La niña Jakelin no murió en vano
La muerte de la niña Jakelin Amei Rosmery Caal Maquín, de 7 años, merece una aguda reflexión sobe la extrema pobreza que existe en América Latina.
Cuando los gobiernos son impunes, sus ciudadanos quedan desprotegidos y se hunden en la pobreza. Con esperanza y aspiraciones para sus hijos, se desesperan y toman incalculables riesgos por el “Sueño Americano”. Para estas personas no existen opciones. Imagínense cuán grande era su deseo de superación, que empeñaron su pequeño terreno y choza para llegar a este país y ahora sus familiares en Guatemala perderán lo poquito que tenían.
Fuera de esta fatídica trayectoria en época navideña, encontramos que nos hemos centrado en la entrega de regalos, algunos costosos e inclusive a crédito. Cuando lo que realmente importa es compartir con la familia y amigos. ¿Cuantos nos acordamos que en un día tan simbólico, miles no tendrán que comer y los niños quedarán con sus manos vacías?
Para mí esta Navidad será diferente, porque no podré olvidar a Jakelin e imagino cuantos días pasaron sus padres planeando el viaje que les cambiaría su vida.
Imagino sus miedos y la ansiedad de lo desconocido. Tampoco puedo olvidar la angustia de mis padres cuando también tomaron la dolorosa decisión de enviarnos solos, a mi hermano y a mí a Estados Unidos. Su congoja y arrojo más tarde, cuando desesperados escaparon en bote para reunirse con nosotros, el peligro que corrieron cuando se perdieron en el mar hasta llegar a Cayó Tortuga en diciembre de 1963. Recuerdo el júbilo de esa Navidad al estar otra vez juntos y su regocijo por el logro de haber cumplido una verdadera hazaña.
Por eso, no importa las razones por las cuales llegamos a este gran país, lo importante es recordar que al salir de nuestra patria, todos somos inmigrantes. Todos tuvimos un sueño y lo cumplimos. Entonces abramos nuestros brazos y corazones a los que vienen detrás, ellos también merecen una oportunidad.
Recuerden que la pequeña Jakelin murió en el intento, no dejemos que su muerte sea en vano. En esta Navidad, abracemos a nuestros seres queridos y narremos a los niños nuestra trayectoria de inmigrantes para que abran sus corazones y sean más humanos cuando sean adultos.
Eduquémosle sobre la realidad que viven otros niños, que dar es maravilloso y compartir nos ennoblece.
Gladys Cañizares,
West Kendall