Daniel Shoer Roth: la Ermita de la Caridad, una devoción viviente para Monseñor Román
“Mantener viva y creciente la devoción a la Virgen del Cobre en el exilio cubano”. Son las palabras pronunciadas por Agustín Román dos semanas después de la bendición y dedicación de la Capilla de la Ermita de la Caridad, en septiembre de 1967. Más que simples palabras, aseveración y profecía que definen la aspiración del monumento-santuario.
Aislada del bullicio urbano, la casa sagrada se localiza en un apacible rincón de la bahía desde el cual en ilusión se contempla en lontananza, con mustios ojos, la isla perdida. En sus declaraciones, el Capellán augura: “Será un lugar donde al llegar junto a nuestra Patrona, podamos salir más cristianos y más cubanos. Será un lugar ideal donde podamos encontrar junto a ella la paz espiritual. Será –así lo proyectamos– el punto fuente de la verdadera devoción a María Medianera”.
Invita a los fieles a visitarla para elevar una plegaria, cumplir una promesa, buscar consuelo, orientación y guía, implorando la intercesión benévola de María. Los servicios, programas y horarios aún no se han terminado de trazar. Pero el sacerdote aprovecha el espacio facilitado por la publicación diocesana The Voice para adelantar algunos detalles. La Capilla permanecerá abierta todo el día a partir de octubre, cuando instalen en los predios una pequeña oficina de coordinación y promoción. Los sábados se dedicarán a funciones evangelizadoras y apostólicas, retiros y formación espiritual. Una de las jornadas de reflexión se denominará “Las Tardes del Cobre”, contactos íntimos con María que harán crecer la caridad y “salir de allí amando más”. Otra ceremonia de gran significado será el ofrecimiento o presentación de los niños a la Patrona de Cuba.
El Padre Román explica los detalles de un “novedoso sistema apostólico” facilitado por “los medios modernos de la electrónica”. Cuando los visitantes ingresen a la capillita, se enciende un mecanismo que pone en marcha las grabaciones de sus prédicas. Las personas también oyen una sucinta narración sobre la historia de la devoción a Nuestra Señora de la Caridad. Aun cuando no tiene mobiliario alguno más que un altar y la imagen de la Virgen sobre un pedestal de madera, próximamente se colocarán cortinas y bancos. “Serán –vaticina– el fruto del amor, de la generosidad de los cubanos”.
Los primeros voluntarios no tardan en levantar la mano para prestar una diversidad de servicios. Concurren con el Capellán en el deseo de que este templo se transforme en el recinto de oración por excelencia de los cubanos y primer lugar de visita de los nuevos refugiados. Un grupo de asiduos planifica la primera peregrinación de desterrados arribados días atrás con los Vuelos de la Libertad. Pobres y ricos; profesionales y obreros; católicos practicantes y los no bautizados; creyentes y agnósticos –todos son bienvenidos.
Cuarenta y cinco años después de esas declaraciones iniciales, siendo hoy el Santuario receptor de más de medio millón de peregrinos al año, el Padre Román explica al autor la fortaleza del mismo en la atracción de fieles durante décadas. ¿Cuál ha sido el secreto? “La Virgen, la devoción a la Virgen”, revela.
Y subraya: “Hay que pensar que en el mundo hispano, la devoción a la Madre de Cristo es extraordinaria; la Madre tiene una importancia muy grande para todos los pueblos.
“Yo siempre descubría que hay una devoción a la Madre de Cristo que es María bajo el título de Nuestra Señora de la Caridad, y que esa devoción no es de ahora, sino de cuatro siglos, y que esa devoción era común en el pueblo cubano, como decir la lengua. Lo que yo quería organizar era aquello que ya estaba dentro del corazón de la gente, pero no organizarlo yo, sino organizarlo con la misma gente”.
Ese pueblo que, sin conocer de doctrina cristiana pero sediento de escuchar un mensaje de vida, nombra –espontáneamente– Ermita de la Caridad del Cobre al originalmente planeado monumento-santuario. «¡Vamos a la Ermita!»; «¿Han escuchado de la Ermita?»; «Si quieren compartir con otros cubanos deben ir a la Ermita»; «Este cheque de un dólar y veinticinco centavos va a nombre de la Ermita»; «Mamá, si me llaman, diles que estoy en la Ermita». Ermita, Ermita, Ermita… los cubanos se hacen eco de ella buscando recargar sus baterías espirituales y amainar sus penas. “Aquella Capilla la llamó el pueblo. Yo siempre pensé en Monumento a la Virgen de la Caridad”, recalca el Padre Román, al destacar que la capillita “le dio sabor a la obra: un lugar de oración, un lugar de encuentro, un lugar de caridad”.
