Alejandro Armengol

ALEJANDRO ARMEGOL: Netflix en Cuba

El servicio de videos en linea Netflix anunció su apertura en Cuba, pero debido al limitado acceso al internet pocos cubanos podrán en realidad disfrutar de las películas.
El servicio de videos en linea Netflix anunció su apertura en Cuba, pero debido al limitado acceso al internet pocos cubanos podrán en realidad disfrutar de las películas. Netflix

Entre los hechos y los discursos de la prensa de Cuba y Miami hay una distancia que refleja un fenómeno único. Ignorarla no salva de la complicidad, más bien precipita un aislamiento torpe.

La entrada de Netflix en Cuba cuenta más que cualquier declaración al uso de la disidencia; vale por encima de pagar anuncios en periódicos importantes o no tan importantes; supera advertencias, reclamos y regaños en los diarios oficialistas del régimen y hacen superfluas las tan repetidas declaraciones de congresistas de cualquier bando; los intentos cursi de quedar bien con todo el mundo de los funcionarios de esta administración y las advertencias castristas.

Cuba se ha puesto de moda para las corporaciones norteamericanas y lo demás no cuenta o importa poco. Pero repetirlo es ver la realidad a medias. Estados Unidos desborda cada vez más el imaginario de quienes viven en la isla. No se trata de una presencia nueva sino de una avalancha hasta ahora reprimida. Banderas que ayer yacían escondidas o mantenidas en la cautela invaden balcones y taxis. De pronto la imagen del presidente estadounidense ocupa la camiseta de un niño. El águila imperial se despliega en una espalda cualquiera y las franjas y las estrellas cubren los pantalones de las cubanas.

La llegada a la isla del servicio de alquiler de películas y series de televisión que brinda Netflix implica el porvenir de una ilusión, que desborda el duro vivir diario. Abre la puerta a disfrutar dentro, lo que hasta semanas atrás se prometía en la otra orilla. Como ilusión puede decirse que actúa en favor del gobierno de La Habana, pero no acaba ahí. También es fuente de frustración, de carencia, de preguntarse por qué ellos sí y yo no. Una interrogante al interior del país, no extrapolada a una eventual salida. Algo que ya no depende de la espera infinita. Porque Netflix ya está en Cuba. No hay que esperar a la muerte de nadie ni al triunfo de otros. Eso sí, de momento contar con el servicio posiblemente recaiga en gran medida en la benevolencia de los parientes de afuera.

“Las rebeliones no estallan cuando las cosas están realmente mal, sino cuando la gente tiene la sensación de que sus expectativas no se cumplen”, dice el filósofo Slavoj Zizek. Y Netflix crea expectativas. Apostar a un supuesto empeoramiento de la situación cubana —que siempre ha sido en gran medida la sustentación del embargo— es una táctica fallida, aunque resulte difícil de reconocer por algunos.

Aquellos que viven en la isla quieren poder disfrutar de Netflix, como ocurre con unos 57 millones de clientes en unos 50 países, entre ellos 5 millones en América Latina. En el mundo actual puede considerarse un derecho. Y ese derecho le es todavía vedado a la mayoría de los cubanos por el régimen de los hermanos Castro. Pero hasta hace poco el gobierno de Estados Unidos era cómplice de esa negativa, como aún son cómplices los que se oponen a los cambios en la política hacia Cuba.

Entre los intereses de los cubanos está el poder contar con algo tan simple —para quienes viven en esta ciudad— como ver una película por internet. Y hay que dejar claro quienes son los que se oponen a esos placeres modestos y quienes están a favor.

Lo que aún resulta difícil de entender en Miami es que han cambiado los marcos de referencia de quienes viven en la isla. Hay dos razones al menos que explican este hecho. Uno es la distancia temporal en la visión del país que mantiene un sector de la comunidad cubana, disminuido demográficamente por consecuencias biológicas pero aún dominantes en la representación mediática del exilio. Otro es el auxilio que en la retroalimentación de esa visión aportan disidentes, activistas, opositores y miembros de la llamada sociedad civil independiente, quienes por convicción o intereses secundan una representación de Cuba que tiene poco que ver con la realidad nacional, pero que les sirve para encontrar un apoyo aquí del que carecen allá.

Las consecuencias son la repetición de actitudes, palabras y conceptos que remiten a marcos conceptuales propios de ciertas organizaciones, políticos y sectores de poder de esta ciudad, que funcionan acordes a la realidad de Miami pero ajenas por completo a la cotidianidad cubana, y que en última instancia solo encuentran su justificación en un ejercicio de política local y nacional que puede resultar efectivo a la hora de agilizar o retardar iniciativas de momento, pero poco eficaz en cuanto a una estrategia de largo alcance.

Por supuesto que Netflix no espera en sus inicios contar con muchos clientes en la isla. Descontado que buena parte de las cuentas de los pocos privilegiados del servicio se pagarán en Miami. No hay que decir que beneficiará particularmente a extranjeros, “nuevos ricos” y miembros y familiares de la elite gobernante. Nada de ello impide afirmar que es el futuro de Cuba. Nos guste o no.

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