Da pena lo que ocurre con los desamparados
Cada vez que escucho que vivimos en el país más grande y poderoso del mundo, no sé si llorar o reír de indignación. Cómo es posible que con tantos impuestos que pagamos existan más de 1,000 personas orinando, defecando y durmiendo en las calles de Miami, la ciudad donde vivo. Primero, el estado tiene la obligación de mantener la higiene y limpieza de las ciudades. Permitir a un reducido grupo que viva así, sea por necesidades económicas, enfermedades mentales o problemas de drogadicción, afea el ornato público, reduce la creencia de que somos un país rico y poderoso, y aleja a turistas y visitantes.
Crear albergues, dar atención psiquiátrica y médica a estas personas es muy importante, pero sobre todo hay que evitar o prohibir que una minoría con estos problemas haga sentir a la mayoría como ciudadanos que no se merecen respeto.
No hay algo más deprimente que ver personas mal vestidas, mal olientes, calles llena de basuras y heces, cuando sí se dictan leyes y se emplean los recursos del estado se les puede dar a estas personas los medios para vivir decentemente. Los que desafortunadamente se ven obligados a vivir en la calle corren peligro, y representan uno para la ciudadanía.
El problema de que en una democracia o país libre no se puede obligar a nadie a que deje su forma de vivir, choca contra la inmensa mayoría que sí vive de acuerdo a las normas de higiene y civilidad.
Existen terrenos lejos del casco urbano donde se pueden construir casas, instalar campamentos u otro tipo de instalaciones para que estas personas no solo vivan con dignidad e higiene, sino también con programas que los ayude a reintegrarse a la sociedad.
Lo digo con gran pena y vergüenza como ciudadano de Estados Unidos. A veces río cuando hablan de las carencias de Cuba, Venezuela u otros países, pero sí aquí donde lo tenemos todo permitimos que las ciudades se conviertan en basureros, nos corroa el delito y las drogas. Con qué vergüenza o seriedad voy a criticar y condenar a otros países por sus problemas cuando a diario veo en nuestras ciudades carencias humanas.
Háganme sentir que realmente vivo en el país más grande, rico, poderoso y sobre todo humano del planeta. Mientras todo lo narrado exista, seguiré dudando y cada día creeré menos en la democracia americana.
Laureano Martínez, Hialeah