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Cartas

El legado de Eusebio Leal

Conocí a Eusebio en la iglesia. Lo mismo oraba que hacía homilías espectaculares. Su formación era carmelitana. En el Colegio Parroquial del Carmen aprendió gestos, latinazgos, canto sacro, etc., que lo hacían un candidato perfecto para el seminario. “Casi cura”, le decían los ingenuos cuando los inicios de la involución cubana.

Desleal pronto se destiñó. Sus intenciones no eran las de los carmelitas descalzos. Él aspiraba a botines Louis Vutton. La primera alarma fue cuando su tormentoso divorcio de Teresita, poco habitual en la iglesia de las catacumbas. Luego vino el traje de miliciano y la construcción de un pedigrí revolucionario, tan necesario para trepar. Se hablaba de una supuesta colaboración con una célula terrorista del 26 de Julio, dirigida por Sergio González, el Curita, y del alojamiento de cientos de campesinos en los pasillos de la iglesia cuando la toma de La Habana por la caballería, el 26 de julio de 1959.

Por esos mundos torcidos de la burocracia castrista y apegándose al historiador don Emilio Roig, don Eusebio se labró una posición. Lo demás lo hizo su espectacular verborrea. Un académico me decía, mientras veíamos uno de los teleprogramas de Andar La Habana, que cometía errores, que cambiaba datos, con una didáctica infame. “En el país de los ciegos, el tuerto es rey”, afirmaba el profesor.

En el centenario del Manifiesto de Montecristi me dirigí a la casa-museo de Martí. No me dejaron entrar. Sí a la delegación de la isla, encabezada por Eusebio, con impoluta guayabera, tinas de cervezas congeladas y Mercedes negros blindados a su disposición. A unos pasos de mí se encontraba. Al regresar a Santo Domingo visité a un viejo obispo cubano jubilado. Eusebio es persona non grata en este retiro, me dijo, porque en mi parroquia se robó un objeto valiosísimo del patrimonio nacional.

Todas las cortes necesitan un bufón que obtiene privilegios por los servicios intrascendentes que presta. No obstante, me consta que Leal ejerció la caridad desinteresada con todos los que tocaron a su puerta. Desde una medicina de Caritas o una silla de ruedas hasta una discreta gestión ante Díaz Canel. Y es que Eusebio nunca rompió del todo con sus raíces católicas. Su amistad con monjitas serviciales y sus visitas periódicas a hurtadillas a sacristías y vicariatos así lo demuestran.

Se conoce de dos momentos especiales, cuando vestido de miliciano acudió al Carmen para dos tedeums: el primero por la declaración del estado cubano como secular, que no ateo, y cuando el monopartido autorizó a los creyentes a la militancia.

El legado muestra luces: la preservación de la Habana Vieja en medio del derrumbe nacional y su aceptación por el cubano de a pie como un dirigente querido –tal vez el único– en medio de una nomenclatura aborrecida.

Sombras: el haber reescrito una nueva historia de Cuba desde una óptica marxista, falsa y retorcida, ante reyes, embajadores, y altos funcionarios que anduvieron La Habana junto a él.

Santiago Cárdenas

Hialeah

Esta historia fue publicada originalmente el 19 de agosto de 2016 a las 6:58 a. m. con el titular "El legado de Eusebio Leal."

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