Las mentiras blancas
Muchas veces las mentiras piadosas se justifican. Por ejemplo, decirle a una persona que se ve bien, cuando padece una enfermedad terminal y le esperan dolores espantosos. ¿Con qué objeto se le quita la esperanza y se le condena a sufrir una terrible angustia anticipadamente, por decirle la verdad?
Las verdades blancas también se dicen cuando no existe la intención de perjudicar a nadie y se utilizan por diferentes motivos y en determinadas circunstancias.
Visto así, no parecen perjudiciales. Pero el problema se presenta cuando estos comportamientos se tornan reiterativos y se convierten en hábitos que pasan de mentiras pequeñas y eventuales a constantes que pueden crecer hasta el extremo de convertirse en mentiras peligrosas.
Los niños, y también los adultos, mienten por temor, por vergüenza, por miedo a un castigo o para protegerse. Algunos mienten por inseguridad pues piensan que serán mejor aceptados si dicen que viven en un barrio elegante o que ganan mucho más dinero del salario que reciben.
Otros quieren impresionar a sus amigos al mentirles, diciéndoles que disfrutaron de unas vacaciones maravillosas en Roma, Londres y París, ciudades que sólo han visto en cine, televisión, postales o revistas.
Aunque mentir es un recurso aparentemente fácil, lo usual es que con el paso del tiempo se complique, pues cada vez se vuelve más difícil guardar en la memoria las mentiras que se han dicho y controlar esa cantidad de datos para no caer y ser descubierto y que los demás pierdan para siempre la confianza en el farsante.
Usualmente, se aprende a mentir siendo niño y casi siempre el maestro es un adulto que le pide que mienta por él. Por ejemplo, le dice que si alguien lo llama por teléfono diga que no está en casa o que está de viaje, cuando la verdad es que está en la sala viendo la televisión.
Un niño que miente porque quiere vivir sus fantasías, seguramente no tiene una idea clara para diferenciar la línea existente entre la verdad y la mentira. Por lo tanto, es preciso que los mayores actúen con cautela para no confundirlos y jamás celebrarle sus mentiras. Por el contrario, es menester inculcarles el amor a la verdad y el rechazo a la mentira para evitarles problemas posteriores.
Obviamente, al niño se le puede instruir para que no mienta, pero hay que darle buen ejemplo.
Mentir es un hábito que afecta la credibilidad y quien se acostumbra a decir mentiras, tarde o temprano llega el momento en que lo descubrirán y cuando diga la verdad, ya nadie le creerá.
Las mentiras piadosas son otra cosa, y pueden ser justificables si a nadie les causan daño y se dicen para evitar un gran dolor.
José M. Burgos S
Miami
Esta historia fue publicada originalmente el 10 de mayo de 2015, 1:00 p. m. with the headline "Las mentiras blancas."