Cartas

De narigudos en estado de extinción hablando

La primera vez que me topé con un rinoceronte a través del alambrado de un zoológico quedé tan impresionado con la mole acorazada (aparentemente prehistórica) como con el hedor que la brisa traía de lleno. El animal tenía la cabeza baja, con la narizota a ras del suelo. Los ojillos altísimos y recelosos se me parecieron curiosamente al que exhibía en esa época Charles Laughton en su Quasimodo cinematográfico. En aquel tiempo infantil (doce años apenas) no estaba en condiciones de explicarme qué lugar ocupaba aquella bestia en el mundo. ¿Por qué? ¿Para qué? Eugéne Ionesco no había escrito aún El Rinoceronte, su clásico del absurdo. Mi padre, que entonces me guiaba, aclaró que “rino” significa nariz y “ceronte” cuerno.

“Es como un unicornio feísimo”, le dije.

“Este asiático, sí. Pero al africano le crecen dos”, afirmó el viejo, y añadió: “Además, los rinos son reales”.

Más tarde supe que existían varias especies (negros o blancos), que son capaces de enojarse sin provocación alguna y embestir un tren en marcha, que suelen olvidar a enemigos que los esquiven al alejarse seis o siete pasos, y que su poca memoria los convierte, por supuesto, en una de las criaturas más estúpidas del planeta, sólo comparables as sus propios exterminadores (disfrutadores incluidos), que luego de quitarles la vida convierten sus patas en lámparas y ceniceros exóticos, o ajustan sus cuernos arrancados en bases de oro y plata, con la certeza de que esto les traerá futuras prosperidades, y hasta los muelen para mezclar el polvo con líquidos afrodisíacos y beberlos, supuestamente seguros de fortalecerse sexualmente.

Semejantes gustos se pagan con cientos de miles de dólares, o millones quizás. Estas actividades son las que han dejado al pobre monstruo de la narizota en estado de extinción, aunque sus victimarios (diferentes, pero sin duda peores) demuestren con tales “negocios” que su cuota de inteligencia humana se encuentra en estado de coma.

Severino Puente

Miami

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