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Cartas

El gobernante perfecto

Cuando gobierna el honrado, el pueblo se alegra; cuando domina el malvado, el pueblo se queja” (Prov 29,2).

Como no hay ser humano perfecto, tampoco gobernante perfecto. Se dan imperfecciones tanto en gobernantes como en gobernados. No hay que hacerse demasiadas ilusiones sobre nuestra naturaleza humana caída.

Sin embargo, puede haber gobernantes pasablemente buenos. La monarquía del antiguo Israel puede considerarse un experimento fallido, pero hubo reyes bastante aceptables, tales como David, Salomón y Josías.

No puede gobernar bien quien carezca de bienes del espíritu o virtudes. Le agradó a Dios la oración de Salomón: “Concede a tu siervo un corazón atento para juzgar a tu pueblo y discernir entre el bien y el mal” (1Re 3,9).

El buen gobernante sólo busca el bien, el de todos, mayorías y minorías. Necesita mucha sabiduría, bondad y humildad para desempeñar esa misión.

Ha de ser honesto hasta el punto de ser considerado insobornable e incorruptible.

Debe prestar atención a todas las críticas que reciba. Rechazará las abusivas y acogerá las constructivas. Se aprende más de las bien intencionadas críticas que de las alabanzas. Debe evitar todo lo que huela a arrogancia, prepotencia e insolencia.

Sea pacífico y pacificador, amigo de resolver los conflictos por las buenas sin apelar ligeramente a la guerra u otro tipo de violencia aunque sólo sea verbal.

Sea mesurado y comedido en el hablar, de manera que sus palabras no necesiten aclaraciones y frecuentes retractaciones. Piense más de dos veces lo que va a decir.

Si hombre de familia, idealmente casado una sola vez, esposo fiel y solícito educador de sus hijos.

No halague los oídos del populacho prometiendo lo que no podrá cumplir.

Sea visionario, es decir, no gobierne a corto plazo, sino con amplias miras trabajando por un futuro mejor, como podría ser en política ecológica.

Además de honestidad, debe poseer vasta cultura, particularmente en campos como Leyes, Economía, Historia y Geografía.

Consciente de sus límites, procure rodearse de asesores competentes e íntegros que lo complementen. Y que éstos sean sinceros, pues el peor enemigo del gobernante son los aduladores.

Y finalmente, el gobernante necesita, usando una expresión secular, “buena suerte”, es decir, que sucedan cosas buenas durante su mandato independientemente de su gestión.

Eduardo M. Barrios, S.J.

Miami

Esta historia fue publicada originalmente el 11 de enero de 2017, 2:16 p. m. with the headline "El gobernante perfecto."

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