Salas de emergencia
Ir a un consultorio médico o a un hospital en este país es un martirio, no sólo por las enfermedades, sino por las dificultades que experimentan los pacientes para ser atendidos.
Lo primero que exigen, es la tarjeta del seguro, pero, además, cuando se va por primera vez hay que llenar una cantidad enorme de formularios en los que solicitan que se escriba muchas veces la misma información, como nombre, dirección, número telefónico, número de tarjeta de seguro y más.
Hay médicos que, no sé por qué razón, citan a todos los pacientes a la misma hora. Están muchas veces las salas de espera tan repletas, que las sillas no alcanzan¿Por qué motivo los médicos no citan a los pacientes con intervalos razonables? ¿No es ésta una falta de consideración, someter a este suplicio a personas enfermas, muchas de ellas de edad avanzada?
Alguien que tenga que ir a un hospital a que lo atiendan tiene que revestirse de una paciencia infinita.
Hace un tiempo, un amigo que fue enviado por la compañía en la que prestaba sus servicios a visitar una fábrica en una ciudad estadounidense para observar su funcionamiento, estando de paso por Miami, sintió un fuerte dolor en los riñones, y tuve que llevarlo a un gran hospital, cuyo nombre me reservo.
Me acerqué al médico y le dije que mi amigo tenía intensos dolores y que ya habíamos llenado todos los formularios, que al menos le dieran una pastilla que se los atenuara o que le aplicaran una inyección. Me respondió que mi amigo tenía que someterse al turno correspondiente, porque antes de suministrarle algún analgésico, tenía que ser examinado.
Me quedé aterrado ante la indiferencia de algunos profesionales de la salud. Me acerqué a mi amigo quien estaba pálido y tembloroso. Le mentí diciéndole que pronto lo atenderían.
Pasaron más de dos horas desde que llegamos a la Sala de Emergencia hasta que por fin lo llamaron. Lo lo acostaron en una camilla y lo pasaron a un cubículo. Vino una enfermera que parecía un robot. Le tomó el pulso, la temperatura y la presión. Luego, al fin, vino el médico quien casi sin mirarlo, le preguntó que qué era lo que le pasaba; mi amigo le contestó que tenía un dolor insoportable en la parte baja del vientre. Le ordenó a la enfermera que le aplicara una inyección y le expidió una receta para que comprara unas pastillas para el dolor. Acto seguido, desapareció.
La atención médica no duró más de diez minutos, pero la cuenta que tuvo que pagar mi amigo con una tarjeta de crédito, fue de alrededor de $2,000.
José M. Burgos S.
burgos01@bellsouth.net
Esta historia fue publicada originalmente el 10 de noviembre de 2014, 2:00 p. m. with the headline "Salas de emergencia."