Jorge Ramos: Los Mundiales de fútbol cambian vidas y nos hacen soñar | Opinión
Hubo un momento — tendría unos 12 años— cuando me miré las rodillas y no las tenía ensangrentadas o llenas de costras moradas. Ese día dejé de ser niño. Algo era distinto. Había pasado ya el Mundial de México en 1970 — donde Brasil derrotó 4 a 1 a Italia en la final con un primer golazo de cabeza de Pelé— y la fiebre futbolera se disipaba.
Los partidos de fútbol con mis amigos, en la calle y en rocosos terrenos baldíos, ya no culminaban con empolvados chorros de sangre en las rodillas. Había perdido el hambre. Ahí lo supe: nunca sería como el goleador Enrique Borja, mi héroe en las canchas. Nada me hacía más feliz que mis amigos me llamaran “Borjita Ramos” luego de meter un gol. Pero el sueño de jugar fútbol profesional se me había ido de las piernas.
Los Mundiales — como el de México, Estados Unidos y Canadá— cambian vidas. Detrás de las pantallas de celulares, laptops y televisión, hay ojos infantiles que se imaginan lo imposible; venir desde abajo y representar a su país en el torneo más importante del planeta. Ya sé que estamos en guerra y que hay broncas por todos lados, pero el Mundial, al mismo tiempo, nos adormece y nos llena de entusiasmo. ¡Bienvenido sea!
Mi plan es ver la mayor cantidad de partidos posible. Aunque está claro que el fútbol ha dejado de ser el juego de la gente, al menos en lo que al precio de los boletos se refiere. Una rápida búsqueda en IA me dice que, según la FIFA, el boleto más caro para la final en Nueva Jersey el 19 de julio cuesta $32,970.
Y el más barato cuando la selección de Estados Unidos debute contra Paraguay el 12 de junio en California está a $1,120, sin considerar los brutales incrementos de la reventa. Por eso dos congresistas estadounidenses le enviaron una carta al presidente de la FIFA, Gianni Infantino, para que les explicara la “opacidad” en la determinación de los precios de los boletos. Nadie entiende nada. Solo el billete habla.
Más allá de los precios de los boletos, Donald Trump nos puede echar a perder el mundial. Basta con que envíe a su policía migratoria (ICE) a la entrada de los estadios para asustar por igual a turistas y a inmigrantes. Espero que su ego, tan bien pulido, prefiera la reputación de una fiesta en paz que un montón de arrestos con el único propósito de causar miedo.
Oigo por las calles el eterno debate sobre si, por fin, Estados Unidos se convertirá en un país futbolero. Algunos me aseguran que ya lo es, solo porque aquí se transmiten los partidos de las ligas de soccer más importantes del mundo. Pero algo no acaba de cuajar.
Es verdad que Leonel Messi juega con el Inter Miami (y no en el Inter de Milán) pero igual nos vendieron el cuento de que Estados Unidos se convertiría en una potencia futbolera con la llegada de Pelé al Cosmos de Nueva York en 1975, y no pasó nada. O muy poco. Hoy niñas y niños juegan juntos en las escuelas primarias de Estados Unidos y la selección nacional de soccer femenil ha ganado muchos más torneos que la de los hombres. Pero no hay ese “camino a la gloria” (y a los dólares) del que alguna vez habló Infantino y que está reservado solo para los jugadores de fútbol americano, béisbol y basquetbol.
Si tuviera que escoger uno de los tres países sede para ver el Mundial me iría a México. Y no porque la selección de Irán lo prefirió — los iraníes dormirán en Tijuana para evitar las protestas de noche en Estados Unidos— sino porque los mexicanos somos los maestros de la fiesta. “Entre nosotros la fiesta es una explosión, un estallido”, escribió Octavio Paz en El Laberinto de la Soledad. “No hay nada más alegre que una fiesta mexicana… pero también no hay nada más triste”.
Cierto, no sabemos si los manifestantes de la Coordinadora Nacional de los Trabajadores de la Educación (CNTE) dejarán que miles de mexicanos que no pudieron pagar por un boleto en el estadio puedan ir al Fan Fest en el Zócalo, o si los tres gobernadores de MORENA supuestamente investigados por Estados Unidos van a estar en plan de festejar, pero la tristeza nos caerá como chahuistle luego del Mundial y nos demos cuenta de que la inseguridad y los narcocarteles siguen ahí. Todo igual, solo un Mundial después.
Nunca pude jugar en un Mundial, pero como periodista me ha tocado cubrir cinco. Y esta vez quiero ver la mayoría de los 104 partidos. La única pausa será los sábados por la mañana cuando me reúno a jugar una cascarita con mis amigos, una tradición que hemos mantenido durante más de tres décadas.
Las rodillas ya no me sangran, sin embargo, extraño enormemente cuando lo hacían.
Jorge Ramos es un inmigrante, escritor y periodista independiente. Tiene dos podcasts en YouTube (Así Veo Las Cosas y The Moment). Por 38 años fue presentador del Noticiero Univision.