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Cartas

Sesenta años destruyendo la vida de los cubanos

Raúl Castro da un discurso frente a la tumba de Fidel Castro, el 1ro de enero en el Cementerio de Santa Ifigenia en Santiago de Cuba.
Raúl Castro da un discurso frente a la tumba de Fidel Castro, el 1ro de enero en el Cementerio de Santa Ifigenia en Santiago de Cuba. AFP/Getty Images

Ya hace 60 años de que Cuba está controlada por la tiranía castrista. Hablar de 60 años de revolución es una incongruencia, ya que un suceso revolucionario es por definición un fenómeno violento y brusco que echa por tierra las estructuras existentes y establece un orden nuevo de cosas. Históricamente, las revoluciones se llevan a cabo en lapsos relativamente cortos. Ninguna revolución contemporánea ha durado más de unos pocos años.

La revolución cubana no fue producto de un clima exacerbado de agitación social ni económica. Ni una insurrección obrera o de campesinos. Ni se puede atribuir tampoco a una crisis de escasez y miseria.

Muchos han sido los crímenes cometidos por el gobierno de los Castro a lo largo de estos 60 oscuros y sangrientos años. Fusilados, presos, perseguidos, torturados, exiliados, confiscaciones, expropiaciones, depuraciones. Un pueblo engañado, oprimido. Un pueblo forzado a engañar, a odiar, a robar para subsistir. Un pueblo sin confianza en su prójimo. Un pueblo donde la amistad murió. Donde el lazo familiar se rompió.

Pero hay más aún. Castro y su gobierno han desbaratado, cambiado por completo las vidas de los cubanos desde 1959. Ya sea en Cuba o en el exilio, el curso de la vida normal de una población cambió completamente. Y no es si la vida de un exiliado ha sido mejor o no, porque obviamente aquella de los que se quedaron no lo ha sido. Es que la vida de todo cubano ha sido forzadamente distinta. Fuera de su desarrollo normal. Alejada de sus raíces, de su medioambiente, de su barrio, de su pueblo, de su ciudad, de su campo, de sus amistades, de su música, de sus paisajes, de sus playas, de sus bebidas, de sus frutas, de su ámbito natural.

Castro sentó las bases de lo que ha sido y es la dictadura más larga de la historia de América. Basta ya. Sesenta años, y ni uno más.

Manuel Cereijo,

Miami

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