En homenaje a un gran médico
Ha vuelto a ser noticia: el Dr. Eduardo Rodríguez, quien acaba de realizar su segunda cirugía de trasplante de cara en el estado de Nueva York, NYU Langone Medical Center.
El paciente es un hombre relativamente joven, bombero, que por salvar una vida perdió su rostro y, gracias al Dr. Rodríguez y al buen samaritano que había donado sus órganos, y a su señora madre que al enterarse que era para un bombero la cara de su hijo fallecido, se sintió orgullosa y complacida y expresó que con mucho amor donaba la cara de su hijo, pues él siempre quiso ser bombero. Este es un caso muy especial, ya que se cumplió el deseo de un buen ser que perdió su vida.
Sin dudas y como era de esperarse dicho trasplante ha sido un rotundo éxito, que se ha completado, más bien logrado la perfección de esta gran y difícil cirugía, gracias a las manos y al talento tan profundo de este gran cirujano.
Han transcurrido veintidós años desde que nuestra hija nos lo presentó a su padre y a mí. Me impresionó su presencia y su figura elegante y caballerosa; nunca imaginé que tendría en nuestra familia y, aún más cerca de mí al tratarse de mi yerno, al futuro Dr. Eduardo Rodríguez, convertido hoy día en el talentoso y especial cirujano reconocido mundialmente.
Debo aclarar que en mi escrito referente a su primer trasplante de cara en el año 2012, no quise personalizar ni mencionar mi relación familiar con el Dr. Rodríguez, pues consideré que no era correcto, pero ahora mi fuero interno me indica que debo identificarme y que no me expreso con jactancia ni mucho menos con arrogancia. Aquel joven recién graduado de su primera profesión de dentista se ganó mi corazón. Pronto supe que tenía frente mí a un hombre excepcional, de muy buenos principios y de una vasta e impecable educación. Confieso que nunca sentí el natural celo como madre al casarse con nuestra única hija, que aprendí a quererlo como siempre digo: el hijo varón que nunca tuve.
Es de suponer y de todos sabido, que no hay glorias sin penas; que hemos sufrido y vivido junto a él los escollos y las dificultades que son normales –y mucho más en esta profesión– a los cuales ha tenido que enfrentarse. Conozco todo su recorrido y su fiel trayectoria. Ha dedicado su vida al estudio hasta lograr su meta anhelada, dándole al ser humano una mejor calidad de vida y un estímulo a quien prácticamente había perdido su rostro y su esperanza.
Explico todo esto porque ya el mundo entero conoce de este gran médico y es muy importante que también se sepa sobre su personalidad y su entrega total a todo paciente que trata y opera. Lo he visto llegar a su casa extenuado tras un largo día de cirugía, pero eso no ha impedido que antes de retirarse a dormir haya llamado directamente para saber sobre el estado de cada paciente que ha sido operado por él ese día y eso no es una sola vez, es siempre, su disciplina y su sentido de responsabilidad que lo caracterizan extraordinariamente.
Estimo que no es correcto personalizar un escrito de esta naturaleza, pero yo siento algo muy fuerte y muy importante dentro de mí que me impulsa a expresarme tan espontáneamente sobre detalles que no salen a la luz, si alguien allegado a él no los publica.
Han sido bien difíciles todos estos años día a día, esfuerzo tras esfuerzo y tanto su esposa, nuestra hija Ana María, así como mi esposo y yo, hemos sido testigos de todo su sacrificio, pero ahí está su recompensa y su gran gloria. Que todo se ha logrado como el siempre soñó. ¡Qué grande es, qué perfeccionista y qué correcto es este tremendo hombre! Merece todo nuestro respeto y nuestro agradecimiento. Ha puesto a este gran país en el lugar más alto de la medicina moderna.
Y desde estas humildes pero muy sentidas palabras, que me salen del alma, con todo mi amor de madre y de suegra, no sólo te felicito a ti, Dr. Rodríguez, felicito al ser, a tu señora madre que te trajo al mundo, porque tuvo en su vientre la semilla que dio el árbol que hoy eres tú, fuerte y seguro de ti mismo. Repito, felicidades. señora madre, y diré como aquel gran poeta, Rafael de León, en una de sus poesías: Bendita sea la Madre, la Madre que te ha parido.
Y por supuesto felicito a su esposa Ana María, a mi hija querida, que te has comportado a la altura de una mujer abnegada y comprensiva, que siempre le has dado todo el apoyo que él merece y necesita, algo muy importante en la vida de un médico.
Adelante, Dr. Rodríguez, que Dios te bendiga y te conceda mucha fuerza y salud.
Rubén y Georgina Cuesta
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Esta historia fue publicada originalmente el 29 de noviembre de 2015, 2:24 p. m. with the headline "En homenaje a un gran médico."