Cartas

No hay derecho a vivir una vida miserable y dolorosa

Decenas de personas protestan a favor del derecho a morir, frente a un tribunal en Madrid, España, el 5 de abril. Ángel Hernández fue liberado después de ser arrestado por admitir que había ayudado a morir a su esposa, quien sufrío de múltiple esclerosis por 30 años.
Decenas de personas protestan a favor del derecho a morir, frente a un tribunal en Madrid, España, el 5 de abril. Ángel Hernández fue liberado después de ser arrestado por admitir que había ayudado a morir a su esposa, quien sufrío de múltiple esclerosis por 30 años. AP

En los último días el diario El País ha publicado varias columnas con la historia de personas que han tenido que suicidarse porque las autoridades españolas, y las de muchos países, incluido Estados Unidos, no acaban de aprobar una ley para la eutanasia y el suicidio asistido. En una de ellas, “María José Carrasco confirma en este [ese] vídeo que pidió a su marido que la ayudara a morir”. Ángel Hernández fue detenido tras haberla asistido.

También se ve a su esposo Ángel, prestándole sus manos para auxiliarla, le prepara el pentobarbital sódico y se lo da a beber con una pajita, diciéndole: “A ver, dame la mano que quiero notar la ausencia definitiva de tu sufrimiento. Tranquila, ahora te dormirás enseguida, le dice Ángel Hernández a su esposa”.

Los familiares de estos enfermos consideran que es una “batalla la de conseguir el derecho a la libertad para disponer del final de la vida. Tan fácil. Tan difícil como lo quieran hacer sus señorías”, se refieren a los legisladores.

Otra columna presenta: “La mujer [José María Arellano] y el hijo [Pablo] de un hombre que decidió acabar con su vida ante el deterioro causado por la esclerosis múltiple que sufría cuentan su historia”.

El esposo y padre, José María Herreruela, de 51 años, llevaba 13 años con esclerosis múltiple, hasta que un día, esposa e hijos, aceptaron la voluntad del enfermo. Estaban los dos hijos y el matrimonio. Se dijeron: “Te tienes que despedir de él y sabes que tienes unas horas contadas (…) en el último adiós no hubo lágrimas”.

Esa es la historia de tantos enfermos, que pasan años de sufrimiento por no haber una ley que los ayude a acudir a la eutanasia o al suicidio asistido. Las personas que disfrutan de una vida placentera, con salud, ¿qué derecho tienen a prohibir a estas personas desdichadas que decidan el final de sus días?

Muchas de ellas basan sus criterios en escritos bíblicos de hace miles de años, que fueron concebidos por hombres de la prehistoria. Sencillamente, no hay derecho a obligar a nadie a vivir una vida miserable y dolorosa.

Jesús Lázaro,

Miami

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