Iglesia y pobres
Carlos A. Montaner, excelente escritor y fervoroso agnóstico, publicó un artículo titulado Por qué la Iglesia Católica no sabe cómo luchar contra la pobreza [Trasfondo, 9 de octubre].
Como decía Blaise Pascal, “A la verdad se llega no sólo por la razón, sino también por el corazón”. Cuando falta empatía, no se capta bien lo que se contempla. ¡Qué raro que ateos y agnósticos se interesen tanto por la fe! Es como si quienes no creen en los marcianos escribiesen sobre ellos.
Afirma Montaner que la Iglesia Católica “ha sido beneficiosa para Occidente”. ¿Y no para el Oriente? ¿Acaso no hay presencia católica en todo el mundo?
Dice que la Iglesia “justifica su existencia en el ejercicio de la caridad, su principal tarea”. No es así. La Iglesia nace de manera inaccesible al no creyente el día de Pentecostés. Los que escuchaban a Pedro se sintieron movidos desde dentro a responder a la revelación divina mediante la fe, la esperanza y la caridad. Se hicieron bautizar y luego “perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión (solidaridad), en la fracción del pan (eucaristía) y en las oraciones” (Hech 2,42).
Nadie se engañe, el Cristianismo lleva al encuentro con Dios. Los creyentes buscan crecer en el conocimiento y amor de Dios. De ahí se deriva el amor al prójimo, imagen de Dios, con especial atención a los prójimos más sufridos, tales como huérfanos, viudas, enfermos y pobres. Lo más original del Cristianismo, sin embargo, es la Escatología; no ofrece salvación sólo para el presente, sino para la eternidad.
La Iglesia no ideologiza el amor fraterno. Jamás ha dicho que lo suyo sea erradicar la orfandad, la viudez, la enfermedad y la pobreza. Los creyentes van hacia las personas concretas. Eso sí, no sólo se mueven a nivel asistencial, sino que señalan hacia las raíces de los problemas. Por ejemplo, los hospitales católicos atienden a enfermos de SIDA, pero no dejan de alertar contra la lujuria, una de sus causas. Las obras benéficas de la Iglesia ayudan a muchos pobres, pero su doctrina social también se remonta a los porqués. Hay pobres por las limitaciones humanas, los desastres naturales, las guerras, la falta de educación y la desidia. En eso hay acuerdo, pero muchos se molestan cuando la Iglesia denuncia estructuras injustas que fabrican empobrecidos. Abundan los empresarios que nadan en millones y llevan un tren de vida ofensivamente ostentoso, pero les duele el trigémino si les piden subir el salario mínimo de sus trabajadores a $15.00 la hora.
Eduardo M. Barrios, S.J.
Miami
Esta historia fue publicada originalmente el 15 de octubre de 2015, 0:52 p. m. with the headline "Iglesia y pobres."