Entre la esperanza y el espanto, Venezuela enfrenta una nueva crisis humanitaria | Opinión
Después de más de dos décadas de chavismo, los venezolanos se resignaron a la precariedad que generó un régimen despótico y corrupto.
La captura de Nicolás Maduro, realizada en enero por un espectacular operativo militar dirigido desde Estados Unidos, trajo esperanzas de que un cambio hacia la prosperidad sería cuestión de tiempo, pero se encontraron con la sorpresa de que, bajo la tutela de Washington, la nueva gestora sería Delcy Rodríguez, integrante de la cúpula chavista. Con todo, la mayoría de los venezolanos consideró que esta etapa, por singular que sea, no puede ser peor que la que se clausuró con la caída de Maduro.
El poeta peruano César Vallejo no pudo definirlo mejor en Los heraldos negros, uno de sus más célebres poemas: “Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé!”. Eso debieron pensar los venezolanos cuando el pasado 24 de junio la tierra tembló dos veces seguidas. No fueron sacudidas de las que uno se levanta aturdido pero indemne, sino dos terremotos con la fuerza de la ira de un Dios bíblico.
Ese día, que era feriado en Venezuela, la gente andaba entretenida con un partido de béisbol. La celebración acabó en duelo cuando en el norte del país, con epicentro en el estado La Guaira, los cimientos crujieron, los edificios se derrumbaron como panqueques mal cocinados y en minutos que parecieron una maldita eternidad se pasó de la vida a la muerte fulminante.
Ya se sabía que el chavismo era una entelequia prendida con alfileres endebles: desde su fallida ideología colectivista a una forma de gobierno amateur, cleptómana, ineficiente por definición. Pero una cosa es el vocinglero discurso populista y otra la construcción defectuosa, chapucera y, en última instancia, mortífera, cuya responsabilidad recae en un sistema más preocupado por las consignas que por los protocolos más básicos con el fin de garantizar la seguridad de los ciudadanos.
Al cabo de casi tres décadas de revolución bolivariana, sus edificios, posiblemente la mayoría sin haber pasado las mínimas inspecciones, se derrumbaron como castillos de arena armados por niños traviesos. De ahí los miles de muertos, los cientos de miles de desaparecidos, la multitud desplazada, la desolación general en un país que ya sobrevivía a la intemperie como consecuencia de la mala gestión de Maduro y su entorno, parte del cual hoy obedece los dictámenes de la administración del presidente Donald Trump. Quién iba a decirlo: un régimen reconvertido en domesticado chavismo trumpista.
Si no fuera por la movilización ciudadana, la ayuda desde el exterior y las labores de rescate de equipos especializados provenientes de distintos países, el desastre, que es colosal, sería inconmensurable.
Cada día nos llegan imágenes de personas a las que consiguen sacar de entre los escombros de estructuras irreconocibles y cada testimonio es desgarrador, pero también lleno de optimismo en medio del hedor de los cadáveres y de un tiempo que se apaga para los que permanecen enterrados entre cascotes.
Han nacido bebés, se han hallado parejas, han sacado mascotas, hay ancianos que han resistido. También deambulan entre las ruinas familiares que no renuncian a escuchar una voz, entrever una mano, detectar un pálpito. Los rescatistas trabajan día y noche y cuando logran salvar a alguien, los aplausos sofocan el pesimismo que aumenta con los días.
Una crónica publicada en el diario El País relata la odisea de una unidad militar enviada por México. El equipo logra rescatar a un niño que ha permanecido tres días enterrado junto al cadáver de su padre. Antes de extraerlo, le dicen “Vas a escuchar un ruido muy fuerte, no te espantes”. Poco después, el pequeño al fin ve la luz.
El gobierno está desbordado a pesar de las directrices de Washington. El pueblo oscila entre la indignación y el agotamiento. Quieren aferrarse a la ilusión de que vendrán tiempos mejores, pero Venezuela entera no levanta cabeza. “Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé!”.
Gina Montaner (La Habana, 1960). Periodista y escritora. Desde hace más de cuatro décadas publica una columna semanal en el Nuevo Herald y en diversos periódicos en América Latina. Su libro más reciente es Deséenme un buen viaje. Memorias de una despedida (Planeta 2024). En 2009 publicó la novela La mala fama (Plaza y Janés) y en 2006 coordinó y prologó Un día sin inmigrantes (Grijalbo). X: @ginamontaner.