En Cuba, además de la iglesia de pueblo, algunas parroquias mantenían capillas de pequeñas dimensiones en lo alto de una colina, en barrios rurales y en bateyes de centrales azucareros dentro de sus jurisdicciones. En estas se realizaban funciones como el rezo del rosario y la reunión de las Hijas de María y, esporádicamente, confesiones, misas y bautizos. Muchos inmigrantes españoles se referían a ellas como ermitas, en su país, situadas en las encrucijadas de camino. Propiciaban santiguarse, decir una jaculatoria, sentirse en comunión con la naturaleza. A veces servían como lugares de esparcimiento y citas donde se fortalecían los lazos sociales y la cohesión de los habitantes.
A los cubanos, la Capilla de la Caridad en Miami les recuerda aquellas ermitas por la sencillez de su construcción, la desnudez de su interior, el encanto natural del paisaje circundante y su ubicación algo distante de los barrios donde residen.
Un año atrás, cuando el Obispo Coleman Carroll apremia a la comunidad a emplear sus convicciones para erigir, con infatigable arranque, un santuario mariano, son miles los cubanos que salen de la misa del 8 de septiembre de 1966 decididos a cumplir su parte en esta alianza con la Diócesis. Así lo explica Francisca “Panchita” García, presente entre la muchedumbre de fieles. “Ese día, recibí aquello como un reto a un pueblo pobre que nos puso el obispo”, confiesa en un diálogo con el autor en su residencia de La Pequeña Habana. “El obispo nos decía ‘pues bien, ustedes quieren tanto a la Virgen; yo les voy a dar el terreno, ustedes le hacen la casa’. Él crea en nosotros el compromiso: si él nos da una parte, nosotros tenemos que poner la otra. ‘Si tú me lo das, yo tengo que hacerlo’. En ese momento aplaudimos y nos sentimos muy contentos”.
Como docenas de curiosos creyentes, al día siguiente, se aventura con una amiga a recorrer el área donde especulan que se encuentra el terreno. Todas las parcelas parecen ocupadas. El Hospital Mercy al sur y el Palacio Vizcaya al norte. En el centro, el Colegio de La Salle, establecido por los Hermanos expulsados de Cuba. «Pero, ¿dónde estará la tierra que nos va a donar el obispo?», se preguntan. «Mejor nos vamos y esperamos al día en que comience la construcción». El 20 de mayo de 1967 se bendice la primera piedra de la Capilla. Se celebra la misa y los fieles disfrutan la predicación, moteada con alusiones patrias, de Monseñor Ismael Testé, fundador de la Ciudad de los Niños en Bejucal, provincia de La Habana, obra benéfica que brindó protección a los jóvenes en la década de los años cincuenta.
“En aquel entonces, los hispanos no teníamos más que los Cursillos de Cristiandad y la misa el domingo”. De nuevo las palabras de Panchita García son exponentes del sentir colectivo. “La fiesta del exilio era ir a la iglesia. No había otra cosa; primero no teníamos los medios, ni teníamos el conocimiento, ni el idioma. Era importante tener un lugar donde encontrar a la Madre porque éramos un pueblo desterrado, un pueblo que esperaba constantemente regresar a Cuba; vivíamos con la idea de que esto era un tiempito, y ese tiempito se extendía y extendía.
“El lugar en el que estaba enclavada aquella casita nos permitía acercarnos a Cuba; sentir aquel mar y saber que ese mismo mar bañaba las playas de Cuba. Hay una melancolía, una serie de sueños que uno, en la mayoría de los casos, ni siquiera les ponía palabras sino sencillamente los vivía. ¿Quién llegaba a esa casita y no se acercaba al mar? Todo el mundo entraba en la casita, rezaba, y luego la grabación nos hacía dar cuenta de que estábamos frente a Cuba. Y era más intensa la necesidad de llegar a pararnos junto a ese mar”.
Recuerdos de la tierra añorada –vestigios de una era que jamás habría de retornar– ondulan en este refugio de la nacionalidad cubana. Un pueblo desarraigado, en adversas circunstancias, tiene oportunidad de integrarse a su identidad al amparo de la Virgen de la Caridad, acunado en su regazo y cubierto por su manto protector. Sueños de libertad para la tierra que se dejó atrás se cuelan en el dulce clamor de la plegaria; esperanzas de paz y alegría renacen en el corazón; una llama de fraternidad aclara la oscuridad. Nace un símbolo viviente que nutre la existencia de los cubanos y expresa su religiosidad popular. Se forja un vínculo indisoluble en una comunidad abierta a la Palabra del Evangelio: “Os dejo la paz, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo. No se turbe vuestro corazón ni se acobarde” (Juan 14, 27).
