edificar un hogar para la Virgen de la Caridad en Miami se propagó desde una acogedora capillita aledaña al Hospital Mercy.
El llamado del Padre Román a los cubanos a edificar un hogar para la Virgen de la Caridad en Miami se propagó desde una acogedora capillita aledaña al Hospital Mercy. Cortesía/Universidad St. Thomas

Desde entonces, la Ermita ha sido el primer lugar que visitan los cubanos cuando llegan a Miami. Además, ha fungido como motor de la enseñanza evangélica y la catequesis.

Román fue inspirador y planificador; motor y alma del trabajo obrado en el santuario. Pero, en su infinita humildad, siempre dio crédito a los seglares por la hermosa y sacrificada labor.

El poder de la oración

Su vida adquirió dimensión histórica al ser designado, en 1979, al rango de obispo en la Arquidiócesis de Miami. Pronto comenzó a peregrinar de parroquia en parroquia para administrar el Sacramento de la Confirmación y predicar las Escrituras.

Lo guió el mismo afán aventurero de viejos tiempos, cuando serpenteaba los cañaverales en una motoneta para llegar a los bohíos en la campiña cubana, donde impartía una somera catequesis y regalaba una estampita de la Virgen.

Recién nombrado obispo, abrió sus oídos a las dificultades e inquietudes, y rebosó de valentía y justicia durante la sublevación de los presos del Mariel en las penitenciarías federales en Oakdale y Atlanta. Sin guardaespaldas –y revestido de su mejor armadura: la plegaria y el rosario– entró a las prisiones y consiguió que los sublevados depusieran las armas y dejaran en libertad a los empleados secuestrados.

Monseñor Román salía con los rehenes liberados cuando recibió una llamada del presidente Ronald Reagan. “Mire, yo no tengo tiempo –comentó al funcionario penitenciario–. Dígale al señor presidente que agradezco muchísimo esa delicadeza que él tiene, pero, por favor, ahora debo acompañar a los rehenes al hospital”.

La prensa le atribuyó las cualidades de héroe; él las negó categóricamente. “Un obispo, un sacerdote, es un servidor, no un héroe”, declaró después de reconciliar la libertad y el orden. “Seguiré siendo el mismo que antes. Un profeta, si lo quieren, que exhortaré a mis hermanos y hermanas a no olvidar a la gente del Mariel”.

En 1997, Agustín Román durante una conferencia de prensa explica por qué no viajará a Cuba durante la visita del Papa Juan Pablo II.
En 1997, Agustín Román durante una conferencia de prensa explica por qué no viajará a Cuba durante la visita del Papa Juan Pablo II. Nuri Vallbona Archivo/Miami Herald

Vivió el resto de su episcopado inmerso en el acontecer de la porción del rebaño cubano en esta ribera del Estrecho de Florida, envuelto en los principales hitos del exilio. Y, a lo largo de las décadas, empleó su paternal figura, firme y bondadosa, para apelar a la unidad ante las fisuras políticas internas y la absorción de nuevas oleadas de inmigrantes discriminados.

En el afán por fortalecer las relaciones, transformó desde dentro, renovó y creó estructuras. Con su tradicional entrega y sacrificio se proyectó como patriarca, no en el sentido literal bíblico, sino en el carácter de servidor de un pueblo disperso, el cual esperó de él el esquema de un camino, y resolvió seguirlo porque era quien mejor los comprendía y sus intereses representó.

Monseñor Agustin Roman pasa junto a las reliquias de San Juan Bosco durante la misa en la iglesia del mismo nombre, en Miami.
Monseñor Agustin Roman pasa junto a las reliquias de San Juan Bosco durante la misa en la iglesia del mismo nombre, en Miami.

Vivir para los otros

A Monseñor Román lo distinguió una sensibilidad especial bullente en su corazón; en su mirada, gestos y palabras. Emanó paciencia, calma y una gran misericordia.

En efecto, vivió para los otros, más que para sí mismo. Un ser humano que, cuando fue ordenado en su querida Cuba, se entregó completamente al Creador. Y vivió esa entrega cada día, anteponiendo las necesidades de cada cual a las suyas.

Entre la tribuna sagrada del santuario, la Cancillería, el confesonario, la catequesis, las confirmaciones, los retiros espirituales, los estudios académicos, los programas radiales, los artículos de prensa, la orientación a los ministerios laicales, las visitas a los enfermos y a los presos, el cuidado de su padres y hermanos, el envío de tarjetas de felicitación a cada uno de los clérigos su día de aniversario sacerdotal, las campañas de recaudación de fondos, las juntas directivas de las organizaciones cívicas, las peregrinaciones de los Municipios de Cuba en el Exilio, las romerías de la Cofradía de la Ermita, los aniversarios vocacionales de las Hijas de la Caridad, las reuniones ecuménicas, su liderazgo en el Grupo de Trabajo de Guías Espirituales en el Exilio, las actividades de beneficencia, la pastoral juvenil… entre este tejido de obras, coronó su vida un papel protagónico en el proceso de consulta y discernimiento pastoral de la Iglesia católica estadounidense para definir su respuesta a la presencia latina.

Agustín Román divulgó continuamente la vida, obra y pensamiento del Padre Félix Varela, cuyo retrato aparece a sus espaldas. Ambos, en sus faenas pastorales, aleccionaron y escudaron la fe.
Agustín Román divulgó continuamente la vida, obra y pensamiento del Padre Félix Varela, cuyo retrato aparece a sus espaldas. Ambos, en sus faenas pastorales, aleccionaron y escudaron la fe. El Nuevo Herald

El día de su ordenación episcopal en el Centro de Convenciones de Miami Beach, los exiliados vieron reflejado en él el reconocimiento a los aportes de la comunidad cubana al desarrollo de la Iglesia en Miami. Aquella tarde colmada de alborozo, en su primer discurso en calidad de prelado, Monseñor Román confesó:

“Quisiera cerrar mis ojos al final de este destierro mirando a Jesús Sacramentado y diciéndole, como aquella monjita franciscana de La Habana, muerta a comienzos de este siglo, Sor María Ana de Jesús: ‘He querido serte fiel durante toda mi vida’. Sé que nada puedo solo. Pero la presencia de ustedes me recuerda que en Dios todo lo puedo”.

Las reliquias de Monseñor Agustín Román: su cruz pectoral, anillo episcopal y rosario.
Las reliquias de Monseñor Agustín Román: su cruz pectoral, anillo episcopal y rosario. Daniel Shoer Roth dshoer@elnuevoherald.com
Daniel Shoer Roth
Opinion Contributor,
el Nuevo Herald
Daniel Shoer Roth es el Editor de Sociedad y Servicio Público para el Nuevo Herald y Miami Herald. Galardonado autor, biógrafo, periodista, cronista y editor con más de 25 años en la plantilla de el Nuevo Herald, se ha desempeñado como reportero, columnista de noticias, productor de crecimiento digital y editor de Acceso Miami.
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