Cartas

La masacre de El Junquito

Comandos del Servicio de Inteligencia llegan a El Junquito, en las afueras de Caracas, durante la operación contra el ex policía insurgente Oscar Pérez, el 15 de enero.
Comandos del Servicio de Inteligencia llegan a El Junquito, en las afueras de Caracas, durante la operación contra el ex policía insurgente Oscar Pérez, el 15 de enero. AP

Oscar Pérez, portador de la espada justiciera en la diestra y el escudo de Dios en su mano izquierda, el osado piloto integrante del grupo autodenominado Equilibrio Nacional y del Movimiento Nacional Soldados de Franelas, el respetado oficial que a bordo de un helicóptero clamó por la desobediencia civil, mientras una parte de la población dudaba de sus honestas intenciones, el preocupado ser que estaba cansado de ver al pueblo vivir con miedo y morir por falta de comida y medicinas, el ex inspector de la policía científica y experto piloto de autogiros que no quería que las calles se inundaran con más sangre inocente, el líder rebelde que llamó a la resistencia a sumarse a la hora cero, el sacrificado hombre dispuesto a dar su vida, de ser necesario, por la justicia social, el destacado adalid que, por una supuesta fuga de información, fue rastreado y acorralado por las fuerzas represoras del régimen en su refugio en El Junquito, el valiente guerrero que fue atacado ferozmente con armamento de guerra y una vez herido pidió apoyo a su amado pueblo y solicitó negociar su entrega ante la presencia de la fiscalía y la prensa, a sabiendas que la Mesa de la Unidad Democrática negociaba con la dictadura en la República Dominicana, Oscar, el usuario de los medios de comunicación social que divulgó en tiempo real videos vaticinando la matanza que se aproximaba, el hombre de palabra que estaba consciente que los agresores no cumplirían la suya pues no eran respetuosos de los Derechos Humanos y que las órdenes superiores eran de eliminarlo, Oscar, el amante de la libertad, antes de ser ejecutado se despide de su querida Venezuela, de sus hijos que quedarían huérfanos y preparado para morir como todo un patriota, empuña el escudo divino y la espada de la equidad y con voz firme augura que pronto vendrán tiempos mejores.

Edwin Villasmil

Miami

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