El llanto del destierro; el anhelo del gozo del libre albedrío; el tormento de la fragmentación familiar; el miedo al futuro; la avidez por un hálito de serenidad; la gratitud por la conquistada libertad; la súplica por la cura de un enfermo; el compromiso de pagar una promesa. Estos son algunos motivos que acercan a los cubanos a los pies de su Patrona en la Capilla, cuyo costo ha ascendido a treinta mil dólares. En la fachada principal de la nave rectangular, sobre una pared blanca, se destaca el tan venerado nombre “Nuestra Señora de la Caridad”; del techo despunta una cruz divisada cuando los feligreses alzan la mirada al cielo. Dos elevadas puertas, una a la izquierda de la estructura y otra a la derecha, abren los labios de la infinita sabiduría propagada en el modesto interior, donde una sola hilera de bancos de madera en cada lado se proyectan paralelamente a las paredes hasta el altar. Al pie de la puerta derecha está la alfombrita que oculta el mecanismo que pone en marcha la grabación del Padre Román. Los asistentes asiduos prefieren entrar y salir por el lado izquierdo “para no poner la máquina a funcionar”. Al fondo, detrás del altar, la sacristía, sede de la promoción de una cultura eucarística.
“Cachita” incorpora a sus hijos en el seno de una amplia familia exiliada. En Cuba, las ciudades, pueblos y parroquias tienen sus santos patronos como San Juan Bautista en Camagüey, San Hilarión en Guanajay, San Marcos Evangelista en Artemisa; sus celebraciones de novenas u otros ritos, sus fiestas patronales con multitudinarias procesiones y ricas tradiciones propias de la región. Bailes populares con música a cargo de orquestas locales, romerías, verbenas, guateques, juegos infantiles, lidias de gallo, carnavales… los calendarios religioso y social están repletos, añadiéndose las conmemoraciones patrióticas y los actos cívicos. Esa vida festiva sucumbe con el destierro. Y como dice el Padre Román: “se extraña el buen afecto del pueblo cubano”. La pérdida de las costumbres colectivas, la bifurcación de las raíces y la dificultad de asimilación a la cultura local los impulsan a aferrarse a la Virgen y su Santuario.
Precisamente, en un esfuerzo por rescatar las añejas tradiciones y sembrar la semilla de la amistad, el Padre Román y sus devotos organizan la primera Romería experimental, pautada para el 2 de febrero de 1968, Día de la Candelaria. Vislumbran una muy alegre jornada en las afueras de la capillita para socializar, divertirse, compartir la historia, la cultura y la identidad. Vinculadas al santoral de la fe católica, estas celebraciones fueron heredadas por los cubanos de los inmigrantes españoles. En los pueblos ibéricos, los “romeros” solían peregrinar a pie, a caballo o en carretas hasta santuarios o ermitas, donde se encontraban con un tumulto de gente y experimentaban un regocijo de viajero. Comercializaban productos agrícolas y comidas preparadas por los feriantes, pactaban negocios y hasta matrimonios entre sus hijos.
Evocando nostálgicamente mejores tiempos, un centenar de personas asisten a la Romería en Miami hermanadas en un ideal común: la llamada a Jesucristo. En conversaciones, entre suspiros de alivio, dejan ir sus pensamientos sin rumbo y sin fin. Ojos húmedos sienten el impacto emocional de la situación actual. Platos caseros de comida criolla como empanadas horneadas, yuca y frijoles negros, donación de las familias, seducen el paladar, al ritmo de la guitarra de un músico. La recolección de fondos sirve para continuar las actividades de la Ermita y la edificación proyectada del Santuario. Sentada en un banco, Georgina “Gina” Nieto –quien ha traído un delicioso arroz con pollo– anota en una libreta a los interesados en colaborar. “Preparamos comidas típicas, disfrutamos de la música cubana, compartimos las experiencias de los que llegaban en los Vuelos de la Libertad y las del exilio, y rezamos el rosario a la Virgen por la evangelización y la libertad de nuestro pueblo cubano y de todos los pueblos que sufrían el comunismo”, recuerda.
“Los precios de la comida eran muy bajos, y se iba recaudando las primeras donaciones. La gente se pasaba la tarde oyendo música cubana y había un cuestionario de chistes por provincia. Preguntas del pueblo, y el que era del pueblo contestaba”.
La mayoría de los allí reunidos reside en propiedades alquiladas en la “Sagüesera”, Hialeah o Westchester. Para algunos sin vehículo, trasladarse es una odisea. No se arrepienten. Si bien muchos ya han compartido ambiciones y penas en los últimos meses, otros descubren la comunidad y se integran a ella. Hay un lugar que los recibe y gente que los comprende. Han dejado de ser “los otros” para convertirse en “nosotros”.
“Ese día fue una alegría muy grande por encontrarnos con gente que ya conocíamos, pero con quienes no teníamos comunicación. Era la alegría de estar juntos –rememora Panchita García–. Y, además, una alegría porque teníamos algo nuestro”.
La Ermita de la Caridad presenta ‘Agustín Román, pastor, profeta, patriarca’ el sábado 22 de agosto, 4 p.m., Torre de la Libertad, 600 Biscayne Blvd., (305) 854-2404. www.ermitadelacaridad.org Entrada libre y estacionamiento gratis.
Esta historia fue publicada originalmente el 7 de agosto de 2015, 3:14 p. m..