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Cartas

El hecho de ser madre no te libra de defectos

La prensa televisiva y los periódicos informan consternados el caso de una “madre de niño autista ahogado en Miami-Dade [que] confiesa haber asesinado a su hijo”, Alejandro Ripley. Es escalofriante saber que esta mujer arrojó a una canal a su hijo para que se ahogase, pero unos vecinos, al sentir el ruido, lograron salvarlo.

Sin embargo, después de un segundo intento, en otro canal “las autoridades de Miami-Dade encontraron muerto a Alejandro Ripley de 9 años, cuyo [falso] secuestro había sido reportado por su madre, Patricia Ripley”.

El pequeño era autista y además mudo. La crianza de un niño autista es muy difícil y se desconocen las causas que presionaron a esta mujer a cometer este infanticidio. De momento es acusada por asesinato en primer grado e intento premeditado de asesinato.

Que se sepa la acción de parir solo convierte a una mujer en madre, no la convierte en un ser especial, amoroso, angelical. No obstante, la sociedad ha hecho de la maternidad una especie de mito, sin tener en cuenta que las madres, son madres, por el acto de parir y este hecho no cambia sus personalidades, defectos, etc. Solo es genético la acción de amamantar, como ocurre en todos los mamíferos, y algunas madres no amamantan para no estropearse los senos.

El hecho de ser madre no convierte a una mujer en libre de defectos. Cualquiera puede ser testigo en su vecindario, en su escuela, incluso en su propia familia, de cierto tipo de madres que abusan de sus hijos, los castigan, les pelean, abusos que pueden ser selectivos, con unos hijos sí y con otros no. Por eso se hace tan difícil catalogar a las mujeres que han parido en madres buenas o malas, pues se cubren debajo de la misma sombrilla.

Las cárceles están llenas de hombres que fueron niños posiblemente maltratados por sus madres o padres, abusados física y/o psicológicamente. Igualmente puede decirse de los dictadores. Las calles están llenas de seres humanos que cargan sobre sus espaldas una historia de abuso materno/paterno.

Solo resta hacer propias las palabras de Terencio (Roma, 159-194 a. C), “Nada humano me es ajeno”.

Jesús Lázaro, Miami.

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