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Cartas

Obispos sin altavoces

El pasado 21 de abril salió en Trasfondo un escrito del apreciado columnista Andrés Reynaldo sobre el supuesto silencio y doblez de los obispos cubanos.

Lamentablemente el autor ridiculiza la visita ad limina de los prelados cubanos al Papa como “plan quinquenal del Espíritu Santo”. Y también caricaturiza la oración, uno de los medios privilegiados de relación entre los creyentes y Dios.

Los jerarcas católicos de Cuba no guardan silencio, pero tampoco tienen altavoces, como acceso a los medios de comunicación. Se expresan con suficiente claridad, como en la Carta Pastoral de octubre del 2013. Ahí dicen frases como las siguientes: “Estamos llamados a disfrutar de aquella libertad querida por Dios”. “El Estado participativo debe sustituir al paternalista”. “Las esperanzas de un futuro mejor incluyen también un nuevo orden político”. “Se debe poner al día la legislación nacional en el orden político”. “Cuba está llamada a ser una sociedad plural”. “Se necesitan reformas internas, tanto políticas como económicas, para insertarnos de manera más dinámica y segura en el contexto internacional”. Por supuesto que el gobierno ignoró tan sabias y justas propuestas.

La Iglesia hace lo que puede. Canaliza ayudas a la población más hundida en la miseria gracias a organismos internacionales como Caritas, Soberana Orden de Malta, Adveniat, Misereor y Manos Unidas. Muchas parroquias ofertan salas de repaso a los estudiantes para mejorarles su rendimiento escolar, y “de paso” se les expone a valores que no reciben en las escuelas. También se ofrecen cursos de gerencia empresarial a los cuentapropistas para que lleven mejor sus microempresas. De muchas maneras la Iglesia procura formar y animar a la sociedad civil, preparando así agentes de cambio.

La Iglesia valora la democracia, el desarrollo económico, la educación y la atención médica como importantes bienes que pertenecen a las realidades penúltimas. Pero valora aún más los bienes últimos o escatológicos. Se refiere a ellos San Pablo: “Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1Tim 2,4). La Iglesia no puede imprudentemente poner en peligro ni la evangelización (ministerio de la Palabra) ni la santificación de los fieles (ministerio de los sacramentos).

A los comienzos de la era castrista quedó claro que no habría clérigos mártires como en la España republicana a finales de los años treinta del siglo XX. Pero sí hubo una clara advertencia a la Iglesia cuando el 17 de septiembre de 1961 deportaron a 153 sacerdotes y religiosos en el barco Covadonga. Si a los obispos les diera por lanzar consignas incendiarias exhortando a derrocar al régimen, el país se quedaría sin ministros para atender a la feligresía. Y no se lograría tal caída del gobierno. Ni siquiera conviene, pues al no haber oposición política organizada, el colapso del régimen sumiría al país en la anarquía.

No siempre el cronos (tiempo humano) coincide con el kairos (tiempo divino). De ahí que los obispos sigan hablando claro, pero sin estridencias. Y también continúan dialogando pacientemente con quienes blanden el sartén por el mango conscientes de que “para el Señor un día es como mil años y mil años como un día” (2 Pd 3,8).

Eduardo M. Barrios, S.J.

Miami

Esta historia fue publicada originalmente el 15 de mayo de 2017, 3:24 p. m. with the headline "Obispos sin altavoces."

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